El final del verano de 2020 fue especialmente duro para el Ártico, y no sólo por enfrentarse a un calor inusual. Mientras los incendios seguían proliferando por Siberia, el Mar de Laptev demostraba hasta qué punto el calentamiento global se nos estaba escapando entre los dedos. Con un océano que evidenciaba 5 grados más de lo habitual, la gran fábrica de hielo siberiana no se había congelado.
Con los expertos llevándose las manos a la cabeza por lo que eso suponía, los primeros estudios parecían apuntar a una fecha, a partir del 2030, en la que el sistema colapsaría por completo si seguía a la misma velocidad. Aunque estamos lejos de los peores números desde que se empezaron a realizar registros, eso no significa que vayamos a mejor.
La gran fábrica de hielo del Ártico está fallando por el calor
En primer lugar hay que acercarse a lo que miden esas cifras exactamente. Cada verano, el hielo del océano Ártico empieza a derretirse y a mediados de septiembre llega a su punto mínimo antes de que el frío vuelva a reconstruirlo. Es lo que la ciencia conoce como la extensión mínima anual del Ártico. La clave está en que, cuanto más pequeña es la extensión, más le cuesta crecer al invierno siguiente, entrando con ello en un ciclo difícil de recuperar.
Con la extensión mínima más baja marcada en 2012, todo apuntaba a que ese fatídico récord caería pronto, pero nada más lejos de la realidad. Sin embargo, aunque podemos destacar que la pérdida de hielo se ha frenado en lo que a extensión se refiere, las buenas noticias se quedan congeladas justo ahí. El problema es que lo estábamos midiendo mal.
Aunque ha habido un frenazo en el deshielo de la superficie, el hielo se está vaciando por dentro. La diferencia entre hielo viejo que se mantiene y el nuevo que se crea es cada vez mayor y, de hecho, se ha perdido en un 95% desde las mediciones de los años 80.
El problema es que, aunque la extensión mínima se mantiene, lo hace con hielo mucho más nuevo y frágil, por lo que su posterior proceso de derretimiento es más acelerado. Que el máximo de hielo de 2025 fuese el más bajo desde hace 47 años demuestra que, pese a que las mediciones del Mar de Laptev apuntaban en la buena dirección, es sólo un espejismo.
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