Hace años que los semáforos deberían haber desaparecido de nuestras intersecciones. No es sólo que lidiar con ellos en una gran ciudad sea un dolor de cabeza, es que las cifras llevan años demostrando que resultan mucho menos seguros que las rotondas modernas. Hablamos de una diferencia del 90% en accidentes fatales y casi un 80% en lesiones graves, un salto enorme en seguridad que, sin embargo, queda enterrado por culpa de algo llamado "nivel de servicio".
Como si de una suerte de algoritmo de movilidad se tratase, el nivel de servicio mide el retraso de los vehículos al colocarlos en una escala de puntuación que va de la A de un flujo libre sin intromisión, a la F de un atasco total. Lamentablemente para la seguridad de nuestras calles, una rotonda evaluada por esa métrica siempre ofrecerá peores resultados que una intersección con semáforos.
La ingeniería de seguridad frente al nivel de servicio
La clave detrás de la buena puntuación del semáforo es que es capaz de permitir el paso a grandes bloques de vehículos de forma rápida, haya o no una gran cantidad de tráfico en ese momento, mientras que la rotonda siempre obligará a reducir la velocidad para poder entrar en ella. Como nadie quiere una ciudad con atascos y ruido de coches continuo, el algoritmo empuja a apostar por la primera opción en vez de la segunda.
Si nos agarramos a las matemáticas de la seguridad, en cambio, una intersección clásica con semáforo arroja 32 puntos de conflicto en los que puede producirse el choque, incluyendo además choques frontales que son los más peligrosos. Para la rotonda, en cambio, sólo hay 8, y tanto la dirección de los mismos como la energía cinética resultante, por aquello de darse en casos principalmente laterales y en ángulo, hacen que los golpes sean menos dañinos para los ocupantes.
Ahorrándose problemas adicionales como los costes de mantenimiento de cada intersección con semáforo, de más de 100.000 euros anuales, aquellas ciudades que han ido dejando atrás esa opción clásica para apostar por las rotondas han visto caer el número de heridos por accidente en hasta un 80% y, para quienes saltan a soluciones de rotondas menos conflictivas y modernas como las turborrotondas, la ingeniería de seguridad les da aún más la razón.
Aunque las rotondas tradicionales no serían un problema si la gente realmente supiese utilizarlas (no, lo de dar la vuelta al ruedo por el carril de fuera es un absurdo que sólo te parece bien a ti), los Países Bajos introdujeron en los 90 un nuevo concepto en el que se eliminaban los puntos de conflicto del cambio de carril.
Empujando a los conductores a elegir su destino antes de entrar sin poder cambiarse después y evitando cruces: si quieres ir a la derecha o recto, tomarás el carril de la derecha y te empujará únicamente a esas dos opciones, mientras que si quieres ir a la izquierda o dar la vuelta, lo harás por el carril interior con el mismo desenlace.
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