En 1938, un arqueólogo autodidacta llamado Basil Brown fue contratado por una viuda aristócrata por 30 chelines a la semana para investigar una parcela de tierras de su propiedad en el condado de Suffolk, en Sutton Hoo. Lo que comenzó como un trabajo de documentación y práctica para aquel excavador del Museo de Ipswich se convertiría en un hallazgo arqueológico que sería la comidilla de los círculos arqueológicos de Europa: en 1939 encontró una cámara funeraria de 27 metros de longitud con forma de embarcación, repleta de cuencos de plata de Bizancio, accesorios de oro adornados con granates procedentes de Sri Lanka, y un curioso casco con máscara humana.
Esa historia puso sobre el mapa no solamente el pequeño condado de Inglaterra, también hizo que Brown se ganará muchos admiradores y detractores. Y 80 años después de aquel acontecimiento, no se han hecho grandes producciones sobre el tema o cubierto fuera de documentales, al menos hasta ahora. La Excavación (The Dig) de Netflix es la única pieza audiovisual que ha conseguido atraer la atención no solamente del público respecto a este tema, sino también de buena parte de la comunidad arqueológica. Pero no para criticarla o despiezarla como ocurre con otras producciones que tienen su base argumental en esta disciplina. Sino para elogiarla y aplaudirla como ninguna otra había conseguido.
Una producción arqueológica que consiguió lo que ninguna otra
Lo que La Excavación hace realmente bien es ofrecer un retrato preciso de una excavación arqueológica de los años 30, llevada a cabo con trabajadores manuales y apenas unos pocos excavadores cualificados. En las películas de este tipo, solemos pensar automáticamente en cazatesoros o aventureros como Indiana Jones o Benjamin Gates (Nicolas Cage en La Búsqueda), y aunque sean divertidas, hacen un flaco favor a la arqueología mostrando lo que casi nunca es: aventuras y emociones a raudales cargadas de romanticismo.
Sin embargo, el mundo de la arqueología es mucho más pausado y científico de lo que se puede imaginar alguien ajeno a esta disciplina. Mientras en otros films veríamos apasionantes explicaciones y 'flashbacks' de cómo el objeto de la búsqueda llegó allí y por qué es tan valioso, La Excavación se aproxima a la arqueología con un nivel de sutileza y precisión poco habitual en producciones para cine o TV. La atención al detalle en la recreación del túmulo hallado para el film fue obsesiva.
Imagen: Jeremy Gilbert (Wikimedia Commons)
Hasta el punto de que el fabricante de atrezzo Len Wheeler visitó los almacenes del British Museum para examinar los remaches de hierro originales del "barco" de Sutton Hoo. Obviamente, los conservadores del museo accedieron de mala gana porque ya se esperaban otra super producción para Hollywood o la plataforma de streaming de turno quería dar un retrato deformado del oficio que ellos practican. Pero la primera sorpresa vino del propio personal del museo, tanto sus conservadores como curadores, como la principal experta en la actualidad de los objetos pertenecientes a la colección Sutton Hoo, Sue Brunning. Wheeler fabricó una copia perfecta de un fragmento de las cuadernas del túmulo a base de varillas de metal y masilla; el único detalle que no replicó fue el color, y por exigencias técnicas para la filmación.
Solo la concepción de ese "prop" ya consiguió ganarse a los expertos en la materia, especialmente cuando se decidieron a ver el film: ese mismo objeto que Wheeler fabricó lo uso Ralph Fiennes (interpretando a Brown) consiguiendo sin artificios ni estridencia lo que siente todo arqueólogo ante un hallazgo, cómo un simple y convincente objeto le hace darse cuenta a un arqueólogo que el sitio de su excavación merece mas delicadeza y dedicación. Un artículo publicado en The Conversation por Roberta Gilchrist (profesora de arqueología de la Universidad de Chester) lo define muy bien al referirse a La Excavación como una obra que demuestra que "No buscamos tesoros, reflexionamos sobre nuestra relación con el pasado".
Por supuesto, y como suele ocurrir en cualquier producción pensada para el gran público, el retablo que ofrece el film es imperfecto en algunos detalles. Por lo pronto, la rivalidad que tenía Basil Brown con los eruditos de Cambridge era algo exagerada. Y respecto a Peggy Piggott (la arqueóloga de campo que acompañaba a Brown), su papel quedó reducido al de lo que sería una becaria en nuestros días, muy lejos de la profesional de primer nivel que históricamente fue vital para Brown y sus hallazgos.
Pero independientemente de esos detalles, otro detalle que el film refleja muy fielmente es que la viuda a la que pertenecía legalmente el hallazgo por estar en sus tierras, Edith Pretty, donara todo lo que se descubrió al British Museum. En las películas de este tipo, esas donaciones se hacen a título póstumo, y a día de hoy, Petty todavía conserva el récord como la mayor donación individual de una coleccionista viva jamás registrada por el museo londinense. Lo que seguramente no esperaban los responsables del museo cuando se hizo el film, es que, más que querer ser un producto para las masas, fuera un canto a una profesión que se muestra altamente deformada y pobremente reflejada en muchos producciones, y que en La Excavación se puede encontrar correctamente su espíritu real.
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