Cuando Canadá salvó a los rehenes de Irán, Ben Affleck le dio el mérito a la CIA y demostró la clave de Hollywood para dominar el relato

Si una película te vende una buena historia, quizás nunca te preguntes qué hay más allá

Cuando Canadá salvó a los rehenes de Irán, Ben Affleck le dio el mérito a la CIA y demostró la clave de Hollywood para dominar el relato
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Abelardo González

Editor - Tech

El 4 de noviembre de 1979, estudiantes iraníes tomaron la embajada estadounidense de Teherán y retuvieron a 52 diplomáticos durante 444 días. Seis lograron escapar y se refugiaron en casa del embajador canadiense Ken Taylor. Tras 79 días escondidos allí, Taylor gestionó documentación falsa a través del Parlamento y coordinó su extracción con la CIA. Décadas después, Ben Affleck adaptó esa historia bajo el título Argo, pero ni invitó a Taylor al estreno ni le dio a Canadá el valor real que tuvo.

La queja canadiense fue mucho más que un golpe al orgullo. Taylor declaró al Toronto Star que en la película Canadá aparecía "mirando sin hacer nada", pero la realidad fue muy diferente: la CIA era el socio menor. Al mismo tiempo, el gobierno de Reino Unido y el de Nueva Zelanda señalaron que sus papeles se habían invertido: en Argo, los británicos cierran la puerta a los fugitivos, pero en la realidad fueron quienes los acogieron primero. Así, la participación de Canadá quedó reducida a una nota final que dura ocho segundos.

¿Qué hace el cerebro con una buena historia?

Como ya vimos con el caso de Prince of Persia, la psicología ha documentado desde los años 80 el efecto de la desinformación: cuando el cerebro recibe información falsa sobre un evento real, tiende a integrarla en el recuerdo original y se resiste a correcciones posteriores. Según un artículo de Psychology Today de 2019, el cine activa ese mecanismo con una eficacia que ningún otro medio iguala, ya que las películas modifican la memoria histórica de forma duradera por las bases de la narrativa cinematográfica: atención, emoción e imaginación. El público sí distingue ficción de realidad, pero el cerebro no aplica esa distinción cuando está absorbido por una historia.

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Argo cumplía todas las condiciones para que ese mecanismo funcionara. Era técnicamente impecable, estaba respaldada por la Academia más respetada de la industria y llegó a más de 100 países. En 2013, el Carnegie Council for Ethics in International Affairs señaló que la película estaba tan bien ejecutada que eso era problemático: al ser mejor, se termina instalando su versión de los hechos. El público no salía pensando que había visto un thriller con libertades creativas, salía convencido de haber entendido lo que pasó en Irán.

Por desgracia, la película omite el contexto: el golpe de 1953 financiado por la CIA que derrocó al primer ministro Mossadegh, los 25 años de dictadura del  Sha y el hartazgo iraní que convirtió la toma de la embajada en un acto con respaldo popular. Nada de eso cabía en un thriller hollywoodense, así que la realidad no quedó en la memoria de los espectadores.

La clave de Hollywood para dominar el relato no es la propaganda burda ni la manipulación deliberada, es algo más sencillo y más difícil de combatir: contar una historia real de una forma que te lleve a no buscar la necesidad de ir más allá. ¿Lo peor? Cuando Taylor murió en 2015, su obituario en el New York Times mencionó a Argo antes que a él.

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