Lo que se suele mostrar de la arqueología desde las obras y producciones de la cultura popular es un pobre referente de la disciplina en sí. No es que todas las producciones fracasen al hacerlo -como muestra, tenemos The Dig (La Excavación) como muestra de cómo debe cubrirse en forma de film un gran hallazgo-, pero casi siempre patinan en dar reconocimiento no a lo que se ha descubierto, sino a quienes son sus legítimos herederos.
Es el caso de la serie Tutankhamun que ITV emitió en 2016, y que diversos expertos han clasificado como una reconstrucción visual de la jerarquía colonial británica, pese a que Inglaterra trate con gran reverencia lo que se descubrió en la tumba del faraón y que es una de las colecciones más visitadas y significativas del British Museum.
La representación del mayor hallazgo arqueológico de Egipto
Cuando Howard Carter abrió la tumba sellada hace tres mil años del venerado faraón, el mundo entero contuvo la respiración, igual que en la escena de la serie. Esa escena -tiendas blancas en el desierto, un inglés erguido ante un funcionario egipcio, antorchas que iluminan oro- no era solo el clímax de la miniserie; fue, según un estudio académico publicado por la revista Erciyes İletişim Dergisi, una pieza de propaganda cultural que sigue funcionando exactamente igual que hace un siglo.
En el análisis, el investigador Oytun Doğan de la Universidad de Marmara (Turquía), basó sus argumentaciones y conclusiones en la teoría del lingüista Ferdinand de Saussure, y concluyó que la ficción no se limita a dramatizar el hallazgo de 1922, sino que reconstruye visualmente una jerarquía colonial que el final formal del Imperio Británico nunca llegó a desmantelar.
En su texto, señala detalles que, vistos de corrido, pasan desapercibidos: Carter de pie mientras el director del Servicio de Antigüedades egipcio está sentado; diálogos en árabe sin subtitular y que el espectador escucha como "ruido" donde los personajes locales hablan con sentido y fascinación; Selim -el propio ayudante egipcio de Carter- que se muestra entusiasta pero sin criterio propio, y que solo está ahí para validar emocionalmente los hallazgos de su jefe... Es un patrón que se repite en varios fragmentos de la serie aunque sin el mismo peso dramático, como es obvio, pero que en esencia valida que el descubrimiento fue por y para el Imperio Británico, no para el pueblo egipcio al que, por derecho, pertenecían esas piezas y restos arqueológicos.
Una historia que no considera a quienes tenían un tesoro bajo sus pies
Hay otras escenas que se muestran igual de reveladoras ante esta teoría. Por ejemplo, una en la que Pierre Lacau, director del Servicio de Antigüedades, informa a Carter que la ley egipcia de 1912 obliga a que todo lo hallado permanezca en el país, y Carter responde riéndose. El guion lo convierte en el buscador desinteresado de la verdad mientras Lacau hace de burócrata obstructivo, o dicho de forma coloquial, establece a un "bueno" y a un "malo". En el episodio final, los manifestantes egipcios que rodean el hotel de Lord Carnarvon aparecen como una masa amenazante sin rostros individualizados, de la que Carter tiene que escapar.
Pero lo que la serie ignora es que, en todo el equipo que abrió la tumba de Tutankamón, solo había un especialista egipcio, cuando si se comprueban fotografías de la época que circularon en la prensa internacional, los trabajadores locales que hicieron buena parte del trabajo físico aparecían sin nombre y también eran egipcios. Ese control sobre el Servicio de Antigüedades egipcio se extendió 94 años consecutivos, y aunque los artefactos que la serie dramatiza permanecieron siempre en Egipto -primero en el Museo Egipcio de El Cairo y hoy en el Gran Museo Egipcio de Giza-, el debate sobre la repatriación de piezas del período colonial anterior lleva décadas sin resolverse, con colecciones egipcias significativas que siguen en el Museo Británico y en el Louvre de París.
Aunque la serie de ITV no inventara esa mirada, es una clara herencia de un siglo de expediciones financiadas por aristócratas y crónicas que trataban los hallazgos arqueológicos en África o el Próximo Oriente como propiedad natural de quien tuviera los medios para desenterrarlos, no de los estados y las gentes cuyos antepasados los erigieron, o fueron sus creadores, lo cual para la arqueología es un flaco favor y refuerza la imagen de cultura popular de que son "cazadores de tesoros" o ladrones de tumbas de guante blanco.
Imagen de portada: Jl FilpoC (vía Wikimedia Commons)
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