He contado 52 mecánicas distintas en Crimson Desert y parece imposible que todas funcionen. Hasta que conoces el Efecto Chaebol

El mundo abierto de Pearl Abyss dice mucho sobre la industria del videojuego actual, pero aún más sobre la forma de trabajar de Corea del Sur

Rubén Márquez

Editor - Trivia

Podría haber sido otro juego más de mundo abierto con mecánicas RPG de los doscientos que llegan cada año, pero Crimson Desert ha conseguido captar nuestra atención a base de exceso. Ya desde unos primeros vídeos promocionales que era toda una declaración de intenciones, el juego de Corea del Sur arrojaba una mecánica tras otra en una sucesión de ideas que, por apabullante, terminó resultando hasta cómica. 

Ahora peleas con espadas, ahora como si fueras un luchador de la WWE, y luego te montas a caballo, y además el caballo derrapa, y viajas en globo, en dragón, en robot… Es imposible que alcanzado cierto punto -y tras llegar a contar más de 52 mecánicas distintas creo que lo hemos rebasado con creces-, Crimson Desert no te despierte dos emociones muy ligadas entre sí. La primera de ellas es que tiene una ambición absurda. ¿Para qué tanto? La segunda, que es imposible que haga todo eso bien. La clave para entender por qué tanto una como otra están terriblemente equivocadas está en el Efecto Chaebol. 

Que Crimson Desert tenga 52 mecánicas es motivo de celebración

Desde una perspectiva occidental, la lógica del diseño de videojuegos suele seguir la misma premisa que la de tantos otros aspectos de nuestra vida diaria: la de un "menos es más" que Crimson Desert parece lejos de entender. Bajo la idea de "más vale ser experto en una cosa que resultar mediocre en todo", nuestro prisma tiende a virar hacia el minimalismo por dos sencillas razones, la que nos lleva a perfeccionar lo que consideramos importante, y la de descartar todo lo que podría resultar reiterativo. 

Si Pearl Abyss fuese, yo qué sé, de Murcia, durante el desarrollo alguien habría levantado la mano en una veintena de ocasiones. Por ejemplo para remarcar que, si tenemos un sistema de parkour con el que trepar muros, la inclusión de una mecánica que implique utilizar una pértiga para superar ese escollo de forma distinta es absurdo desde un punto de vista de recursos, tanto de tiempo como económicos. 

El tema que a menudo no alcanzamos a ver -más bien entender-, es que el potencial de Crimson Desert nace de apoyarse en ese cambio de paradigma. Su foco no pasa por perfeccionar al extremo una mecánica que se convierta en protagonista, sino en convertir la densidad en la principal premisa de la experiencia. En hacer que el "más es más" se convierta en el cebo que te mantenga enganchado saltando de una novedad a otra hasta que te sientas completamente abrumado por las posibilidades que están a tu disposición. 

Es especialmente curioso que demos por extraño lo que en realidad debería ser el objetivo máximo de un mundo abierto. Un sandbox que te permita hacer lo que se te pase por la cabeza en todo momento aprovechándote de una cantidad incontable de sistemas y sin estar atado a las limitaciones de un equipo que haya decidido marcar un "hasta aquí" a esas posibilidades. 

Si tienes decenas de capas en las que seguir profundizando, la idea de estar ante un simulador de libertad empieza a cobrar sentido. Deja de ser un truco de marketing, de esa colección de humos y espejos que tantas decepciones nos ha despertado hasta la fecha, para convertirse en una realidad palpable. 

Para entender por qué Crimson Desert no pretende ser un juego más, empujado por esa premisa del minimalismo y la perfección que el resto de la industria parece haber validado hasta ahora, en realidad no hay que mirar hacia qué hacen otros videojuegos, sino a lo que esconde ese Efecto Chaebol. A la historia de una Corea del Sur capaz de demostrar por qué ese espíritu de fuerza bruta organizada suele entregar más alegrías que fracasos. 

El Efecto Chaebol de Crimson Desert

Cuando terminó la Guerra de Corea, la paupérrima situación económica de Corea del Sur llevó al gobierno a coger a un selecto grupo de empresas familiares y decirles "estamos en vuestras manos". Tendrían capital, préstamos a un interés bajísimo y protección legal especial, pero también el desafío de transformar el país de una ruina absoluta a un lugar esperanzador para su población. 

El dominio actual de empresas coreanas como Samsung, Hyundai o LG, nace de aquel desafío. De haberse convertido en un Chaebol. El término hace referencia a aquellas grandes empresas y conglomerados dirigidos por familias que, desde una perspectiva lo más ambiciosa posible, fueron capaces de convertir un país devastado por la guerra en una potencia tecnológica en tiempo récord. 

Lejos de optar por una perspectiva limitada, a querer centrarse en lo que mejor sabían hacer, el fundador de Hyundai se plantó en Londres para pedir un préstamo. Quería dinero para construir barcos pese a que su principal negocio no era ese. Tras convencerlos de que aquella locura era posible y prometer que construiría dos petroleros más rápido y barato que cualquier otro competidor, en apenas dos años una empresa de coches consiguió dar forma no sólo a los dos barcos, sino también al astillero más grande del mundo. 

Si Crimson Desert tiene más de 52 mecánicas es porque Samsung no sólo hace teléfonos. Hace pantallas, televisores, lavadoras, aires acondicionados, microchips, baterías, rascacielos y, como ya habrás imaginado, también hace barcos. Mientras que nuestro enfoque creativo se centra en el diseño por sustracción, eliminando todo aquello que no resulta esencial, el suyo funciona por exceso. Es una dominancia del mercado no sólo basado en la calidad, sino en el volumen, y es precisamente esa perspectiva la que ha llevado a Corea del Sur a ser el gigante que es hoy. 

Cuando a finales de los 90 el país tuvo que enfrentarse a la bancarrota, la respuesta del pueblo no fue bajar los brazos. Después de que el gobierno pidiese ayuda, 3,5 millones de coreanos empezaron a hacer cola para entregar todo el oro que tenían en casa, desde medallas hasta anillos de boda. Se echaron a Corea del Sur al hombro para juntar 227 toneladas de oro que les salvaron de la quiebra absoluta. Lejos de caer en el caos que supondría querer apuntar a todo, su población vivió ese milagro económico desde una perspectiva tan insana como sorprendentemente coordinada, de una ambición que merecía ser perseguida a cualquier precio. 

Así que cuando ahora se habla de Crimson Desert desde una óptica de desconfianza, de creer que es imposible que un juego con 52 mecánicas no puede salir adelante, me es inevitable pensar en ese Efecto Chaebol. No pongo la mano en el fuego ni por Pearl Abyss ni por nadie en esta industria, ojo, pero ante el espíritu que navega entre el "eso es imposible" y el "eso es absurdo", creo que la población de Corea del Sur ha demostrado en más de una ocasión que su ambición está por encima de ello. Y si luego resulta que no ha salido como esperaban, lo único que no podremos echarles en cara es no haberlo intentado.

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