Cargando...

De los kamikazes a la moto de Kaneda: por qué AKIRA esconde la historia de un Japón que no dejó de quemar a sus jóvenes

De los kamikazes a la moto de Kaneda: por qué AKIRA esconde la historia de un Japón que no dejó de quemar a sus jóvenes

Durante años pensamos que AKIRA hablaba del futuro, pero en realidad la película más influyente del anime estaba obsesionada con las heridas del pasado japonés

Sin comentarios Facebook Twitter Flipboard E-mail
De los kamikazes a la moto de Kaneda: por qué AKIRA esconde la historia de un Japón que no dejó de quemar a sus jóvenes
chema-mansilla

Chema Mansilla

Editor - Cine y TV

Hablemos de AKIRA. Tal vez fuiste de los que la pudieron ver de estreno en cines. Es muy probable que la descubrieras en una copia de VHS de tercera o cuarta generación que iba pasando de mano en mano, con los colores lavados y un sonido regulinchi, y aun así te dejó clavado en el sofá porque aquello no se parecía a ningún dibujo animado que hubieras visto antes. Está la moto roja de Kaneda, está el derrape que llevas treinta años viendo homenajeado en cine, videojuegos y anuncios, está la explosión silenciosa que abre la historia. Se cuenta que en 1987 le ofrecieron a Spielberg y a Lucas llevarla a Occidente y la rechazaron por considerarla poco comercial; al final la estrenó una distribuidora pequeña y acabó recaudando cerca de 49 millones de dólares en todo el mundo. Pero por debajo de todas esas curiosidades hay algo que casi nunca se cuenta, que es de lo que me apetece hablar hoy, porque si una película así os sigue interesando casi cuatro décadas después, igual merece la pena mirar qué hay de fondo.

La tesis es sencilla y un poco incómoda: AKIRA no inventó casi nada. Lo que hizo Katsuhiro Otomo fue ordenar en una sola historia tres tremendos traumas sociales que Japón llevaba décadas sin terminar de digerir. Los dos bombardeos atómicos, los chavales a los que un país pidió que murieran jóvenes, y la pulsión de velocidad, tecnología y muerte que esa generación legó a las siguientes.

Neo-Tokyo no es una distopía inventada

La película arranca con una explosión. Un destello blanco y una cúpula de oscuridad que se traga Tokio entero. A partir de ahí salta en el tiempo hasta 2019, a una Neo-Tokyo reconstruida junto a la bahía, una metrópoli reluciente de neones y podrida violencia. Nada de esto es un capricho. Otomo lo explicó en una entrevista: quería retratar el Japón del Shōwa tardío, el de la reconstrucción de posguerra, el crecimiento económico desbocado y la agitación estudiantil de los sesenta. Por eso situó la trama en 2019, treinta y siete años después de empezar el manga en 1982, que a su vez eran treinta y siete años justos desde el final de la guerra: una simetría que él mismo destaca.

Si repasamos un poco la historia del siglo XX japonés, esa explosión inicial es uno de los momentos clave de la identidad de este país. Es la sombra de agosto del 45, de Hiroshima y Nagasaki, de un país que vio desaparecer dos ciudades en cuestión de segundos. No parece casualidad que la entidad que provocó la catástrofe sea un niño callado llamado Akira, igual que la bomba de Hiroshima se bautizó con otro apodo, Little Boy; llevamos años leyendo la película como un eco directo de aquel trauma nuclear. La Neo-Tokyo de Otomo es, en el fondo, el retrato de todo lo que salió mal en la reconstrucción: una urbe que crece sin freno, deslumbrante por fuera y corrompida por dentro. Y esos Juegos Olímpicos que asoman al fondo de la trama tienen su propia ironía, porque los de 1964 fueron justamente el símbolo del Japón que resucitaba de sus cenizas; tres décadas después de rodarse la película, la realidad nos regaló el escalofrío de unos Juegos de Tokio aplazados por una pandemia en 2020, casi calcados a la ficción.

Akira1

La leyenda dice que los kamikazes se hicieron moteros; la realidad es más interesante

En el otoño de 1944, con la guerra ya perdida y la flota japonesa hecha trizas, el alto mando se agarró a una idea desesperada: lanzar aviones cargados de explosivos directamente contra los barcos enemigos, con el piloto dentro y sin billete de vuelta. Nacían así las unidades tokkotai, los ataques especiales que en Occidente conocemos como kamikazes, una palabra que evoca el viento divino que, según la leyenda, hundió dos veces a la flota mongola que pretendía invadir Japón. Los que se subían a aquellos aparatos no eran fanáticos sin rostro. Buena parte eran estudiantes universitarios, jóvenes cultos y leídos (casi un millar, según el estudio de referencia sobre el tema) que dejaron sus dudas y su miedo escritos en diarios privados. Que un Estado convenza a chavales brillantes de que lo honroso es estrellarse a los veinte años dice bastante de lo que un país es capaz de pedirle a su juventud cuando ya no le queda nada más que pedir.

Y lo hizo, además, envolviéndolo en belleza. El emblema de los tokkotai era la flor del cerezo, la misma que llena los parques en primavera y cae justo en su momento más hermoso. El régimen convirtió ese símbolo en propaganda y persuadió a los jóvenes de que morir por el emperador era caer tan hermosos como los pétalos del cerezo, tal como documenta un estudio sobre la militarización de la estética en Japón. Hasta el avión diseñado a propósito para estas misiones se llamó Ōka, que significa literalmente flor de cerezo; los aliados, menos poéticos, lo apodaron la bomba baka (bomba idiota). Hay algo que pone los pelos de punta en convertir la muerte de un crío en una imagen tan delicada, y conviene no perderlo de vista, porque esa costumbre de embellecer la autodestrucción no acabó en 1945, si no que se reconvirtió.

Akira Kamikazes Moteros fotografía de dos moteros bōsōzoku en el documental 'Good Speed you! Black Emperor'

Antes de Tetsuo y Kaneda hubo otros chavales rebeldes

Casi todas las crónicas sitúan el origen de las bandas moteras japonesas en las que se inspira AKIRA en la juventud derrotada de la posguerra y, en concreto, en antiguos pilotos kamikaze a los que se les había escapado su muerte gloriosa por el imperio. A esos primeros grupos se les llamó kaminari zoku, las tribus del trueno, por el estruendo de sus motores sin silenciador. El relato es irresistible, pero hay que matizarlo un poco: cuando la industria japonesa de la moto despegó de verdad, a finales de los cincuenta, hasta el más joven de aquellos pilotos rondaría ya los treinta, y los que llenaban las bandas eran chavales de quince y dieciséis años. Así que la línea recta entre el kamikaze y el motero es, en buena medida, una leyenda.

Otomo no escribió una trama histórica, pero contó el siglo XX japonés mejor que muchos historiadores

Lo que sí ocurrió es también interesante. Esos chavales heredaron la estética y la pose mortuoria y fúnebre, y la hicieron su seña de identidad. El estudio académico Kamikaze Biker sobre el fenómeno lo explica bien: los moteros adoptaron la iconografía kamikaze, los lemas nacionalistas y los uniformes de aire militar como puro teatro, como una representación de la rebeldía más que como un compromiso real con morir. A medida que la generación de la guerra envejecía, su sitio lo ocuparon los hijos del milagro económico, hartos de un sistema que no les hacía hueco; bebían del cine de rebeldes americanos (Rebelde sin causa pesó lo suyo) y la prensa terminó rebautizándolos con un nombre nuevo, bōsōzoku, algo así como "la tribu de la carrera salvaje". La pulsión seguía siendo la misma, ir rápido, hacer ruido, jugarse la vida, solo que ya no la imponía un emperador, sino que la reclamaban ellos con gesto contracultural. Esos chavales sobre dos ruedas, mitad parodia y mitad desafío, son los que Otomo dibujaría poco después en las bandas de moteros que se enfrentan en las calles de Neo-Tokyo.

Akira 2

Tetsuo es el tercer acto de una historia que Japón no sabe dejar de repetir

Volvamos a AKIRA. Kaneda y Tetsuo son dos críos pertenecientes a una de estas bandas moteras, nietos directos de aquellos bōsōzoku, que se pasan la noche peleándose con otra pandilla a lomos de sus motos. Lla de Kaneda, ese icono de diseño que ha generado ríos de tinta y media estantería de réplicas que muchos llevamos años queriendo permitirnos, es ya patrimonio de la cultura pop. Un accidente despierta en Tetsuo un poder descomunal que su cabeza no está lista para contener. Y aquí Otomo cierra el círculo histórico: el sistema detecta al chaval, lo mete en un laboratorio, intenta usar su poder y, cuando se le va de las manos, lo deja arder. Su cuerpo se deforma y le crece carne de manera descontrolada hasta convertirse en una masa que no puede parar de expandirse. Puedes interpretar esa imagen como quieras, la mutación de la radiación atómica o los cambios demasiado rápidos del complejo económico e industrial que engulló a la juventud japonesa de posguerra.

Tal vez Tetsuo sea solo un adolescente con malas pulgas y demasiado poder. Tal vez sea una metáfora del propio Japón creciendo sin control. Tal vez sea, sin más, el último eslabón de una cadena que arranca en 1944. Porque es la misma figura repetida tres veces: el piloto al que el Imperio entregó un avión bomba, el motero que recogió esa pose de muerte, y Tetsuo, al que el futuro le regala un poder extraordinario y un futuro incierto y peligroso. Cambian la máquina y la década, pero persiste cierto paralelismo, y es justo lo que convierte a AKIRA en algo más que una película de ciencia ficción con un derrape memorable.

Tetsuo

¿Por qué seguimos obsesionados con AKIRA casi cuarenta años después? ¿Por qué la moto y el derrape no paran de asomar homenajeados por todas partes? ¿Por qué una historia tan local terminó siendo de todos? Tal vez volvemos por la moto, que es una chulada. Por la calidad de su animación. O tal vez porque reconocemos en ella un país que convirtió la muerte joven en una imagen pop que se proyectaba hacia el futuro. Un futuro que no deja de parecernos fascinante y factible. Otomo no escribió una trama histórica, pero contó el siglo XX japonés mejor que muchos historiadores.

Aa sus setenta y dos años el propio Otomo acaba de volver a la ciencia ficción con estudio nuevo y un proyecto en marcha, así que habrá oportunidad de ver qué nuevas ideas le obsesionan. Mientras tanto, nos queda lo de siempre: Kaneda buscando a Tetsuo y Tetsuo buscándose a sí mismo. Casi cuatro décadas después, la flor de cerezo sigue cayendo.

¿Y tú qué opinas? ¿Conocías etsa relación entre la Segunda Guerra Mundial y las bandas de moteros de AKIRA? Puedes unirte al servidor de Discord de 3DJuegos y compartir tu opinión con otros fans.

En 3DJuegos | Haber esperado tanto ha sido un error: Si has pasado de ver este anime, ya estás tardando en ponerte las pilas

En 3DJuegos | He empezado a ver este anime solo porque lo ha recomendado Kojima. Gracias Hideo, me encanta Nippon Sangoku

En 3DJuegos | Ghost in the Shell no tuvo un buen estreno en Japón, pero sí en Occidente para sorpresa incluso de su director. La culpa es de la religión

VÍDEO ESPECIAL

4.144 visualizaciones

20 MISIONES SECUNDARIAS INOLVIDABLES que son BUENÍSIMAS

Las grandes campañas no lo son todo, a veces queremos desconectar y disfrutar de ese contenido que no es necesario para terminar la historia de un videojuego. Acompañando estas historias solemos tener misiones secundarias, y hay algunas que son realmente buenas e inolvidables....