
Terminator parecía una película de serie B condenada al olvido, pero Cameron convirtió sus limitaciones, sus trucos y un presupuesto mínimo en historia del cine
A nadie se le escapa que Terminator nació con un ADN de serie B que era tan evidente en 1984 como lo sigue siendo cuando la revisas hoy. Ahí está la fotografía el aparcamiento de un polígono industrial, el reparto de actores casi desconocidos, algunos efectos especiales algo cutroncillos y una premisa algo chusca. Y sin embargo aquella película dignificó su propuesta de ciencia ficción cruzándola con el cine de vigilantes, con la paranoia social, la Guerra Fría y con una crítica socioeconómica sigue vigente. Lo hizo además creando un icono cultural que cuarenta y dos años después sigue siendo rentable. Y claro, no se puede negar que James Cameron es un visionario y que tiene muy buenas ideas, además de ser un excelente director, pero en este caso la causa del éxito de la peli no es tanto su talento como que, simplemente, no había dinero para hacer otra cosa.
La creación de Terminator arranca en una pensión barata de Roma en 1981, con un director novato de veintisiete años enfermo, sin blanca y recién apartado del rodaje de Piraña II: Los vampiros del mar. Cameron ha contado en una entrevista con el British Film Institute que la película le vino en un sueño febril, un esqueleto cromado saliendo de un fuego, y que al despertar se puso a dibujarlo. No es exactamente el escenario idea para una idea inspirada, o la romantización del gran estudio que busca a un joven talento para confiarle una de las mejores historias de viajes en el tiempo de la historia del cine.
Un dólar por su propia película
El primer movimiento de Cameron al volver a California fue el más contraintuitivo y el más decisivo para la creación de Terminator. Escribió el guion alojado en casa del escritor Randall Frakes y después vendió los derechos a Gale Anne Hurd por un dólar, con una única condición innegociable escrita en el contrato: ella produciría solo si él dirigía. Puesto así, la productora tenía poco que perder. Cameron confiaba en la calidad de su guión y sabía que podría hacer algo interesante con él, y no estaba dispuesto a que ningún estudio se lo arrebatara o, simplemente, que fuera interminablemente descartado y olvidado. Ese dólar no vendía una película, compraba una estupenda oportunidad de lucirse como director, pero Cameron ha reconocido después que sigue siendo la decisión de la que más se arrepiente, lo cual dice bastante sobre la diferencia entre ganar una batalla y ganar la guerra. Y es que la jugada le salió tan bien que de no haber negociado a la desesperada podría haber logrado algo mucho más beneficioso para él. Con todo, no sé de qué se queja: no le ha ido nada mal, ¿verdad?
Con el guion blindado quedaba lo difícil, que era encontrar a alguien dispuesto a pagar el proyecto. Orion Pictures aceptó distribuir la película siempre que el dinero saliera de otro sitio, o sea, aceptó la parte cómoda del negocio. El "otro sitio" resultó ser John Daly, un londinense que llevaba desde 1967 invirtiendo en pelis de segunda o tercera fila. PAra convencerle de que invirtiera el dinero, Cameron montó todo un numerito para y mandó a una reunión con el productor a su amigo Lance Henriksen disfrazado de Terminator, con chupa de cuero, cortes falsos en la cara, papel de aluminio de un paquete de tabaco en los dientes y la orden de abrir la puerta del despacho de una patada. Daly, que no era ningún ingenuo, entendió perfectamente lo que le estaban vendiendo y a finales de 1982 dio el visto bueno.
El rodaje de Terminator se paró nueve meses por culpa de Conan
La producción tenía que arrancar a principios de 1983 en Toronto y no arrancó, porque el siempre complicado Dino De Laurentiis ejerció una opción que tenía firmada en el contrato de Schwarzenegger y se lo llevó a rodar Conan el destructor. Arnold era suyo y solo suyo, parece. Nueve meses de parón. Para cualquier producción pequeña eso suele significar la muerte, con el equipo dispersándose hacia otros trabajos, los avales caducando y el interés de los productores enfriándose. En lugar de esperar sentado, Cameron se puso a escribir.
Durante ese paréntesis reescribió Terminator, aceptó el encargo de Rambo: Acorralado Parte II y empezó a reunirse con productores para hablar de una secuela de Alien que terminaría siendo Aliens: El regreso. Es decir, que el peor contratiempo logístico de la producción le sirvió para dejar apalabrada la trilogía de películas que lo convertirían en el director más rentable de su generación. Pero antes, tendría que rodar su primer gran éxito y la cosa no iba a ser fácil.
O.J. Simpson de Terminator y a Schwarzenegger de héroe
El reparto de Terminator es una colección de anécdotas. Sylvester Stallone dijo que no. Mel Gibson dijo que no. A Sting le ofrecieron el papel de Kyle Reese y lo rechazó porque Cameron no le sonaba de nada. Cuando por fin apareció el nombre de Schwarzenegger, lo hizo en el sitio equivocado. Mike Medavoy, entonces en Orion, tuvo la ocurrencia de proponer a O.J. Simpson como Terminator y a Schwarzenegger como Reese. Schwarzenegger sostiene desde hace años que Simpson fue la opción original, pero Cameron lo niega en redondo y sostiene que tumbó la idea en la misma llamada telefónica en la que se la plantearon, porque no se creía a Simpson haciendo de asesino. Lo que sí es seguro es lo que ocurrió en la comida siguiente: Cameron fue a esa reunión con la intención de buscar bronca, porque la única forma que se le ocurría de sacar a Schwarzenegger de la película era caerle mal. PEro Arnold le dio la vuelta a la tortilla y le explicó a Cameron que el papel que de verdad le apetecía era el del robot, y el director salió de allí diciéndole a Daly que se habían equivocado, que para Reese no valía, pero que como Terminator iba a ser una máquina de guerra. Curiosamente, para la secuela Arnold regresaría como el bueno.
El resto del reparto se construyó con la misma lógica de aprovechar lo que había. Michael Biehn entró como Reese, afortunadamente, convencido al principio de que aquello era una tontería. A pesar de ello, Biehn se preparó estudiando la resistencia polaca durante la Segunda Guerra Mundial, que es un nivel de compromiso que ya quisieran algunas superproducciones de ahora. Linda Hamilton se torció el tobillo una semana antes de empezar a rodar, así que hubo que reordenar el plan de trabajo para dejar todas sus escenas de carreras y persecuciones lo más tarde posible. Se pasó la película entera con el tobillo vendado cada mañana y con dolor. A Lance Henriksen, que era el Terminator que Cameron tenía en la cabeza antes de que apareciera Arnold, lo recolocaron como el detective Vukovich, un secundario. Cameron fue un tipo agradecido al sacrificio del actor y le regaló otro papel de androide en Aliens: El Regreso con Bishop. Y a Schwarzenegger le dieron 17 frases en toda la película, 58 palabras. Tampoco a Arnold le fue mal con su participación en Terminator.
Todo tipo de trucos para para convencerte de que Terminator es real
El primer nombre que Cameron quiso para los efectos de maquillaje fue el de Dick Smith, el hombre de El exorcista, que declinó el encargo y recomendó a un amigo suyo llamado Stan Winston. Smith no lo sabía, pero estaba cambiando la historia del cine, porque de ahí sale el taller que después firmaría Aliens, Depredador, Parque Jurásico y buena parte de lo que entendemos por criaturas creíbles en pantalla. El equipo de Winston, que al parecer no eran ni 10 personas en aquel momento, invirtió seis meses en levantar el endoesqueleto: primero modelado en arcilla, luego escayola reforzada con costillar de acero, después lijado, pintado y finalmente cromado pieza a pieza.
Lo que se ve en pantalla en los últimos veinte minutos de película es artesanía pura, un objeto físico que estaba de verdad en el plató, con más de cuarenta y cinco kilos de peso. Perfecto para que Cameron se deleitara rodando llamas en su superficie metálica, tal como lo había soñado unos años antes. Para los planos en los que el T-100 tenía que caminar se recurrió a Fantasy II Film Effects, la casa de Gene Warren Jr.,que acaba de terminar una mala copia de Star Wars llamada Spacehunter, para realizar la animación fotograma a fotograma con una marioneta de unos sesenta centímetros construida por Doug Beswick a partir de más de cien piezas mecanizadas. Una tremenda cantidad de trabajo para equipos pequeños y con pocos medios que realizaron un trabajo extraordinario. Cameron, que de efectos especiales sabe un montón, echó un cable a que este trabajo resultara lo más creíble posible gracias a algunas ideas de lo más ingeniosas durante el rodaje.
El stop motion de 1984 no engañaba a nadie cuando tenía que reproducir a un humano caminando de manera fluida, así que Cameron introdujo en el guion que el Terminator quedara cojo tras el accidente del camión. La cojera no es una decisión que aporte nada a la trama, es una decisión que hace más creíble las tomas de efectos, y es uno de lso mejores ejemplos en la historia del cine de cómo el rodaje de fotografía principal puede reforzar las tomas de efectos en lugar de lo contrario, que es lo normal.
Lo mismo pasa con el icónico puntero láser de la pistola, que en aquel momento no podía ser un diodo porque los diodos no eran algo tan accesible como ahora, así que se montó un láser de helio-neón con una fuente de alimentación externa que Schwarzenegger tenía que activar a mano. El técnico que lo diseñó, Ed Reynolds, de SureFire, cobró en material promocional de la película. Y lo mismo pasa con la banda sonora de Brad Fiedel, cuyo compás de 13/16, ese que os sabéis de memoria, salió de un bucle incompleto que se le quedó mal cerrado en el secuenciador y que decidió conservar porque le gustaba cómo quedaba.
Cameron y Schwarzenegger tuvieron que demandar a Hemdale para cobrar
El rodaje empezó en marzo de 1984 en Los Ángeles y se hizo mayoritariamente de noche, contra reloj y contra el amanecer, y la persecución final de la autopista se rodó sin permiso convenciendo a un agente de que aquello era una broma de estudiantes de la UCLA. Con todo, Cameron logró terminar la peli a tiempo, no sin problemas: el presupuesto arrancó en cuatro millones de dólares, se elevó después hasta los 6,4 millones. Orion no tenía ninguna fe en el resultado, temía una acogida crítica desastrosa y organizó un único pase de prensa, que es lo mejor que puedes hacer cuando no quieres que nadie vea tu película.
Se estrenó el 26 de octubre de 1984 en 1.005 salas, hizo 4 millones en su primera semana, se colocó en el número uno de la taquilla estadounidense y repitió en el número uno la semana siguiente, hasta que en la tercera la desbancó la comedia ¡Oh, Dios! ¡Vaya diablo!, dirigida por Paul Bogart y protagonizada por George Burns, quien hace un doble papel interpretando tanto a Dios como a Satanás en una película de lo más olvidable. El cierre final de taquilla de Terminator fueron 38,3 millones en Norteamérica y unos 40 en el resto del mundo, 78,3 millones en total, algo más de 12 lo que había costado.
En 1990, seis años después de aquel éxito, Gale Anne Hurd, Arnold Schwarzenegger, James Cameron y Stan Winston tuvieron que demandar a Hemdale por beneficios impagados, según recogió en su momento Los Angeles Times. Hemdale acabó vendiendo los derechos de la franquicia a Carolco en una operación que Mario Kassar describió como la más difícil de todas en el proceso de cierre de la compañía. La compañía que había apostado por Cameron cuando nadie lo hacía se declaró en quiebra en 1991 y terminó de cerrar en 1995.
La frase más citada de la historia del cine de acción, esa que ha sobrevivido a cinco secuelas, algunas realmente malas, a una serie de televisión, y a todo tipo de mercha y adaptaciones, incluyendo atracciones en parques temáticos, salió de pura chiripa. Arnold no era capaz de pronunciar bien la contracción inglesa "I'll". Pidió decir "I will be back" y Cameron se negó. Es un buen resumen de lo que supuso la creación de Terminator: un director empujando por hacer la peli de sus sueños tal como la había soñado, literalmente.
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