
H. R. Giger quería hacer algo aterrador y original con Species, pero Hollywood vio más interesante el escote de Natasha Henstridge que el arte del creador del xenomorfo de Alien
Qué difícil se me hace hablar de Species, o Especie Mortal, que así se estrenó España en octubre de 1995. Y es que es una peli que no me gusta, a la que tengo algo de manía, pero que también me parece que esconde una historia fascinante. Su propia campaña promocional quiso vendérnosla una peli de terror y ciencia ficción, pero a nadie se le escapaba el importante componente de fantasía erótico-alienígena, con una modelo debutante como protagonista y el abuso de efectos especiales digitales de la época. Pero no puedo evitar acordarme de que el monstruo de esta película lo creó Hans Ruedi Giger, el mismo hombre que le dio forma al xenomorfo de Alien, y que de esa mezcla de terror, fantasía y erotismo sabía un rato.
Yo la vi de estreno con catorce años, en esa época en la que lo que no se me iba de la paga en tebeos se me iba religiosamente en entradas de cine, semana sí y semana también. Y no era como ahora, en aquellos tiempos en los multicines Acteón de Madrid te dejaban entrar a ver cualquier cosa de los cines tuvieras la edad que tuvieras. Por tanto, tenía la edad perfecta para que una fantasía como esta me sedujera sin remedio, y sin embargo salí del cine con una sensación rara, porque me había parecido bastante tostón. Tal vez fuera culpa mía, o tal vez fuera que 1995 venía cargado hasta arriba, porque aquel año se amontonaban también 12 Monos, Ghost in the Shell, La Ciudad de los Niños Perdidos e incluso la infravalorada Johnny Mnemonic. El caso es que cuando tocaba decidir en qué fundirte la paga, oye, a uno le fastidiaba elegir mal la peli.
En aquel 1995 tener a Giger diseñando tu criatura no era un mérito menor, era prácticamente un sello de garantía para cualquiera que hubiera pasado miedo con la primera película de Ridley Scott. El suizo era el tipo que había convertido lo biomecánico en una gramática del terror, el hombre cuyas pesadillas se habían colado hasta en videojuegos, y su huella en la cultura pop enorme. MGM lo sabía, y quiso encargarle al suizo la identidad visual de la criatura, sabiendo que al establecer un vínculo con la saga Alien a ojos del gran público contaba con un magnífico reclamo comercial. Pero salió mal.
Giger no se limitó a estampar su firma y cobrar. Se implicó de verdad, construyó marionetas en su propio estudio, mandó bocetos y pinturas por fax mientras cuidaba a su madre enferma, y volcó en Sil, la prota de Species, su mezcla habitual de lo sensual y lo mortífero, esa criatura de piel traslúcida que deja ver la maquinaria orgánica de sus entrañas. El trabajo práctico de efectos lo materializó Steve Johnson con su equipo de XFX, mientras Richard Edlund y Boss Films se ocupaban del apartado digital, todavía en pañales pero valiente para la época. Sobre el papel tenías todos los ingredientes de un body horror de manual. Y sin embargo, la maquinaria de marketing del estudio miró todo aquel talento y decidió que lo que iba a poner en el cartel era el reclamo sexual de Natasha Henstridge, actriz debutante y exmodelo.
Al propio Giger tampoco le hacía maldita la gracia el resultado. El artista temía que tanto la criatura como la película acabaran pareciéndose demasiado a Alien, y llegó a enviar un fax a la producción señalando hasta cinco coincidencias que no le gustaban un pelo de cómo se estaba desarrollando el proyecto, desde una criatura reventando un pecho hasta el uso de un lanzallamas en una escena. El final de la historia le parecía soso y manido, más cercano a las hogueras de la Inquisición que a la ciencia ficción, y propuso alternativas hasta que se quedó la muerte de Sil de un disparo en la cabeza. Es decir, el hombre que mejor entendía el material estaba peleándose por dignificarlo mientras el departamento comercial tiraba justo en la dirección entre artista y estudio es la que define toda la película.
El ADN como nuevo body horror
Si uno rasca por debajo del envoltorio de thriller erótico noventero, lo que encuentra en Species es una idea que ha envejecido sorprendentemente bien: un ADN alienígena con un único objetivo, reproducirse a cualquier precio, aunque para ello tenga que ir sembrando el cadáver por Los Ángeles. Esa pulsión biológica ciega, la del organismo que existe solo para propagarse, fue una interesante revisión de los temas clásicos del body horror.
No es casualidad que la película llegara justo cuando el mundo empezaba a hablar en serio de manipulación genética, en plena efervescencia del Proyecto Genoma Humano y, más vinculado al tema de la peli, el escubrimiento de los genes del cáncer. El ADN estaba de moda en Hollywood, con el Parque Jurásico de Spielberg como mejor ejemplo. Ese vértigo a lo Frankenstein ante lo que podíamos fabricar en un laboratorio y luego no ser capaces de controlar es lo que le da a Species una capa de lectura que el director Roger Donaldson tampoco parecía demasiado interesado en vender. Acostumbrado a pelis de encargo de lo más genéricas, entiendo que Donaldson hizo lo que pudo. Al final la propuesta se reduce a la idea de la hembra bellísima que seduce para matar, que además, uno de los miedos más explotados por una cultura pop que todavía no se preocupaba por la corrección política, o lo machista que pudieran resultar sus películas.
Serie B con complejo de obra maestra
Llegados a este punto toca decir que Species no es ninguna obra maestra incomprendida. Es una serie B, con su reparto de lujo desaprovechado (Ben Kingsley, Forest Whitaker o Michael Madsen paseándose por papeles de dos dimensiones) y con un ritmo que arranca como un tiro en su primera mitad y se desinfla en la segunda en cuanto te das cuentas de que la peli es puro cartón piedra. El guionista Dennis Feldmanle le debe a este peli, y sus secuelas (porque se hicieron secuelas), a esta peli. PEro en realidad tampoco es que hiciera muchas más cosas… Me sorprende que sea el mismo tipo que escribió El Chico de Oro para Eddie Murphy.
Pero Species también es una serie B con ambiciones. Atrapada para siempre entre una promoción sensacionalista y un diseño de criatura que merecía muchísimo más respeto del que recibió, la película no fue ningún fracaso de taquilla, más bien al contrario. Hizo caja de sobra, con esos 113 millones largos que multiplicaban sus 35 de presupuesto, y sin embargo pasó a la historia con el sambenito del bodrio "sicalíptico", que es una forma muy elegante de decir que ganó dinero y a la vez perdió el respeto de quienes esperábamos una propuesta serie de ciencia ficción oscurilla.
Que fuera erótica, que fuera serie B, que fuera un poco rollete, nada de eso es delito. Para mí el pecado de Species fue tener al creador de Alien firmando tus pesadillas y decidir que preferías vender a la actriz (muy justita, creo yo) en lugar a al bicho. A Giger ya le habían ido recortando su criatura en las secuelas de Alien, aquel xenomorfo perfecto que se volvió cada vez más insectil hasta perder su elegancia mortal, y Species pudo ser su desquite, el sitio donde recuperar el control de su propia pesadilla. Y en parte lo fue, porque la criatura aguanta el tipo treinta años después mucho mejor que el guion, y es que había algo ahí debajo, en esa piel traslúcida, que pedía a gritos una película mejor.
Giger se marchó en 2014 (la tierra le sea leve) y nos dejó combustible suficiente para innumerables pesadilla, y una de ellas, aunque casi quiera acordarse, se llama Sil. Puede que Species no fuera la película que el trabajo de Giger merecía, pero parece que sí es la película que el público de 1995 pedía. Así que la próxima vez que tengas la oportunidad de verla, mira más allá del escote del escote de la rubia y del reclamo fácil, y fíjate en lo que intentó hacer Giger para crear algo érotico, aterrador y original.
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En 3DJuegos | Es un clásico de la ciencia ficción con uno de los mensajes más oscuros y trágicos de los 80. No todo el mundo lo entendió
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