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Le he dedicado diez horas seguidas de mi fin de semana a la temporada 3 de Silo y volvería a hacerlo sin pestañear

Le he dedicado diez horas seguidas de mi fin de semana a la temporada 3 de Silo y volvería a hacerlo sin pestañear

La gran distopía de Apple TV por fin te cuenta quién construyó los silos. Te lo imaginabas pero no sabías por qué

Chema Mansilla

Editor - Cine y TV

Hay series que ves y series a las que te entregas. La temporada 3 de Silo, que he podido ver ya completa, pertenece de lleno a la segunda categoría: he esperado a tener un fin de semana libre para poder dedicarle 10 horas seguidas a verla del tirón, y no me arrepiento de ni un minuto de ese enganche. Ojo, que tú vas a tener que dosificarla, porque Apple TV la va soltando capítulo a capítulo cada viernes hasta primeros de septiembre. Yo he tenido la suerte de verla del tirón, y precisamente por eso puedo decirte con conocimiento de causa que el enganche es real de principio a fin. Vamos con ello.

Aviso de spoilers: a partir de aquí encontrarás algún spoiler menor de la temporada. Nada que reviente los grandes giros, pero si prefieres llegar completamente virgen, ya estás avisado.

El arranque te desconcierta a propósito, y funciona porque tú estás tan perdido como la protagonista

Lo primero que hace la temporada es negarte una bienvenida cómoda. En lugar de retomar la acción donde la dejaste, te deja unos minutos como el meme de Travolta, preguntándote si te has saltado un episodio. Y es que pasaron tantas cosas en la temporada 2 que es muy probable que ni te acuerdes: Juliette regresó del Silo 17, descubrió la existencia de un mecanismo de seguridad letal instalado en cada refugio y todo terminó con ella y Bernard atrapados entre las llamas de un incinerador. La serie apuesta por que arranques en la misma niebla que su protagonista, que despierta con la memoria borrada tras el fuego. Es un recurso, el de la amnesia, muy sobreexplotado y sin embargo aquí termina funcionando, porque la pérdida de memoria lleva siendo un engranaje esencial de este mundo desde el primer capítulo.

Cuando por fin sitúas las piezas, descubres que Juliette es ahora la nueva alcaldesa del Silo 18. Lo divertido es lo poco que ejerce: arranca la temporada presidiendo la primera sesión del comité que gobierna el silo y, a partir de ahí, no vuelve a pisar el cargo ni un minuto, arrastrada por su propia neblina interior. Si no hubiera visto a políticos de verdad enredados en el Candy Crush en plena sesión, te diría que semejante abandono de funciones es un disparate difícil de tragar. Pero la realidad lleva tiempo enseñándonos que, en esto, la ficción se queda corta. Así que aceptas la premisa, te acomodas y sigues bajando.

Silo lleva siendo un manual de política

Esta serie es, desde su primer minuto, un tratado sobre cómo se administra el miedo de una población. Lo que cambia en la temporada 3 es que ese subtexto sube a la superficie social del Silo protagonista. Además, la narración se parte en dos líneas temporales y, junto a la vida bajo tierra que ya conoces, te lleva a un pasado que es prácticamente nuestro presente: un Washington donde se tomaron las decisiones que enterrarán a la humanidad. Ahí ves a los de siempre agitando el pánico para justificar un proyecto secreto y tratar a la gente como cobayas de laboratorio. El drama del silo no empezó en un futuro distante: empezó hoy, en nuestro tiempo.

Y si le quitas la carcasa de ciencia ficción, ¿qué es en realidad un silo? Es tu mochila de preparacionista llevada a una escala grotesca, una tan enorme que dentro caben miles de personas. Mochilas gigantescas excavadas en el suelo. La idea no es nueva, es la del refugio antinuclear de los años del telón de acero, la búnker de lujo que hoy se hacen construir los que pueden pagarlo. Llevamos décadas fantaseando con sobrevivir bajo tierra al mundo que ayudamos a construir y que ha colapsado por múltiples motivos, desde guerra nuclear a invasiones alienígenas. La temporada 3 de Silo te ayuda a ponerte del lado de quien construye estos refugios, aceptas que un mundo mejor es imposible y das por hecho que vamos derechos a una época muy oscura, algo que empieza a resultar aterradoramente factible.

Puestos a buscarle un parentesco, el más evidente lo han señalado ya hasta los propios críticos: esto es lo que pasaría si Fallout se tomara en serio a sí misma. La diferencia, y aquí está la clave, es que Fallout no debería tomarse en serio jamás, porque su ironía retrofuturista es su alma; Silo, en cambio, se gana ese lujo de solemnidad precisamente porque nunca es amable con el espectador. Ya lo apuntábamos en 3DJuegos cuando su búnker nos recordó al del videojuego de Bethesda, y la comparación sigue siendo justa una temporada después.

¿Qué es en realidad un silo? Es tu mochila de preparacionista llevada a una escala grotesca, una tan enorme que dentro caben miles de personas

El caso es que en esta propuesta no toda su lectura geopolítica es sutil. La trama del pasado se apoya en un cliché tremendo: una bomba sucia en Washington, Irán señalado como enemigo, un ataque estadounidense en respuesta y comités con nombres de operación que parecen sacados de una peli de la Cannon. Por momentos huele a Delta Force en pleno 1986. Pero la serie tiene un as guardado en la manga que le da la vuelta a la tortilla, y me ha parecido muy bien traído: el atentado no es tanto lo que hizo Irán como lo que el gobierno decide colgarle a Irán, y los verdaderos malos acaban estando a este lado de la línea divisoria, en los despachos que fabrican el enemigo exterior para tapar sus propios planes. 

Lo inquietante es lo cerca que ha caído todo esto de los titulares reales: escrita y rodada antes, la temporada ha terminado rozando la actualidad de una forma que da escalofríos. El propio showrunner ha contado en una entrevista cómo la operación militar que inventaron para la ficción llegó a compartir el mismo estilo de nombre en clave con hechos reales, obligándoles a rebautizar misiones sobre la marcha. No hay más que asomarse a lo que pasa fuera para comprobar que la realidad supera a la ficción, y después de diez horas de supervivencia en un silo, eso es lo que de verdad debería asustarnos.

¿Quién maneja el algoritmo?

La nueva temporada desplaza el foco de poder de manera muy inteligente: Camille Sims, como cabeza de la sección IT maneja públicamente el silo. Pero en realidad solo sigue las directrices que le da la misteriosa voz de El Algoritmo. ¿Y qué hay detrás de El algoritmo?. En la temporada 2 nos enteramos que esa entidad dicta las reglas desde las sombras y que a estas alturas ya elige a sus agentes humanos dentro del propio comité. La pregunta es: ¿quién controla el algoritmo? Porque conviene no olvidar que las herramientas siempre son de aquellos que las manejan. Un algoritmo no decide nada; deciden las manos que lo programan y lo focalizan.

Es imposible no acordarse aquí de Dune. Frank Herbert lo escribió en 1965: "Una vez, los hombres entregaron su pensamiento a las máquinas con la esperanza de que esto los liberaría. Pero eso solo permitió que otros hombres con máquinas los esclavizaran". Esa es exactamente la trampa que Silo pone sobre la mesa, pero es una trampa doble, como descubriremos al final de la temporada 3… La máquina nunca es la que te esclaviza; son las personas que hay detrás de la máquina.

Te hueles la tostada antes de la mitad del segundo episodio, y aun así la serie no te suelta

Seamos sinceros: no habrás llegado ni a la mitad del segundo episodio y ya te olerás la tostada, ya intuirás para qué son los silos. Y lo normal sería que eso desinflara el misterio. Aquí no ocurre porque lo que engancha nunca fue solo el qué, sino el cómo, el porqué y el para qué. La línea narrativa del pasado, con Helen (la reportera de la trama centrada en la actualidad que conocimos en la temporada 2) tirando de un hilo periodístico que no le corresponde tocar, tiene un toque a lo Expediente-X que mola muchísimo. No en vano la propia serie juega la carta más vieja del manual, la del mago que resulta ser solo un hombre tras la cortina; ese guiño al Mago de Oz que nunca pasa de moda y que aquí sigue funcionando, porque de eso va todo: de descorrer una cortina y ver quién maneja los hilos.

Al tratar de orquestar tanto golpe de efecto la serie, muy ocasionalmente, pincha un poco. Al intentar tensar tantas tramas de conspiración a la vez, la serie fuerza en ocasiones el ritmo y se permite algún salto argumental un poco rebuscado, confiando en que la generalidad del espectador se deje llevar sin darle demasiadas vueltas. La muletilla de la amnesia, ya te digo, chirría de vez en cuando. No es casualidad que en más de una crítica se haya señalado que esta entrega, por fin, corrige varios de los problemas estructurales que arrastraban las dos anteriores, aunque de paso estrene algunas carencias nuevas. Pero es que son muchos personajes y muchas subtramas, aunque la serie es lo bastante fuerte como para seguir arrastrando a los espectadores.

Un dispensador de caramelos en forma de pato con historia

Una de las obsesiones más bonitas de la temporada son las reliquias. Un dispensador PEZ con forma de pato pasa de una cita en pleno siglo XXI a convertirse, tres siglos después, en uno de los objetos casi sagrados de una sociedad que ya no recuerda de dónde vino; los juguetes de infancia de Juliette se veneran como si fueran restos de un santo. No es un capricho de guion, es una intuición muy certera de los creadores de la serie: cuando un mundo desaparece, los pocos fragmentos que sobreviven se cargan de mito, se vuelven testigos de una historia que nadie vivió. Del relicario medieval a la vitrina del museo, llevamos milenios sacralizando lo que sobrevive a quienes lo fabricaron. Silo entiende que un objeto tonto puede tener un valor excecpcional para una civilización, como le explicaba Bellob a Indiana Jones en En Busca del Arca perdida sobre su reloj, diciendo que actualmente no vale nada, pero que si uno lo entierra en la arena durante 1000 años, su valor se vuelve incalculable porque se convierte en Historia..

Y de ahí saca una reflexión muy interesante sobre nosotros, sobre nuestra cultura del usar y tirar: hemos olvidado reparar las cosas porque es más fácil comprar otra. Mi padre y mi abuelo eran capaces de arreglar cualquier cosa con una goma elástica y una arandela, y hemos perdido esa cultura de valorar lo que ya tenemos. El silo, en cierto modo, es una civilización obligada a apreciar lo que posee porque no va a llegarle nada nuevo, nunca. Da que pensar que haga falta un apocalipsis para recuperar el gesto de cuidar un objeto en lugar de sustituirlo. Puede que ahí, en ese detalle pequeño, esté una de las ideas más adultas de toda la serie.

Una de las mejores series del año (otra vez)

En lo técnico, la serie es impecable, como lo son prácticamente todas las series de Apple: el diseño de producción, el sonido, esa manera de conseguir que el silo se sienta como un lugar real y opresivo. Pero lo que la sostiene son las interpretaciones. Cada vez me gusta más Jessica Henwick como actriz; su Helen es uno de mis anclajes preferidos de la temporada. Y kudos enormes para Ashley Zukerman, una incorporación nueva al reparto y una sorpresa interpretativa de las gordas: su congresista, todo inteligencia, ambición y desasosiego, es de lo mejor que trae esta entrega, y no soy el único que lo dice en su análisis. Ese ritmo calculado y atmosférico que ya intuíamos en el tráiler les da a ambos el espacio que necesitan para crecer. Y sé qu emi compañero Marcos Yasif no me perdonaría no destacar a la siempre interesante y carismática protagonista, Rebecca Ferguson.

Silo es exactamente el tipo de serie por la que yo veo series

Por el camino te encuentras regalos además otros regalos. El episodio 5 se cierra con uno de esos finales maravillosos por los que uno ama el mundo de las series, de esos que te dejan fastidiado porque el capítulo termina con un cliffhanger tan emocionante. El noveno esconde un guiño musical sorpresa que no te voy a destripar, pero que te va a arrancar una sonrisa de oreja a oreja. Son detalles, sí, pero son los detalles los que separan una serie correcta de una serie tremenda. Y esta lleva tres temporadas siendo tremenda.

El capítulo 10, el que cierra la temporada, pertenece a una estirpe que la serie luce con orgullo: te deja como aquellos finales de temporada de Perdidos de cuando Perdidos molaba y nos dejaba con la boca abierta. Su arranque es lo más aterrador de toda la serie, y da más miedo justamente por lo fácil que resulta imaginar una versión de eso desarrollándose en una ciudad real. No te daré más detalles. El caso es que, como siempre, la buena ciencia ficción no está para consolarte, sino para hacerte la pregunta correcta, la misma que no deja de plantearse Juliette: ¿por qué? Por qué los silos, por qué la mentira, por qué nosotros.

Me preocupa que la cultura pop haya perdido la fe en el futuro

Hay una preocupación que llevo tiempo arrastrando y que Silo me ha vuelto a poner delante: los canales que nos traen la cultura pop parecen haber perdido la fe en el futuro, y llevan unos años empeñados en concienciarnos para lo peor, como si la única historia que mereciera contarse fuera la del desastre que viene. Y sin embargo la humanidad salió del medievo, salió de la peste, del hambre y varios siglos de penurias, y aquí seguimos, contándonos historias. Si sobrevivimos a todo aquello, podremos también superar lo que nos dicen que viene, ¿verdad? Me niego a tragarme entera la campaña de mecenazgo del apocalipsis. Con todo Silo es exactamente el tipo de serie por la que yo veo series. Diez horas de mi fin de semana, evaporadas, y las volvería a entregar sin pestañear. Ya solo por eso ha merecido la pena. ¿Y ahora qué hago yo hasta el año que viene? En 2027, temporada final de Silo. Puedes ver ya la temporada 3, y las dos primeras si te quieres poner al día, en Apple TV.

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