Ahora que están tan de moda las adaptaciones live action de manga y anime, no deberíamos olvidarnos de Crying Freeman, que sigue siendo una peli estupenda
Cada vez que un estudio anuncia una nueva adaptación de manga al cine o a la televisión me acuerdo de esta peli. y es que parece que, casi siempre, estos anuncios arrancan con ilusión, se avinagra con polémica de casting, sigue con un tráiler que abre debate, y termina, casi siempre, en decepción. Lo vimos con el Death Note de Adam Wingard en 2017, lo vivimos con el desastre del Cowboy Bebop de Netflix en 2021 (cancelado apenas unas semanas después de su estreno) y espero que Avatar: La leyenda de Aang evite que le pase lo mismo. El caso es que Hollywood sigue sin entender qué hace funcionar a estas obras. Solo One Piece parece haber roto la maldición, de lo cual me alegro aunque no sea demasiado fan, y lo ha hecho exactamente por las mismas razones por las que una película de 1995 lo hizo antes que nadie. La diferencia es que de aquella peli nos acordamos cuatro gatos y a estas alturas merece justicia.
Esa película es Crying Freeman, debut como director en solitario de Christophe Gans, y protagonizada por un dinámico Mark Dacascos que muchos lectores jóvenes habrán descubierto recientemente en John Wick 3: Parabellum. La peli adapta el manga homónimo de Kazuo Koike y Ryoichi Ikegami, una de las cumbres del seinen ochentero, y lo hace con una fidelidad estética y un respeto al material original que treinta años después siguen siendo de lo más destacable para un proyecto que no tenia ni 10 millones de dólares de presupuesto. Se rodó en Vancouver con un equipo internacional a caballo entre Francia, Canadá y Japón, y un director debutante al que casi nadie tenía fichado fuera de los círculos del cine fantástico europeo. Y aun así, contra todo pronóstico, logró algo que Hollywood no ha conseguido replicar desde entonces sin tropezar: una adaptación fiel de un manga. La peli está en Filmin y Prime Video, dura hora y cuarenta minutos y sigue siendo, sin matices, una experiencia la mar de interesante.
El manga de dos genios en estado de gracia
Antes de la película hay que entender el cómic, porque sin entender el cómic no se entiende lo que Gans hizo después. Crying Freeman es un manga seinen serializado en la revista Big Comic Spirits de Shogakukan entre 1986 y 1988, escrito por Kazuo Koike y dibujado por Ryoichi Ikegami. Koike, para los que vengan de nuevas, es el guionista de Lobo solitario y su cachorro, una de las obras más influyentes en la historia del cómic mundial cuya estela se rastrea sin esfuerzo en el primer Daredevil de Frank Miller, en su Ronin o en buena parte del cine de samuráis revisionista a partir de finales de los años 80. Ikegami, por su parte, es un dibujante de detalle realista casi obsesivo, formado en el gekiga de los 60 y conocido entre lectores españoles por Sanctuary, Strain, Mai, the Psychic Girl o aquella extraña adaptación japonesa de Spider-Man.
Crying Freeman cuenta la historia de Yo Hinomura, ceramista japonés de éxito internacional, es secuestrado y sometido a hipnosis por una organización mafiosa china llamada Los 108 Dragones, que lo convierte en su asesino más letal. Cada vez que Yo cumple un encargo, una lágrima incontrolable le corre por la mejilla. Esa lágrima le da el apodo, Crying Freeman, y es también la grieta por la que se cuela el conflicto moral de toda la obra. Lo que Koike e Ikegami construyen alrededor de esa premisa pulp es una ópera de violencia estilizada, erotismo barroco y honor criminal, con personajes verosímiles y y acción desenfrenada. Conviene apuntar que en los 80 el seinen vivía un momento creativo equiparable al que vivió la novela negra americana en los 50 con Hammett y Chandler, y Crying Freeman logró destacar en un momento muy competitivo. La obra se publicó en España en su día por Planeta y Glénat, y hoy circula sobre todo en mercado de segunda mano para coleccionistas pacientes.
El francés que entendió el manga
La historia de cómo Christophe Gans acabó dirigiendo Crying Freeman tiene su parte de azar y su parte de talento. El productor Brian Yuzna (Society, La novia de Re-Animator) se asoció con el francés Samuel Hadida y con Taka Ichise de Ozla Pictures en Tokio, y entre todos se las arreglaron para sacar adelante una coproducción imposible entre Francia, Canadá y Japón. Gans había llamado la atención con su segmento Hotel of the Drowned en la antología Necronomicon, y eso bastó para que le confiaran su primer largometraje. El presupuesto inicial de quince millones de dólares se redujo a nueve sobre la marcha (hay quien dice que la cifra llegó incluso a disminuir hasta los 5 millones), lo que truncó el calendario de rodaje y obligó a buscar "soluciones creativas" constantes a improvisar sobre la marcha, se entiende. Pese a todo, lo que salió de aquella batalla logística es una de las películas de acción más visualmente coherentes de los noventa y que muchos amantes del cine de Hong Kong aprendimos a apreciar entre pelis de John Woo y Ringo Lam.
Lo que Gans entendió, y casi nadie ha entendido desde entonces, es que adaptar un manga no consiste en domesticarlo. La trampa en la que han caído Dragonball Evolution o Ghost in the Shell y compañía es la misma siempre: pensar que para que el público occidental compre la historia hay que rebajar lo extraño, lo excesivo, lo abiertamente operístico del original. Gans hizo justo lo contrario. Abrazó el exceso, multiplicó la cámara lenta heredada de John Woo y el heroic bloodshed hongkonés, pidió a su director de fotografía Thomas Burstyn que iluminara cada plano como si fuera una viñeta de Ikegami y dejó que las pistolas hicieran su pirotécnico trabajo, porque eso es lo que pasa en el cómic. El resultado tiene momentos en los que uno juraría estar viendo el manga moverse: Yo acechando armado encima del marco de una puerta, Yo arrojando botellas de sake como cócteles molotov, Yo tatuado entero peleando contra la lluvia de Vancouver… No le podía spedir más a esta peli.
Mark Dacascos antes de John Wick
Hablemos de Mark Dacascos, porque la película no se sostiene sin él y porque el actor lleva treinta años protagonizando una de las grandes injusticias del Hollywood de acción. Nacido en Honolulu, hijo de instructores de artes marciales y formado en una decena de disciplinas, Dacascos llegó al rodaje con un cuerpo entrenado para hacer lo que la cámara le pidiera y una cara que parecía tallada específicamente para encarnar a un personaje de Ikegami. Gans, que lo había fichado tanto por su físico como guiado por su intuición, le dejó construir a Yo Hinomura a medida. Hay actores de acción que se mueven mucho para parecer letales y hay actores de acción que apenas se mueven y dan miedo. Dacascos pertenece a la segunda categoría, y en Crying Freeman lo demuestra sin necesidad de decir apenas una frase. Reconozco que hay algo de Dacascos que me resulta tremendamente inquietante, como si no fuera del todo humano…
Lo curioso es que Hollywood nunca supo qué hacer con él después. Pasó por El Pacto de los Lobos, también de Gans, donde volvió a brillar como el cazador iroqués Mani; por Nacer para Morir junto al legendario Jet Li; por el remake de la serie Hawaii Five-0; y durante años fue el carismático presentador de Iron Chef America, un programa de cocina que paree no tener nada que ver con su carrera y que no conocía pero al que he metido estos días un par de horas de visionado en Youtube. La generación que conoce ahora a este actor en John Wick 3, donde a sus 55 palos compartía pantalla con Keanu Reeves en una pelea que muchos coincidimos en señalar como la mejor de la película, no sabe lo que se ha perdido. Si esa pelea te gustó, lo que hace en Crying Freeman es eso multiplicado por dos horas y rodado por un director que lo idolatraba.
La maldición del live action manga, treinta años después
En pleno 2026, con Netflix celebrando el éxito de One Piece como la adaptación que rompió la maldición del manga y el anime en imagen real, resulta inevitable mirar atrás y reivindicar el trabajo que hizo Christophe Gans con Crying Freeman en 1995. Mientras muchas producciones occidentales intentaban suavizar o esconder lo más extravagante de sus materiales originales, Gans entendió algo que todavía hoy muchos estudios parecen no comprender: una adaptación funciona cuando respeta la estética, el tono y la identidad de la obra original. Igual que el reciente éxito de One Piece se atribuye a su exageradísima fidelidad al manga de Eiichiro Oda, Crying Freeman destacaba por abrazar sin complejos la composición visual, la violencia estilizada y el erotismo del manga de Kazuo Koike y Ryoichi Ikegami. Treinta años después, esa honestidad artística sigue siendo la gran diferencia entre las adaptaciones memorables y las olvidables.
Aunque la película tiene defectos evidentes, un guion algo recargado, subtramas confusas y un segundo acto irregular, sigue ofreciendo algunas de las mejores secuencias de acción rodadas en los años noventa, acompañadas por la envolvente banda sonora de Patrick O'Hearn. Especialmente recomendable para fans de John Wick, Chow Yun Fat y su Inspector Tequila o simplementes los amantes del cine de acción del género más negro, la película sigue demostrando que las ganas por adaptar fielmente el manga al cine existe desde hace décadas.
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