Aunque al hablar de tesoros de la arqueología probablemente tu mente se vaya en busca de algo en plan el Santo Grial o cualquier reliquia propia de una película de Indiana Jones, en la cueva de La Garma, en Cantabria, tienen el ejemplo perfecto de lo que significa un tesoro arqueológico. Es una cápsula del tiempo que nos permite saber cómo vivieron allí nuestros antepasados hace 16.800 años.
La cueva, que quedó cerrada por un derrumbe y quedó completamente aislada del mundo exterior hasta que volvieron a encontrarla en 1995, no sólo contaba con una colección de más de 4.600 objetos, es que en sus galerías había, literalmente, una casa. Una pequeña cabaña que la Universidad de Cantabria ha podido estudiar para saber no sólo cómo y dónde dormían, sino también qué hacían durante el día.
El tesoro de La Garma
Al parecer, la zona se usó como refugio durante el Paleolítico y, tras un desprendimiento de rocas provocado por el final de la última glaciación de nuestro planeta, la entrada quedó completamente bloqueada hasta que fue descubierta a mediados de los 90 y empezó a estudiarse qué había en su interior.
La casita encontrada, construida allí por un grupo de cazadores recolectores de la época, se apoyaba en las pierdas y estalagmitas cercanas para proteger la estructura de palos y pieles que, con una pequeña hoguera en el centro, sirvió de refugio para nuestros tataratatara…abuelos.
Alrededor de ese fuego hay muestra de creación de herramientas, de pieles de animales cazados en pleno proceso de preparación, y un total de 4.614 objetos que, repartidos por la cueva, convierten a La Garma en uno de las viviendas paleolíticas mejor conservadas no de España, sino del mundo entero. Seguro que ahora entiendes mejor por qué esto es una joya de la arqueología.
Entre herramientas y utensilios básicos también se encuentran piezas de sílex que, con puntas de lanza y arpones, sirvieron para cazar a todos los ciervos, caballos y bisontes que, en forma de huesos, demuestran qué tipo de dieta seguían aquellas gentes de hace más de 15.000 años.
La pieza más única, más allá de la cabaña en sí, está en un hueso de uro, un antiguo toro salvaje, que los hombres de la Edad de Piedra perforaron y pintaron con un dibujo del animal y la cara de una persona para utilizarlo como colgante. Igual no te sirve como tesoro mítico de Indiana Jones, pero vaya si lo es.
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