Decir que Akira Kurosawa ha influido en multitud de detalles de la narrativa y la estética de la cultura pop, del cine y de todos sus derivados, incluido el anime, es como decir que el agua moja. Uno no lleva junto a su apellido las etiquetas de "gran maestro" y "director legendario" así como así. Sin su cine el western moderno no sería como es. No tendríamos Star Wars tal y como la conocemos. Y las pelis de Quentin Tarantino serían mucho menos "de Tarantino". Pero hay algo aún más concreto, más visual, más reconocible. Un recurso que has visto en infinidad de mangas y animes: duelo de katanas, tensión en el aire, silencio absoluto… ¡zas! Uno de los contrincantes recibe un tajo y "pffffff": la sangre sale disparada como si aquello fuera un sifón averiado. Un géiser rojo que parece físicamente imposible y que, sin embargo, ya damos por hecho como parte del lenguaje visual del combate samurái.
El duelo que cambió la historia del cine de acción
Pues bien, ese detalle en concreto se lo debemos a una película de 1962. Y aunque muchos lo presentan como un simple fallo técnico, la realidad es algo más matizada. Hablamos de Sanjuro, secuela de Yojimbo, con Toshiro Mifune retomando su papel de rōnin astuto y letal. La película, más ligera en tono que su predecesora, culmina en un duelo antológico entre Sanjuro y Hanbei, interpretado por Tatsuya Nakadai.
La escena es puro Kurosawa: silencio, tensión psicológica, treinta segundos eternos en los que ambos guerreros se estudian sin parpadear. Nada de coreografías imposibles ni intercambio de golpes interminables. Aquí todo se decide en un solo movimiento. Hanbei apenas consigue desenvainar cuando Sanjuro lo atraviesa con un corte fulminante. Y entonces ocurre: Del torso del derrotado brota un chorro descomunal de sangre que salpica hasta al apuntador y rompe la solemnidad del instante con una violencia casi grotesca. El impacto es tal que los actores presentes reaccionan con sorpresa genuina. No estaba previsto que aquello fuera tan exagerado.
Chocolate, agua con gas y 2.07 bares de presión
Para simular la herida, el equipo de efectos especiales había escondido bajo el vestuario de Nakadai una manguera conectada a un depósito de sangre falsa, mezcla de sirope de chocolate y agua con gas, una receta habitual en el cine en blanco y negro, utilizada también en la famosa escena de la ducha de Psicosis de Alfred Hitchcock. El sistema estaba presurizado a unas 2.07 bares de presión y la idea original era que, tras el corte, la sangre fluyera de manera más o menos contenida. Pero durante el rodaje, un acoplamiento falló y el depósito se vació de golpe. El resultado fue ese géiser de sangre que casi tira al propio Nakadai al suelo y que dejó atónitos a sus compañeros de escena.
Durante años, la anécdota se contó como un error que Kurosawa decidió conservar porque le fascinó el resultado. Y es cierto que el director quedó prendado de la potencia visual del momento y rechazó repetir la toma. Sin embargo, en una entrevista concedida en los años 80, el propio Kurosawa matizó la historia: aquello no fue simplemente un fallo. Era un experimento para llevar el efecto un paso más allá. Lo inesperado no fue la intención de provocar algo impactante, sino la magnitud exacta del estallido. No fue tanto un accidente como un experimento cuyo resultado superó cualquier expectativa del director. Si nos ponemos muy finos, hay teóricos de las artes marciales y del uso del sable que afirman en sus redes sociales que realmente se puede infligir una herida con ese aspecto: solo hay que mover la hoja, extremadamente fina y afilada a tal velocidad que la fricción contra las venas y arterias cauterice los bordes del corte. Hasta donde yo he podido averiguar, no parece ser algo que de verdad pueda replicarse…
Del drama filosófico al splatter: un geyser rojo que nunca se cerró
Lo irónico es que Akira Kurosawa no celebraba precisamente la banalización de la violencia. En Sanjuro, de hecho, hay una reflexión explícita sobre el uso de la espada. "La mejor espada es la que permanece en la vaina". El propio Sanjuro termina recriminando a los jóvenes samuráis que admiren su destreza letal. Tirando de ese hilo, algunos años más tarde el Maestro Yoda diría: "¿Un gran guerrero? La guerra no le hace a uno grandioso". Ese chorro de sangre, en su contexto original, no es una celebración festiva del gore, sino un subrayado brutal del coste de la violencia. Es casi incómodo. Una exageración que rompe la épica.
Imagen de Kill Bill vol. 1
Claro, a base de repetir el efecto, el mensaje ha terminado perdiéndose por el camino y ha terminado un recursos estéticos usado hasta la saciedad. Pasó a convertirse en parte del vocabulario estético del manga y el anime, desde epopeyas samuráis hasta relatos de ninjas imposibles. Y dio el salto definitivo de la Serie B al cine de masas cuando Tarantino lo convirtió en homenaje explícito en Kill Bill: Vol. 1, especialmente en la secuencia contra los Crazy 88, rodada parcialmente en blanco y negro para esquivar problemas de calificación por violencia. Incluso el propio Kurosawa reutilizó el efecto de sanjuro años después en la extraordinaria Ran, demostrando que aquella "anomalía" había ampliado las posibilidades expresivas del cine.
Hoy el "blood geyser" forma parte del ADN del action japonés y de buena parte del cine de acción mundial. Ha influido en el nacimiento del splatter, en el lenguaje del anime contemporáneo y en videojuegos que replican esa teatralidad sangrienta como signo de identidad. La próxima vez que veas en un anime ese chorro imposible tras un tajo limpio, recuerda que no es solo una exageración estilística. Es el eco de 1962, de un duelo silencioso en Sanjuro, y de un experimento técnico que convirtió un corte de katana en uno de los símbolos visuales más influyentes de la cultura pop.
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