Te puedo contar de qué va toda esta serie hablando de solo una de sus escenas: un actor consagrado, Arthur Leander, se desploma de un infarto en mitad de una función de El Rey Lear en un teatro de Toronto, y esa misma noche empieza el fin del mundo. La Gripe de Georgia, una enfermedad que mata en cuestión de días, se lleva por delante a más del 99% de la humanidad en apenas unas semanas. Cuando la serie da su gran salto temporal, han pasado veinte años, ya no quedan ciudades ni electricidad ni aviones, y seguimos a Kirsten, una de las pocas supervivientes, integrada en una troupe nómada de actores y músicos que recorre los asentamientos que forman lo que queda de la humanidad. La premisa, parece la de siempre, pero no lo es en absoluto.
Y es que la inmensa mayoría de la ficción postapocalíptica, de The Walking Dead para abajo, parte de la misma tesis sombría: quítale a la gente el orden y la nevera llena, y debajo aparece la bestia, el saqueo, el más fuerte imponiéndose a tiros. La sombra de Mad Max es alargada. Estación Once apuesta justo por lo contrario: Su mundo arrasado tiene violencia, claro, pero su corazón late del lado de la cooperación, de la empatía y, sobre todo, del arte. ¿Y si resultara que somos un poco mejores de lo que el género lleva décadas dando por sentado?
El virus mata en tres semanas, el olvido en una generación
La serie, basada en una estupenda novela de Emily St. John Mandel, tiene clarísimo dónde está el auténtico monstruo, y no es el patógeno. El verdadero terror es el olvido: la idea de que toda una civilización, con sus canciones, sus obras y sus pequeñas costumbres, todo puede borrarse en lo que tarda en crecer una sola generación. Los niños nacidos después del colapso no recuerdan los aviones, ni tener agua caliente con solo abrir un grifo, ni para qué servía un teléfono móvil. En el Aeropuerto de Severn City, uno de los personajes monta el Museo de la Civilización, un rincón donde guarda los objetos cotidianos de antes (terminales muertos, tarjetas de crédito, trastos sin función alguna) como quien custodia reliquias. Cuando el mundo que les daba sentido desaparece, esos cacharros inútiles se vuelven casi sagrados.
¿Y si resultara que somos un poco mejores de lo que el género lleva décadas dando por sentado?
Como toda buena propuesta de ciencia ficción la serie te hace una pregunta durilla. Los que alguna vez hayáis guardado un objeto absurdo solo porque os ata a alguien que ya no está sabéis de qué hablo, porque es el mismo gesto llevado al extremo. ¿Qué salvaríamos nosotros si mañana se apagara todo de golpe? ¿Qué se quedaría alguien de nosotros para recordarnos? ¿Cuáles son nuestras historias? Estación Once defiende que una civilización no son sus edificios ni su tecnología, sino los relatos que comparte y la memoria. Una sociedad es lo que recuerda de ella cuando ya no le queda nada más.
"Sobrevivir no basta"
El núcleo emocional de todo esto es la Sinfonía Viajera, esa compañía trashumante que cruza un páramo sin recursos para representar a Shakespeare y tocar música clásica ante los pocos asentamientos de supervivientes que quedan en la zona de los Grandes Lagos de Estados Unidos. En el costado de su caravana llevan pintado su lema: "Because survival is insufficient", sobrevivir no basta. Y aquí va un guiño que encantará a más de uno, porque la frase no es original de la novela: Emily St. John Mandel la tomó prestada de Star Trek Voyager, en concreto del episodio "Survival Instinct", donde el personaje Siete de Nueve se enfrenta a si merece la pena una vida larga sin libertad o una corta siendo de verdad uno mismo, tal como recuerda CBR. Que una historia sobre el valor del arte y la memoria se apoye en otra de las grandes mitologías populares no es casualidad. Pero lo importante es la idea de fondo: que estar vivo y vivir no son lo mismo.
¿Qué salvaríamos nosotros si mañana se apagara todo de golpe? ¿Qué se quedaría alguien de nosotros para recordarnos?
Cuando vi la miniserie, lo que más me sorprendió fue justamente su espíritu optimista, tan poco frecuente en este tipo de ciencia ficción de futuro postapocalíptico, donde casi siempre la única respuesta posible parece pasar por la óptica narrativa de la violencia, el tribalismo y la supervivencia extrema. Creo que see agradece encontrar, para variar, una mirada que no equipara el fin del mundo con la ley del más fuerte: en un mundo lleno de razones para morir, el arte es lo que da una razón para seguir. Llamadlo si queréis defender las cosas maravillosamente inútiles, esas que no alimentan ni protegen pero sin las cuales no hay vida que merezca el nombre. Cosas que son inútiles, pero que hacen que seguir viviendo merezca la pena.
En ese sentido hay que hablar de la poesía del teatro, de los cuentos, de la música, de la historias…. Conviene recordar algo que la serie no explica y que me ha parecido interesante al leerlo mientras escribía este artículo.. Londres cerró sus teatros una y otra vez por culpa de la peste durante la vida de Shakespeare (en 1593, en 1603, en 1606), y cuando los escenarios bajaban el telón, las compañías de teatro salían a recorrer los pueblos del campo inglés representando para públicos pequeños, exactamente igual que esta troupe del futuro va de asentamiento en asentamiento. Según se explica en Folger Shakespeare Library, el teatro de aquella época sobrevivió a una plaga que se llevó a una parte enorme de la población de la ciudad. El paralelismo con Estación Once no creo que sea casual. El arte aguantando una catástrofe no es ciencia ficción optimista: es, sencillamente, historia. Es lo que nos permite reconstruir nuestra identidad cultural sin tener que empezar de cero.
Estación Once sugiere que lo primero que deberíamos reconstruir no son las murallas, sino las historias
Se cree, y así lo defiende el historiador James Shapiro en The Year of Lear, que El Rey Lear se escribió hacia 1605-1606, justo durante uno de aquellos cierres por peste, cuando Shakespeare tenía tiempo libre porque no había función. Es decir: el actor de la serie muere interpretando una obra que probablemente nació de una pandemia. La Organización Mundial de la Salud declaró el brote de COVID-19 como pandemia global hasta mayor de 023, la serie de Estación Once se estrenó en HBO en diciembre de 2022. No se trata de una coincidencia, claro (el libro es de 2016), pero le da al conjunto una profundidad enorme, porque convierte a la Sinfonía en heredera de un gesto antiquísimo y en protagonistas de una situación que tenía un paralelismo real de máxima actualidad. Cada vez que el ser humano ha visto su mundo tambalearse, no ha dejado de escribir, de cantar y de fabular.
La pregunta no es si sobreviviríamos, sino quiénes querríamos ser después
No quiero venderte la serie como un cuento ingenuo, porque no lo es. Tiene su lado oscuro, encarnado sobre todo en el Profeta, un líder que convierte el cómic del que os hablaba antes en una especie de evangelio y predica que la pandemia fue una purificación necesaria, una criba de la que solo se salvaron los elegidos. "¡El milenarismo va a llegar!" Y ahí asoma esa ciencia ficción pesimista a la que Estación Once quiere dar respuesta: después de toda gran catástrofe aparece siempre alguien dispuesto a venderle a los supervivientes un relato sobre por qué la merecían.
De ahí que Estación Once sostenga su optimismo: el impulso de crear belleza es más resistente que cualquier virus y que cualquier creencia, y gracias a él sobreviviremos como civilización. Frente al resto del género postapocalíptico que nos enseñó a temer a nuestros vecinos, Estación Once sugiere que lo primero que deberíamos reconstruir no son las murallas, sino las historias. Es una idea sencilla, pero después de tanta ficción enseñándonos a desconfiar del de al lado, resulta casi un acto de rebeldía creativa. Por eso, si algún día nos toca de verdad empezar otra vez de cero, ojalá entre los que queden haya gente que recuerde bien las historias que nos contamos. Estación Once apuesta a que la habrá, y, después de verla, cuesta no querer darle la razón. Puedes ver Estación Once en Prime Video.
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