El primer paso para oficializar la prohibición de las redes sociales a los menores de 16 años ya está en marcha. Tal y como anunciaba Ursula von der Leyen, la Unión Europea ya tienen en sus manos la herramienta de verificación de edad que servirá para que países como Francia, Italia o España obliguen a las plataformas a utilizar ese freno con los más jóvenes.
El debate que nos ha traído hasta aquí, el de cómo ciertas plataformas aprovechan sus algoritmos para moldear la opinión del público socavando esa supuesta libertad a la que aparentemente nos enfrentamos al navegar por sus feeds, está lejos de quedar resuelto. Pero incluso antes de que eso ocurra, tu abuela acaba de abrirle las puertas de par en par a otra preocupación.
Si te preocupaban los jóvenes, atento a los jubilados
Mientras el veto europeo termina de dibujarse para evitar que los menores se enfrenten al enganche y manipulación que plantean las redes sociales, otro nicho de riesgo inesperado ha salido a la luz donde menos lo esperábamos. Entre las esperas de los centros de salud y las paradas de autobús, están pegados a una pantalla los jubilados a los que nadie miraba.
El Wall Street Journal publicaba recientemente un reportaje en el que destacaba cómo un problema menos alarmista pero igual de llamativo ha pasado por delante de nosotros sin que nos percatemos de él. Siguiendo a una pareja de jubilados, el texto destacaba cómo la falta de estructuras horarias hace que los mayores se enganchen a los shorts de YouTube, los vídeos de Facebook y los reels de Instagram de forma alarmante.
En el caso de niños y adolescentes, el acudir al colegio o realizar ciertas actividades no les salva de caer en el vicio del scroll infinito en redes reforzado por algoritmos de recomendación, pero al menos tanto esos factores como sus propios padres, sumada a la creciente atención de las autoridades públicas, pueden actuar como freno.
En el de los adultos, la cada vez más agotadora vida que llevamos, en la que navegamos entre cuidar a los críos, lidiar con el trabajo de oficina -con sus respectivas idas y venidas-, además de perder medio domingo haciendo batch cooking para el resto de la semana, hace lo propio. Los jubilados, en cambio, van cuesta abajo y sin frenos.
El tiempo infinito nos empuja al scroll infinito
Para los mayores actuales todos esos escollos han desaparecido por completo mientras el ocio habitual, desde acudir a un restaurante hasta sentarte frente a la tele para ver qué ponen, ha quedado relegado a un segundo plano que las propias redes sociales ya se habían comido tras llegar a casa reventado del trabajo. Ahora tienen tiempo infinito para empezar el viaje buscando cómo arreglar una aspiradora y terminar enganchados durante horas.
Según el Instituto Nacional de Estadística, en España el uso de internet de forma frecuente entre los jubilados mayores de 65 años se situaba hace una década en alrededor de un 26,2%. A fecha de 2025, esa misma penetración de mercado está por encima del 80%. En concreto, en un 82,7% en el caso de las mujeres y un 83,4% en el de los hombres.
El problema es que, de la misma forma que los jóvenes no son inmunes a los inconvenientes que traen consigo las redes sociales, estudios internacionales sobre psicología geriátrica llevan años apuntando que su uso descontrolado en adultos de edad avanzada tampoco es inocuo.
Como a cualquier otro hijo de vecino, la adicción a una pantalla puede traer consigo ansiedad, depresión y un índice de menor satisfacción con tu día a día, además de todo lo que supone evitar actividades que antes te ayudaban a mantener tanto tu cuerpo como tu mente más activos.
Imagen | Illia Horokhovsky
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