La magia siempre fue escritura: por qué Witch Hat Atelier conecta con 1.600 años de historia real
Hay un momento en el primer capítulo de Witch Hat Atelier que lo explica todo, que condensa la premisa entera de este estupendo anime antes de que la historia haya tenido tiempo de presentarse formalmente. Coco, la protagonista, espía a través de un agujero en la pared de una tienda a un mago llamado Qifrey. Y lo que ve no es lo que esperaba: el mago no gesticula, no recita hechizos, no cierra los ojos en concentración mística ni levanta la mano hacia el cielo como si invocara una tormenta. Lo que hace, sencillamente, es dibujar. Saca una pluma, traza unos símbolos con precisión milimétrica sobre un papel, y la magia ocurre. Sin drama, sin efectos de sonido, sin la cara de esfuerzo que el cine y los videojuegos han grabado a fuego en nuestra retina cuando alguien usa poderes. Coco, que lleva toda la vida pensando que la magia es un don de nacimiento que ella no tiene, se da cuenta de algo que lo cambia todo para ella: la magia es una habilidad técnica. Se aprende. Se practica. Que es lo que molaba de La Fuerza antes de que a George Lucas nos hablara de los midiclorianos en Star Wars.
Esa premisa, que parece sencilla, es en realidad una de las decisiones creativas más inteligentes del manga de los últimos años. Para entender por qué, conviene salir del manga durante un momento y hacer un pequeño desvío por la historia de cómo la humanidad ha conectado, desde siempre, la escritura con el poder. Porque Kamome Shirahama no inventó esa conexión, pero nos la ha presentado muy bien. Y lo más fascinante es que, sin haber planeado ser una historiadora de la escritura mágica, ha construido uno de los sistemas de magia más rigurosa y culturalmente fundamentados de la ficción contemporánea.
El escritor de cómics que practica magia de verdad
Cuando hablamos de "magia", yo tiendo a alinearme con el bueno de Alan Moore, para quien ser mago consiste en utilizar el arte (escritura, pintura, música) para manipular símbolos e imágenes con el fin de cambiar la conciencia, alterar la realidad y escapar al condicionamiento social (Ángeles Fósiles, Ed. La Felguera. 2014). Pero en este caso os voy a hablar de otro talento de la cultura pop (a quien casi podemos considerar su antagonista mágico). Grant Morrison es una de las mentes más raras que ha dado el cómic occidental, responsable de obras como The Invisibles, All-Star Superman o Batman: Arkham Asylum. Morrison es también, y esto no es ninguna metáfora, un practicante declarado de magia del caos. No en el sentido vago en que alguien dice que "cree en la energía del universo", si no en el sentido literal, documentado y sistemático: Morrison practica magia de sigilos desde los años ochenta y ha escrito al respecto con la misma claridad y convicción con que escribe sobre narrativa o sobre el inconsciente colectivo. Y tiene una teoría sobre los sigilos, los glifos mágicos, que resulta perturbadoramente parecida al sistema de magia de Witch Hat Atelier. Si sabes lo qué es Aard, Igni, Yrden, Quen, sabes de lo que te hablo.
En su ensayo Pop Magic!, Morrison explica el proceso con una claridadpedagógica que sería intimidante si no fuera tan disfrutable. Tomas un deseo, lo conviertes en una frase, eliminas las vocales y las letras repetidas, y con los trazos que quedan construyes un símbolo: un glifo. Ese símbolo condensa la intención original de forma que el consciente ya no la reconoce, pero el inconsciente sí. Luego lo "cargas", concentrándote en su forma hasta vaciar la mente de todo lo demás, y lo lanzas al mundo. Felicidades, ya eres mago.
Según Morrison, los sigilos funcionan siempre, y no como un acto de fe sino como el resultado de décadas de práctica documentada. Lo que Morrison describe, en esencia, es exactamente lo que hacen los magos de Witch Hat Atelier: tomar una intención, codificarla en un símbolo dibujado con precisión, y activarla mediante la concentración física del trazo. La diferencia es que en el manga de Shirahama el proceso está sistematizado, tiene gramática y tiene reglas. Es un lenguaje. Pero la idea de fondo es la misma: el dibujo preciso de un símbolo como proceso de alteración de la realidad.
Las runas: cuando la escritura era un arma
Morrison, en cualquier caso, tampoco inventó nada. La idea de que escribir y hechizar son, en el fondo, la misma cosa, es tan antigua como la escritura misma, y está documentada en culturas tan distintas entre sí que la coincidencia resulta difícil de ignorar. Las runas vikingas son el ejemplo más obvio y el más fascinante, en parte porque los tenemos documentados con una riqueza de detalle inusual para la época y esta cultura, y en parte porque la confusión entre alfabeto y sistema mágico es, en este caso, tan total que ni siquiera tiene sentido intentar separarlos. El Futhark antiguo, el alfabeto rúnico más temprano, usado entre los siglos II y VIII de nuestra era, era simultáneamente un sistema de escritura y un sistema mágico. Cada runa no representaba solo un sonido: representaba también un concepto, una fuerza, una deidad con personalidad y voluntad propias.
Grabar la runa Algiz en un escudo no era simplemente decorar el escudo, también era un acto ritual.. Era protegerlo de una forma que cualquier guerrero vikingo habría entendido como tan concreta y técnica como añadirle una capa de cuero más. Trazar Tiwaz antes de una batalla no era escribir el nombre del dios Tyr. Era invocarlo. La etimología de la propia palabra "runa" lo dice sin rodeos: en las lenguas germánicas antiguas, runa significa "secreto" o "misterio", y ese origen no es accidental. No es un alfabeto que también hace magia, es un sistema mágico que también sirve para escribir, y el orden de esos conceptos importa enormemente, y aquí tengo que volver a señalar a Moore y el acto mágico, básico y fascinante de que leas la palabra "oso", que no dejan de ser píxeles en una pantalla o rayas sobre un papel, y seas capaz de visualizar un oso, el oso, la osead, en tu consciencia. Eso es algo muy mágico, ¿no crees?
Para los vikingos, Odín había arrancado las runas del árbol Yggdrasil después de nueve días colgado boca abajo en una especie de muerte ritual precisamente porque eran demasiado poderosas para encontrarlas como quien tropieza con una piedra en el camino. No se descubren las runas: se conquistan. La Piedra de Kylver, datada en el año 400 d.C. y considerada una de las piedras rúnicas más antiguas del mundo, contiene inscripciones que los expertos interpretan no como una historia ni como un nombre, sino como un hechizo. La escritura como tecnología de poder, grabada en piedra, hace 1.600 años. Los caballeros cruzados hacían lo mismo con la cruz: es el poder del símbolo, algo que a día de hoy también aplican Coca-Cola, BMW o Nike.
Hallado de runas, mitos nórdicos y magia, me paro un momentito a hablar de Tolkien, quien usa las runas como parte esencial de su construcción lingüística y mitológica, basada en su profundo conocimiento filológico del Futhark y del anglosajón antiguo. En El Hobbit y El Señor de los Anillos, las runas, ya sean históricas como el Futhorc o las Cirth, funcionan como sistemas de escritura coherentes y con significado real dentro de la historia. Este vínculo entre escritura y poder se refuerza en personajes como Gandalf, que utiliza signos rúnicos grabados con su bastón para marcar destinos y decisiones, como el símbolo en la puerta de Bilbo en El Hobbit. Inspirado en la figura de Odín, Gandalf encarna la idea de que la magia en Tolkien está profundamente ligada al lenguaje escrito: las runas no solo representan el mundo, sino que lo modifican.
El problema con "el elegido" y por qué nos tiene hartos
El género fantástico moderno, el etiquetado ahora como fantasy, lleva décadas atrapado en la misma trampa narrativa, y lo fascinante es que la trampa funciona tan bien comercialmente que nadie tiene demasiado incentivo para salir de ella. El protagonista tiene poderes porque sí. Porque nació especial, porque lo eligió la profecía, porque su linaje lo marca desde antes de que él pudiera tener ninguna opinión al respecto. Harry Potter es mago porque sus padres eran magos. Naruto tiene el zorro de nueve colas porque su padre lo selló en él antes de morir. Luke Skywalker está llamado a traer el equilibrio a la Fuerza tras la caída en el Reverso Tenebroso de Anakin Skywalker, su padre, porque es voluntad de La Fuerza. El poder, en la mayoría de estas historias que han dado forma a nuestra cultura visual y narrativa de las últimas décadas, es algo que te dan. No algo que construyes, que estudias, que te ganas con años de trabajo disciplinado y pulso firme. í te puedes matricular en Howards o te puedes ir a Dagobah a entrenar con Yoda, pero de primeras necesitas ser al menos así de especial para que te acepten.
Witch Hat Atelier rompe eso desde el principio. En su mundo, la creencia popular es que la magia solo pueden practicarla quienes nacen con el don, que es exactamente la misma lógica que la fantasía heredada de Tolkien ha repetido hasta convertirla en una verdad casi incuestionable. Sanderson y Martin tienen mucho que decir sobre eso, por cierto. El caso es en Witch Hat Atelier la historia de fondo es precisamente la contraria, todos somos magos en potencia, y el lector lo descubre al mismo tiempo que Coco: es un secreto que los magos guardan celosamente, porque una realidad donde cualquiera puede hacer magia si aprende a dibujar los sellos correctos sería un sindios, ¿verdad? Además, si todos podemos hacer magia, ¿que tendrían los magos de especial, además de un soberbio gusto para las túnicas decoradas con estrellitas brillantes y sombreros terminados en punta? Recordad la próxima vez que leáis algo sobre los recortes en educación en los periódicos.
El poder no está en la sangre, está en el conocimiento. Y ese conocimiento se puede codificar, enseñar, aprender y perfeccionar exactamente igual que la caligrafía, la carpintería o la cirugía, que son también oficios que parecen imposibles hasta que alguien te explica cómo se hace y te deja practicar lo suficiente. Es, en ese sentido, mucho más cercano a la lógica de las runas vikingas o de los sigilos de Morrison que a la de Hogwarts, y esa cercanía no me parece casual.
Magia como disciplina de diseño: la gramática del trazo
El sistema mágico de Witch Hat Atelier funciona exactamente como funcionan la caligrafía de precisión, la tipografía o el diseño gráfico aplicado a la comunicación técnica, y eso no es una comparación aproximada sino una descripción bastante literal de lo que ocurre en sus páginas. Los magos dibujan sellos de conjuro combinando formas geométricas básicas (círculos, triángulos, líneas con distintas curvaturas) que tienen efectos concretos y predecibles. Un elemento significa una cosa, otro modifica el efecto del primero, la combinación de ambos en determinada disposición produce un resultado que ninguno de los dos podría producir solo. Es un lenguaje visual con gramática propia, y como cualquier lenguaje, cuanto más lo dominas, más matices puedes expresar y más cosas puedes hacer con el mismo vocabulario básico. La diferencia entre un mago principiante y uno experto no es que el experto tenga más magia dentro. Es que el experto sabe más gramática y tiene mejor pulso.
Morrison diría que eso es exactamente lo que es un sigilo: una gramática del deseo codificada en forma visual, donde la precisión del trazo no es una exigencia estética sino una condición funcional. La diferencia importante entre el sistema de Morrison y el de Shirahama es que Morrison trabaja desde el yo, el sigilo parte de una intención personal, subjetiva, irrepetible, mientras que los magos de Witch Hat Atelier trabajan desde un lenguaje compartido, objetivo, que cualquiera puede aprender en las mismas condiciones que cualquier otro. Es la diferencia entre la magia como práctica espiritual individual y la magia como ciencia colectiva, como la medicina o la ingeniería. Y esa diferencia tiene consecuencias narrativas enormes que Shirahama explota con una inteligencia que no se ha señalado lo suficiente, creo. En Witch Hat Atelier, el entrenamiento no es una montaña rusa emocional sobre aprender a controlar el poder interior ni sobre superar traumas de la infancia que bloquean el acceso al potencial oculto. Es aprender a dibujar bien. A trazar líneas precisas. A no temblar el pulso. A entender qué pasa cuando modificas un elemento del sello. Es arte, es artesanía. Es, literalmente, una historia sobre aprender un oficio, con todo lo que eso implica de disciplina, de frustración, de pequeños logros acumulados y de respeto por quienes llevan más años practicando.
Por qué eso resuena especialmente hoy, y por qué molesta a los que tienen el poder
Hay algo en esa premisa que conecta de forma casi involuntaria con debates muy actuales, tan actuales que a veces da la sensación de que Shirahama los está referenciando directamente aunque su manga se ambiente en un mundo de fantasía. El acceso al conocimiento como palanca de poder. La diferencia entre quienes tienen acceso a las herramientas y quienes no. La idea de que los sistemas de poder se mantienen precisamente ocultando que sus habilidades son aprendibles, no innatas, porque si fueran innatas habría que aceptarlas como un hecho natural, pero si son aprendibles alguien tiene que explicar explícitamente por qué no todo el mundo puede aprenderlas. En Witch Hat Atelier, los magos guardan el secreto de la magia para mantener su posición social, económica y política. Si la gente supiera que cualquiera puede hacerlo con el entrenamiento adecuado, el orden establecido se derrumbaría de forma tan rápida y tan completa que ni siquiera habría tiempo para una transición ordenada.
Los Magos del Sombrero de Ala, los antagonistas de la serie, son el grupo que ha decidido difundir ese conocimiento sin permiso de nadie, y lo que los hace fascinantes como antagonistas es exactamente lo que hace fascinante también a cualquier buen villano: que tienen razón en muchas cosas. "Magneto was right", os recuerdo. Lo que les hace enemigos del establishment mágico es exactamente lo mismo que les hace revolucionarios según cualquier lectura que no parta de la perspectiva del establishment. Están haciendo lo que debería haberse hecho hace mucho: democratizar el acceso a una tecnología que unos pocos han monopolizado con el argumento de que es demasiado peligrosa en manos equivocadas, que es el argumento que siempre han usado los que tienen el poder para justificar por qué nadie más debería tenerlo. Witch Hat Atelier tiene la inteligencia, y la honestidad, de no resolver esa ambigüedad con un discurso final. Solo la presenta, y la deja ahí, y confía en que el lector sepa qué hacer con ella.
El detalle que cierra el círculo: el trazo que hace real la magia
Lo más elegante de todo esto es que el sistema mágico no es solo una idea narrativa brillante ni solo una declaración de intenciones filosóficas sobre el acceso al conocimiento. Es también, y esto es lo que eleva el manga de Shirahama a una categoría especial, una explicación del propio estilo visual de la serie. Shirahama dibuja los sellos mágicos con la misma precisión artesanal con la que dibuja todo lo demás: a mano, con plumilla, con tinta real, en papel de verdad. Las páginas donde aparece magia son páginas donde alguien está dibujando con esmero y concentración, y las dibuja una persona que también está dibujando con esmero y concentración, creando una especie de espejo entre la ficción y la realidad que pocas obras consiguen de forma tan orgánica. Las páginas más mágicas del manga son las más trabajadas como objetos físicos, y ese paralelo no se puede separar del mensaje sin que algo importante se rompa.
Los vikingos grababan runas en piedra porque creían que el gesto físico de trazar el símbolo formaba parte esencial del poder, que no era posible transferir el efecto del símbolo a una copia porque el efecto vivía en el acto original de trazarlo. Morrison carga sus sigilos concentrándose en la forma dibujada hasta vaciar la mente de todo lo demás, convirtiendo el dibujo en una práctica meditativa que no es separable del resultado. Shirahama dibuja sus sellos mágicos a mano, con herramientas analógicas, porque el trazo físico tiene para ella algo que la herramienta digital no puede replicar, una textura de intención que se queda grabada en el papel. La forma y el fondo son la misma cosa en los tres casos, y esa continuidad a través de 1.600 años de historia y culturas completamente distintas dice algo sobre por qué la escritura y el símbolo siempre han estado tan cerca del poder: porque el gesto de trazar un símbolo con precisión y voluntad siempre ha sido, en algún nivel, un acto de afirmación sobre la realidad. Witch Hat Atelier no te dice que eres especial. Te dice que puedes serlo si te pones a practicar. Que el secreto no está en la sangre sino en el conocimiento. Que la magia, al final, siempre ha sido otra forma de llamar a lo mismo: el poder de quien sabe leer y escribir.
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