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Aquel líquido rojo mágico que todos llevábamos en las rodillas en los años 80 y 90 acabó prohibido por el mismo motivo que lo hizo parte de nuestra cultura popular

Aquel líquido rojo mágico que todos llevábamos en las rodillas en los años 80 y 90 acabó prohibido por el mismo motivo que lo hizo parte de nuestra cultura popular

  • Fue uno de los productos más famosos de nuestra infancia, pero hoy muy pocos lo usan

  • El fin de la mercromina no se gestó en España o América, ocurrió en Japón

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Aquel Liquido Rojo Magico Que Todos Llevabamos En Las Rodillas En Los Anos 80 Y 90 Acabo Prohibido Por El Mismo Motivo Que Lo Hizo Parte De Nuestra Cultura Popular
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Rubén Márquez

Editor - Trivia
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Rubén Márquez

Editor - Trivia

De todas las historias de nuestra infancia, puede que una de las más fascinantes y desconocidas sea la de la mercromina. De formar parte de nuestras vidas con un protagonismo difícil de igualar a, literalmente, desaparecer prácticamente por completo de nuestros botiquines. Aquel líquido rojo mágico parecía que iba a saltar de nuestros codos y rodillas a las de nuestros hijos, pero por alguna razón que casi nadie conoce, desapareció por completo.

Para entender qué narices ocurrió con la mercromina, y cómo pasó de convertirse en un icono de la cultura popular a desaparecer sin dejar rastro, en realidad no hay que acudir a las farmacias españolas o latinoamericanas, donde tal vez la conozcan como mercurocromo, sino a un pueblecito de Japón donde se gestó una catástrofe.

Lo que pica, cura

Los niños de 1919 no tenían la suerte que vivíamos nosotros cada vez que nos caíamos sobre el asfalto y nos raspábamos las rodillas. Por aquel entonces, cuando aún faltaban nueve años para que se inventase la penicilina y más de dos décadas para que los antibióticos llegaran a las farmacias, cualquier rasguño corría el peligro de complicarse hasta generar un grave problema.

Precisamente por aquella situación, la del riesgo de infección severa en algo tan aparentemente estúpido como una caída tonta, el trabajo de Hugh Hampton Young, cirujano de la Universidad Johns Hopkins, en Baltimore, fue como música para los oídos de millones de madres de todo el mundo. De la mano de la merbromina, una molécula construida a partir de la fluoresceína, había conseguido crear un compuesto capaz de frenar infecciones.

Si aquel invento farmacológico fue un éxito fue por dos razones que los niños de los años 80 y 90 recordarán con la misma fuerza. Por un lado el color, que aunque parecía agarrarse a una fórmula mágica en realidad no afectaba en absolutamente nada y solo era una consecuencia de la fluoresceína. Por el otro, aquel escozor infernal que madres y abuelas soplaban mientras replicaban aquello de "lo que pica, cura" al otro lado del charco, aquí se convertía en bendición sin picor.

Os sorprenderá saber que, igual que el color, aquel picor característico del mercurocromo de América tampoco era consecuencia directa de la merbromina, sino de la composición que contenía un 2% de aquella sustancia y un 98% de alcohol. Vamos, que los dos mayores recuerdos sobre ese líquido rojo tenían muy poco que ver con sus propiedades y bastante con su éxito comercial. El rojo era un característico filón, y su disolución lo hacía insultantemente barato de producir.

Tras saltar de país en país, a España llegó en 1935 bajo la marca Mercromina y, a partir de los 50, se convirtió en uno de esos fenómenos que estaba en todas las casas. Pintando las rodillas y codos de todos los niños, aquella fórmula mágica seguía expandiéndose ajena a lo que, a más de 10.000 kilómetros de allí, estaba ocurriendo en un pueblecito japonés que lo cambiaría todo.

El principio del fin de la Mercromina

Lo que empezó a destapar el escándalo fue lo que en el pueblo de Minamata llamaron la enfermedad del gato bailarín, una dolencia que parecía afectar a los animales y que los hacía moverse de forma errática. En 1956, cuando la sospechosa enfermedad saltó a una niña, los casos se empezaron a amontonar hasta llegar a los 54 afectados y 17 fallecidos. Sólo en ese año.

Al parecer, los vertidos de una fábrica a mar abierto en forma de aguas residuales habían estado alimentando la bahía de mercurio que, tras saltar a los peces, poco a poco fue subiendo en la cadena alimentaria hasta afectar a las personas. Pese a que los ojos se pusieron sobre el mercurio y no sobre la mercromina, su fórmula, que incluía mercurio y bromo, terminó inevitablemente salpicada.

Ningún niño de entre todos esos millones que llevaban las rodillas pintadas de rojo se había intoxicado jamás, pero la idea de ver esa sustancia rondando por nuestras vidas en millones de frascos repartidos por botiquines y armarios se convirtió en un problema. Mientras países como Estados Unidos lo retiraban del mercado al nombrarlo fármaco no clasificado, en España su comercialización siguió adelante mientras las ventas se apagaban poco a poco.

Que los médicos reconociesen que lavar una herida con agua y jabón era mejor que taparla con un líquido rojo que impedía detectar complicaciones, y que además se pintaba con una espátula capaz de recoger bacterias y arrastrarlas hasta el frasco después de su aplicación, hizo que la mercromina fuese dejando hueco a otras soluciones como la clorhexidina y el yodo.

Para 2013, cuando el convenio sobre el mercurio tomó el nombre de la ciudad de Minamata y hasta los termómetros se pusieron en duda, la mercromina y el mercurocromo ya eran un recuerdo del pasado. Aquel líquido rojo mágico no desapareció de nuestra cultura popular por una prohibición, sino porque conocer qué llevaba dentro le hizo más daño del que podía llegar a curar o provocar.

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