En abril de 1984, cinco astronautas viajaron al espacio para un hito histórico en la conquista espacial. Convertida en la misión que ofrecería la primera reparación de un satélite en órbita, y permitiendo capturar el objeto, repararlo y volver a colocarlo en su órbita, con el paso de los años se ha hecho aún más famosa por otro dato adicional: las 3.300 abejas y una reina que iban a bordo del Challenger.
Lo que parece un experimento banal dentro de todo ese desafío de ingeniería aeroespacial, tenía como objetivo revelar hasta qué punto los insectos podían sobrevivir a largo plazo en el espacio. Querían ver cómo actuaban ante la falta de gravedad y, al menos durante los primeros días, el experimento apuntaba a ser muy mala idea.
3.300 abejas haciendo un panal en gravedad cero
Adaptarse a la vida en el espacio no es fácil para nadie, así que al perder la referencia de qué es arriba y qué es abajo, las abejas intentaban volar y se estampaban contra los cristales de la zona de experimentación. Tenían siete días para demostrar que podían adaptarse antes de que la misión se diese por terminada y volviesen a casa, pero en ese tiempo hicieron mucho más que eso.
Mientras el grupo de control terrestre aún estaba empezando a dar forma a la colonia, al poco tiempo las abejas espaciales ya estaban adaptadas y habían iniciado la construcción de un gran panal. Para cuando terminó el experimento, la estructura ya tenía alrededor de 194 centímetros cuadrados y habían demostrado poder repartir comida y agua por el recinto, ventilarlo, gestionar a sus caídos, y la reina puso unos 35 huevos.
Lamentablemente, ninguno de los huevos llegó a buen puerto y no disponemos de ninguna abeja criada en el espacio, pero el experimento sí sirvió para entender cómo los animales pueden llegar a adaptarse a vivir sin gravedad y cómo, a su vez, la falta de esta podía llegar a afectar a las estructuras que construían, que resultaron ser más gruesas que las del grupo de control terrestre.
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