El modelo actual sigue el patrón de los Globos de Oro, pero para parecerse más a los Oscar, habría que practicar un cambio radical
Los Game Awards despiertan todo tipo de opiniones, pero a veces tengo la sensación de que las más cínicas son las que prevalecen. Y tampoco faltan razones o argumentos para sostenerlas. Es cierto que es un evento regido por las estrategias de marketing de las grandes empresas del sector. Hace poco se confirmaron los precios que se pagan por mostrar un tráiler y pueden ascender a un millón de dólares. No es una cifra que me pille por sorpresa. Durante mucho tiempo se ha especulado al respecto, pero sí ilustra el largo y azaroso camino que Geoff Keighley ha recorrido desde los humildes orígenes de los galardones, cuando fue él el que tuvo que poner un millón de dólares de su propio dinero para sacarlos adelante, frustrado como estaba con el menosprecio de Spike TV en los antecesores, los Video Game Awards.
Concurso de popularidad
Es un evento dedicado al marketing por encima de todo, sí, pero también hace malabares para congratular a unos desarrolladores que tantísimas veces le son negados los parabienes de la audiencia por una recua de ejecutivos con más codicia que talento. Puede que, en última instancia, estos premios no importen, pero no conozco ningún caso de alguien que los haya rechazado. Y eso que no son gratuitos. Un detalle poco conocido de la gala es que Geoff simplemente presta el trofeo durante el evento. Si el ganador se lo quiere llevar a casa, tiene que abonar una cantidad no menor. Es un trofeo de buena calidad, muy pesado, diseñado por los célebres Weta Workshop, y eso supone un coste considerable, en torno a los 2500 dólares.
A todo el mundo le gusta recibir premios por su trabajo. A todo el mundo le gusta ser reconocido en un evento de estas características, con altísimos valores de producción. Desde que en Estados Unidos concibieron los Oscar a finales de los años 20, todas las industrias creativas se las han ingeniado para desarrollar un evento análogo. Un momento en el que reunirse, apreciar los proyectos más valiosos, dispensar congratulaciones en forma de estatuillas y, por encima de todo, dar las gracias a todos los que lo han hecho posible. Las voces más cínicas alegan que son las cifras de ventas lo único que importa, el único baremo con el que se puede medir de manera fidedigna la recepción de un título entre la audiencia. Es posible. Pero ver subir unas gráficas semana a semana no tiene tanta emoción. Además, si algo podemos comprobar año a año, es que no siempre la calidad y la popularidad van de la mano. Hay muchísimas variables que entran en liza.
De entre todos los premios que entrega Keighley durante la velada, solo hay uno que está reservado por entero a la audiencia. El Player's Voice, que este año ha sido para Wuthering Waves. De las últimas cuatro ediciones, tres han sido para juegos chinos. Dos veces el premio ha ido a parar a juegos free-to-play con monetización gacha. Es la constatación de una nueva realidad. No es casual que la preponderancia de los juegos chinos en esta categoría haya coincidido con el fulgurante ascenso de la industria local y su irrupción en la escena mundial. Tampoco es arbitrario que Keighley prefiera sacrificar los husos europeos y priorice los visionados de Asia. El brutal peso demográfico de los jugadores chinos prácticamente garantiza que cualquier votación popular en el futuro va a estar dominada por los juegos que directamente apelan a ellos. Una razón más para ir en contra de una transformación de los procesos de selección que den más peso a las votaciones populares.
¿Quién está realmente cualificado para decidir quién merece un reconocimiento sobre los demás? Desde sus inicios, Geoff Keighley ha seguido el modelo de los Globo de Oro, con algunas particularidades. Los Globos de Oro corren a cargo de la Asociación de Prensa Extranjera: los corresponsales en Hollywood de los medios de comunicación que cubren la industria del entretenimiento. Los Game Awards son elegidos por un jurado de más de un centenar de medios especializados e influencers, entre los que se encuentra 3DJuegos. Por ello, Metacritic acaba teniendo un peso innegable a la hora de tomar decisiones, aunque no es el único factor a tener en cuenta.
El tiempo transcurrido desde el lanzamiento, la competencia directa en el calendario, si es una secuela o no, las historias entre bambalinas de los desarrolladores… No es un examen frío y calculador de los méritos, sino una encuesta sobre sensaciones. De acuerdo, puede que la prensa tenga en general opiniones más argumentadas y formadas (deben ponerlas por escrito y elaborar un discurso crítico al fin y al cabo), pero no deja de ser un ejercicio en popularidad de un conjunto muy reducido de personas. Y también en ocasiones muy similar.
El rol de la Academia
El formato de los Oscar es diametralmente diferente. Allí, todo el poder reside en la Academia, una entidad conformada por los propios cineastas. Sus procesos no son muy transparentes y cada año resurgen polémicas al respecto, sobre todo por lo susceptibles que son a las campañas coordinadas de presión de las agencias de representación y al networking de ciertos individuos. En cualquier caso, el principal factor a tener en cuenta es que la Academia se nutre de los mismos actores, directores, guionistas, productores, músicos y demás profesionales que trabajan en las películas. Están divididos por gremios y son los propios profesionales los que destacan y valoran el trabajo de sus compañeros. No son evaluadores externos que obvian los detalles más sutiles, sino creadores y artífices con décadas de experiencia que, en teoría, están más capacitados para dirimir la calidad los trabajos, sobre todo cuanto se atienen a su coto particular.
Hace unas semanas, se habló de que los Game Awards deberían crear una categoría para los actores de captura de movimiento. En el caso de la obra de Sandfall Interactive, la fama y la gloria se la han llevado los famosos actores británicos que han prestado su voz a los personajes, no los originales franceses que estuvieron en el estudio de Montpellier haciendo el trabajo duro de las cinemáticas. Valoro la intención, pero es obvio que no tiene cabida. ¿Cómo puede la prensa valorar los méritos de la captura de movimientos? ¿Cuánto del mérito se puede asignar a los actores y cuanto a los animadores? Y si nos metemos en estos tecnicismos, ¿por qué tendríamos que detenernos ahí? ¿Por qué no incluir otras categorías como mejor iluminación, mejor rigging, mejor modelado, mejor optimización de recursos, etc, etc?
La única manera de llevar esas cuestiones a buen puerto sería eliminando el papel preponderante de la prensa y entregárselo a la Academia de las Artes y las Ciencias Interactivas. Solo ellos tienen el ojo clínico para dirimir estas cuestiones. En el cine, la Academia (y el sistema de las majors que la sustenta) supo moverse rápido para hacerse con el control de la industria. En videojuegos, la Academia se reduce a un canal de Youtube que genera un contenido valiosísimo a base de entrevistas por Zoom que sin embargo no llega a casi nadie, con unos números de suscriptores sumamente discretos.
¿Quién va a ceder ese poder? La respuesta es sencilla: nadie. Puede que la prensa especializada esté sumamente precarizada, pero Metacritic todavía ostenta un poder transformador en la industria. La diferencia entre un 90 y un 75 es abismal. Cierto, una cifra en el rango amarillo ya no es la sentencia mortal de antaño, pero sigue siendo un obstáculo tremendo para el éxito comercial de un juego. Es una cifra que importa a todo el mundo, por mucho que fastidie. Importa a los ejecutivos. Importa a los desarrolladores. Y lo hace porque, sobre todo, importa a los jugadores. Por eso, las cosas no van a cambiar. Geoff Keighley no tiene margen. No puede reducir todo a un concurso de popularidad fácilmente manipulable porque los premios se convertirían en un protectorado chino y no puede darles las llaves a unos académicos que podrían irse con facilidad por los cerros de Úbeda porque a la audiencia no le interesa celebrar a los mejores profesionales en lo suyo, sino los mejores juegos. Y sin una audiencia de cien millones, las publishers no pagan el peaje exigido.
Soy el primer crítico con los Game Awards. Sus excesos consumistas a veces me enervan y la forma que tienen de inflar proyectos inexistentes me provoca dilemas morales. Pero entiendo que existen en un espacio de posibilidad muy limitado y que, a pesar de todo, consigue su objetivo primordial: destacar a los creadores y ofrecerles un reconocimiento sincero. Si hay algo que escama de verdad es la manera subrepticia en la que Geoff Keighley se ha hecho con todas las paradas del ciclo anual del marketing, creando unas sinergias entre Summer Game Fest, Gamescom Opening Night Live y los Game Awards que sobre todo le benefician a él y a su empresa, copando todos los espacios y expulsando a todos los demás. Pero eso es un tema para otra ocasión.
En 3DJuegos | No tenemos el remake de KOTOR, pero sí un nuevo RPG de Star Wars que es su heredero directo: Fate of the Old Republic
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