Ni Taika Waititi ni Leonardo DiCaprio lo lograron y tras décadas de desarrollo, Akira vuelve a Japón: ¿por qué es tan difícil adaptar el clásico que cambió el anime?
Vi Akira de estreno en un cine de la Gran Vía de Madrid. Tenía ocho años. En defensa de mi padre, diré que no tenía muy claro qué película me llevaba a ver. Animación, sí. Ciencia ficción, claro. Cosas que ya me fascinaban desde muy pequeño. Pero lo que no podía imaginarse es que aquella película no era precisamente cine de animación tradicional, del que se acostumbraba a estrenar en occidente en aquellos últimos años de los 80. Lo que vimos fue un cañonazo de violencia estilizada, terror biotecnológico y filosofía postnuclear que dejó una cicatriz profunda en mi imaginación.
Y en mi defensa, también diré que ya estaba curtido. A esas alturas llevaba medio millón de visionados de RoboCop (más o menos), así que el Tetsuo mutante gigante no me dio demasiado miedo. Lo que no podía asimilar entonces era todo lo que subyacía bajo los neones y las carreras de motos: conspiraciones gubernamentales, el peso del trauma colectivo japonés, la deshumanización tecnológica… conceptos a los que todavía hoy, décadas después, sigo dando vueltas. Tal vez por eso Hollywood nunca ha conseguido llevar Akira a imagen real. No porque no quiera. Sino porque quizá no puede.
El peso de un clásico
Desde que Katsuhiro Ōtomo publicara el manga en 1982 y dirigiera su revolucionaria adaptación animada en 1988, Akira se convirtió en mucho más que una obra de culto. Es el pilar fundador del anime moderno, el eslabón que conecta a Tezuka con Ghost in the Shell, a Evangelion con Cyberpunk 2077, y a Blade Runner con Matrix, y a todo esto con Neuromancer. Visualmente abrumadora, narrativamente compleja, ideológicamente desafiante. Una obra maestra del cine, del género de ciencia ficción y del formato animado.
Adaptar todo eso a imagen real no es solo un reto técnico. Es casi una herejía. ¿Cómo se traduce en carne y hueso algo tan estilizado y simbólico sin desactivarlo? ¿Cómo encapsular seis volúmenes de manga en dos horas de película sin destruir su ritmo ni banalizar su mensaje? Warner Bros. ha estado tratando de responder a esas preguntas durante más de 20 años. Y ha fracasado. Estrepitosamente.
Cronología de un fracaso anunciado
La historia comienza en 2002, cuando Warner Bros. adquiere los derechos cinematográficos de Akira para desarrollar un live-action que aspiraba a replicar el fenómeno del anime… pero made in Hollywood. Desde entonces, el proyecto ha pasado por la mesa de multitud de directores: Stephen Norrington (Blade), Ruairi Robinson, los hermanos Hughes, Jaume Collet-Serra (Black Adam), George Miller (Mad Max), Justin Lin, Jordan Peele… y finalmente Taika Waititi.
Entre medias, se barajaron castings y premisas de todo tipo. Leonardo DiCaprio sonaba como protagonista cuando aún era una estrella en ascenso. Garrett Hedlund, Michael Pitt, Kristen Stewart, Helena Bonham Carter y Ken Watanabe también fueron nombres sobre la mesa. Se hablaba de trasladar Neo-Tokio a "Neo Manhattan", para desesperación de los fans, de dividir la historia en dos películas y hasta de convertir a Kaneda y Tetsuo en hermanos, puestos ya darle de patadas a la obra original.
Pero nada cuajó. Ni siquiera cuando se anunció un estreno oficial para 2021 con Waititi al frente. El director neozelandés prometió respeto al material original, reparto asiático y fidelidad al manga. Pero cuando Marvel lo reclamó para Thor: Love and Thunder, Akira volvió a quedar congelada. Finalmente, en junio de 2025, Warner ha tirado la toalla. Los derechos han vuelto a manos de Kodansha. Y el limbo creativo sigue su curso.
El monstruo de la complejidad narrativa y los liderazgos erráticos
Una de las claves del estancamiento ha sido la falta de una visión unificada. Cada nuevo director traía su propia lectura del material. Algunos querían occidentalizar la historia. Otros, como Waititi, pretendían ceñirse al manga original. Pero ese vaivén constante, esas versiones que cambiaban según el viento de los despachos, impidieron crear una hoja de ruta sólida. Akira no necesita un director de moda. Necesita un creador con una misión clara y un compromiso a largo plazo. Uno que entienda que la historia no se resume en un par de persecuciones motorizadas. Eso, aceptado que realmente sea necesario adaptar AKIRA a otro formato, cuando tanto el manga como la película original son ya perfectas.
Intentar meter Akira en una película de dos horas es una tarea prácticamente imposible. Ni siquiera el propio Otomo fue capaz de hacerlo en la adaptación de su manga sin sacrificar tramas e ideas. Es un relato con una enorme cantidad de capas, con muchos temas y tantos significados como espectadores, que además, juega con una serie de códigos y valores que a los occidentales se nos escapan en su mayoría. Su lógica narrativa es japonesa hasta la médula. Adaptarla implica un esfuerzo de producción monumental: efectos visuales de última generación, ambientación que no parezca una copia barata de Blade Runner, y personajes que puedan sostener diálogos que rozan la filosofía new age sin sonar ridículos. Y aún resolviendo todo eso, queda lo más difícil: no traicionar el alma de la obra. Porque Akira no es solo lo que ocurre, sino cómo y cuándo ocurre.
El eterno choque cultural
La publicación del manga Akira en los años 80 y el posterior estreno de su película animada en 1988 no fueron casuales, sino el reflejo directo de un Japón marcado por la ansiedad tecnológica, el trauma atómico aún latente tras Hiroshima y Nagasaki, y la creciente desconfianza hacia sus propias instituciones en plena burbuja económica. Ese contexto social tan específico, impregnado de nihilismo juvenil y pesimismo urbano, es prácticamente irreproducible en el Hollywood del siglo XXI, donde las preocupaciones, códigos culturales y prioridades industriales son radicalmente distintos. Adaptar Akira sin su contexto social y cultural original es, en cierto modo, desactivarlo.
Uno de los mayores errores recurrentes en estos intentos ha sido querer "traducir" Akira al lenguaje de Hollywood. ¿Cambiar Tokio por Nueva York? Convertir a adolescentes japoneses en veinteañeros blancos. Diluir la crítica al militarismo nipón post-Hiroshima en una historia de rebeldes con cazadoras de cuero. Eso no es adaptación. Es apropiación. Y la comunidad fan lo ha dejado claro una y otra vez. Incluso Jordan Peele, en una entrevista, reconocía haber rechazado dirigir Akira porque prefería que el proyecto mantuviera una identidad japonesa. bien por él. Que viera Neo-Tokyo como algo indivisiblemente al significado de la obra y no solo un recurso estético, delata que ha comprendido algo que, sinceramente, Warner parece haber ignorado durante dos décadas.
¿Es imposible adaptar Akira?
No. Pero no es fácil. Y desde luego no puede hacerse como se han hecho Ghost in the Shell, Cowboy Bebop o Dragonball Evolution. Y sí, probablemente Taika Waititi tampoco era el director adecuado. Como tampoco lo será, sospecho, para adaptar El Incal, pero eso es una opinión personal. Hay visiones que no se pueden tratar con humor autorreferencial y luz neón irónica. A veces, hace falta algo más oscuro. Más incómodo. Más sincero. Quizá el mayor problema de adaptar Akira es que su influencia ha sido tan gigantesca que ahora resulta imposible hacer algo que no parezca una mala imitación. ¿Cómo reimaginar algo que ya ha sido homenajeado mil veces? ¿Cómo sorprender cuando el original lo cambió todo?
Warner ha renunciado tras dos décadas de intentos fallidos. Pero eso no significa que la adaptación occidental en imagen real no vaya a ocurrir. Solo que necesita a alguien que entienda lo que Akira realmente es: una obra sobre el miedo al poder, la destrucción de la identidad y que la esperanza a lo mejor no es lo que creemos que es. O a lo mejor Hollywood solo necesita a alguien que le de completamente igual todo eso y solo quiera rodar carreras de motos: algo como Akira y no Akira.
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