La saga Dune tiene una mitología tan rica que es normal que muchísimo elementos sean desconocidos apara el gran público o aquellos que solo han visto las películas. cuando te dedicas a escarbar un poco en los libros no dejas de tropezar con ideas fascinantes. No todas son geniales y las secuelas a cargo del hijo de Frank Herbert, el autor original, están sembradas de conceptos que no estoy seguro de que terminen de encajar bien del todo con las novelas clásicas. Pero en general, es un catálogo alucinante de conceptos de ciencia ficción. Todo el mundo tiene una opinión sobre los gusanos, sobre la especia y sobre si Paul Atreides es un héroe o una amenaza para el universo, pero si mencionas a las Habladoras Pez en una conversación lo normal es que nadie sepa de qué estás hablando.
Y resulta que este grupo de personajes son la respuesta que Herbert dio a la pregunta más importante que había dejado abierta en los dos primeros libros, que no es quién gana la guerra por el control de la especia y de Arrakis, sino qué demonios haces con un ejército de fanáticos cuando la guerra ya está ganada. A mí me parece una de las ideas más curiosas y peor conocidas de toda la saga, y encima tiene una base histórica real.
La respuesta de Herbert fue que la solución pasaba por disolver uno de los cuerpos armados más famoso de la ciencia ficción y poner en su lugar a un ejército compuesto exclusivamente por mujeres. Con Dune: Parte Tres aterrizando en lso cines el próximo 18 de diciembre y con Villeneuve confirmando que será su última película en este universo, lo más probable es que esto no llegue nunca a una pantalla de cine, así que os lo cuento yo.
Los fedaykin no murieron en combate, murieron de éxito
Os pongo en contexto. "Fedaykin" es un término que Herbert construyó sobre el árabe fedayeen, "los que se sacrifican", y en la primera novela designa a los comandos de la muerte de Muad'Dib, guerrilleros fremen jurados a morir. Cuando la yihad galáctica se desata, esos hombres se convierten en la élite de un ejército que en doce años deja 61.000 millones de cadáveres, esteriliza noventa planetas y borra cuarenta religiones del mapa. Lo dejó por escrito en el ensayo que publicó en Omni en 1980, donde afirma que los héroes son dolorosos y los superhéroes, directamente, una catástrofe.
Los fremen no caen en una batalla final ni los aniquila un enemigo superior, se pudren desde dentro y que no existe eso que llamamos "un gran guerrero"
Lo interesante es cómo terminan estos héroes. No caen en una batalla final ni los aniquila un enemigo superior, se pudren desde dentro y que no existe eso que llamamos "un gran guerrero". Un poco aquella idea que retomaría el Maestro Yoda en El Imperio Contraataca al afirmar que "la guerra no le hace a un grandioso". En Dune hay ejemplos claros: Korba, un fedaykin, acaba convertido en sumo sacerdote del Qizarato, la maquinaria religiosa que administra el culto a Muad'Dib, y Farok, otro veterano, acaba desengañado y metido en una conspiración contra el hombre por el que había matado. La cronología de La Enciclopedia de Dune, ese volumen de 1984 que la familia Herbert dejó luego fuera del canon porque ya estaban pensando en prolongar la saga ellos mismos reescribiendo aquí y allá lo que fuera necesario, fecha en el año 10.210 D.G. el momento en que Alia disuelve formalmente el cuerpo militar y la palabra fedaykin vuelve a significar lo que significaba antes de Paul, o sea, "guerrillero fremen" a secas. Sea canon o no lo sea, lo interesante es que esa palabra que se vació del significado porque el que se hizo universalmente conocida.
3500 años después, Leto II no llamó a los fremen a la guerra
Aquí viene el salto temporal que seguramente haga que esta trama se quede fuera del cine. Dios Emperador de Dune transcurre unos 3500 años más tarde de la historia e Paul Atreides y su ascenso al poder, con Arrakis convertido en un planeta verde y húmedo donde solo queda un desierto, el Sareer, y un único gusano, que es el propio Leto II. Es una idea rara, pero es parte del encanto de Dune. También es complicado de explicar, así que simplemente quedémonos con la idea por ahora.
Leto II crea a las Habladoras Pez, un ejército exclusivamente femenino que además es la administración del imperio, su sacerdocio y su red de espías
El Dios Emperador lleva milenios necesitando un cuerpo armado para sostener su plan de gobierno galáctico, la Senda Dorada, y tiene a mano el linaje guerrero más eficaz que ha producido la humanidad. Pero no lo usa. Los descendientes de aquellos comandos letales son los "Fremen de museo", una curiosidad antropológica, gente que conserva ritos que han perdido todo su sentido y su valor, protegida en aldeas como Tuono, y que a efectos militares no pinta absolutamente nada a escala cósmica y que es guiño a que toda revolución triunfante acaba administrando su propio folclore.
En su lugar, Leto levanta las Habladoras Pez. Un ejército exclusivamente femenino que además es la administración del imperio, su sacerdocio, su red de espías y, cuando toca, su servicio de asesinato. Al frente de ellas coloca, milenio tras milenio, a una sucesión de gholas de Duncan Idaho, que es su manera particular de tener siempre a alguien de la casa Atreides obedeciendo órdenes. El detalle tiene su vuelta de tuerca: mientras los hombres que hicieron la revolución quedan reducidos a espectáculo etnográfico, son las mujeres las que toman las armas. Los que hayáis llegado hasta el cuarto libro sabréis que Herbert nunca hace estas cosas por casualidad.
La teoría de Leto sobre los ejércitos masculinos es brillante, pero discutible
El razonamiento que da el propio Leto como explicación es interesante. Su tesis es que las fuerzas militares dominadas por hombres son depredadoras por naturaleza y que, en cuanto les falta un enemigo exterior, se vuelven contra la población civil que en teoría protegen. Una tropa de mujeres, sostiene, no hace eso. Añade además un componente que a Herbert le gusta subrayar y que en 2026 chirría bastante, el de la atracción sexual como herramienta de sometimiento del varón agresivo, y lo explicó nada más y nada menos que en la revista fragmento que Playboy en 1981, meses antes de publicar la novela.
Su tesis es que las fuerzas militares dominadas por hombres son depredadoras por naturaleza y que, en cuanto les falta un enemigo exterior, se vuelven contra la población civil
Una de las cosas que a Herbert se le puede echar en cara como visionario de la ciencicia ficción es su puntual esencialismo puro, repartiendo como autor virtudes por sexo como quien asigna esterotipos. Ahora bien, dentro de la mitología de Dune quien lo formula es un tirano que lleva tres milenios convertido en gusano y que ha decidido que la humanidad necesita una dosis de aburrimiento tan brutal que motive a la especie a salir corriendo hacia las estrellas. Así que tal vez tenga sentido. Duncan Idaho, que es el personaje con el que Herbert siempre da voz al lector, deja claro que no le gusta nada de todo aquello. Esa es la trampa de un buen libro: Herbert no te pide que le des la razón a Leto, te pide que aguantes seiscientas páginas sin poder quitársela del todo.
Y claro, uno no se la puede quitar del todo porque ahí está la historia de la humanidad: a lo largo de la historia, el sexo y la guerra han mantenido una relación terrible. Por un lado, la violencia sexual ha sido una de las armas más crueles y eficaces de los conflictos armados. No se trata de simples actos de lujuria, sino de tácticas calculadas para aterrorizar, humillar y destruir el tejido social y cultural de comunidades enteras. Por otro lado, y de forma casi paradójica, la cultura popular ha perpetuado la imagen del soldado como el epítome del atractivo masculino, muy en la línea de lo que señala Herbert. A través de uniformes diseñados para ensanchar los hombros y proyectar una autoridad inquebrantable, la sociedad civil erotiza el heroísmo y la hipermasculinidad. ¿Oficial y Caballero? ¿Top Gun? ¿300? Al final, ambos extremos revelan nuestra profunda obsesión humana con el poder ya sea a través del terror del sometimiento o mediante la seducción estética del guerrero implacable.
Ilustración de Jacob Atienza
El festín de Siaynoq, o cómo se gobierna una galaxia con una iglesia armada
Vamos ya con las Habladoras Pez. En el libro, durante el festival Siaynoq, el Gran Compartir, Duncan Idaho marcha delante del carro ceremonial de Leto entre cientos de mujeres que se aprietan a su paso. Herbert describe el ambiente sin ningún eufemismo, como una excitación colectiva contenida a duras penas. Ellas alargan las manos hacia el emperador y hacia él, y Duncan, que es un soldado con siglos de oficio acumulados en la memoria, reconoce que tiene delante una fuerza que no comprende. Un fervor religioso que puedes reconocer hoy en procesiones religiosas de todo el mundo. Ese es el hallazgo: Leto no gobierna con un ejército, gobierna con una liturgia que, casualmente, resulta que va armada. La disciplina no viene del miedo al castigo, viene de la certeza de estar participando de algo sagrado. Es, de nuevo, la idea de que el mejor soldado siempre es el fanático.
Nadie sabe con seguridad de dónde sale el nombre de las Habladoras Pez. Herbert no lo explica de forma cerrada en ningún momento, y lo que circula entre los fans durante décadas son especulaciones y teorías que sugieren que las primeras sacerdotisas hablaban con peces en sueños, y es algo que tiene sentido si tenemos en cuenta la fijación que los pueblos e Arrakis han tenido siempre con el agua. Hay quien lleva la lectura al ichthys, el pez que usaban los primeros cristianos perseguidos como contraseña, cosa que encaja como un guante en un universo que Herbert construyó como reflejo del nuestro. Ninguna de las dos explicaciones tiene el respaldo del autor detrás, tenedlo en cuenta. Cuarenta y cinco años después de la publicación del libro, en una de las mitologías más diseccionadas de la ciencia ficción, todavía queda sitio para un misterio.
Foto: ALPERN, Stanley B. Amazons of Black Sparta : The Women Warriors of Dahomey, London: C. Hurst & Co. Ltd. 2011
La idea más extravagante de Herbert existió de verdad y estuvo peleando contra Francia hasta 1894
En ese reflejo de nuestro mundo real hay otro detalle que convierte a las Habladoras Pez en algo más que una excentricidad literaria. Un ejército así existió. Se llamaban a sí mismas Mino, nuestras madres en lengua fon, y también Ahosi, esposas del rey, aunque Europa las bautizó como amazonas porque el clasicismo nos puede. Sirvieron al reino de Dahomey, en el actual Benín, desde el siglo XVII, llegaron a sumar entre mil y seis mil efectivos, alrededor de un tercio de todo el ejército, y tenían voz propia en el Gran Consejo. Los observadores europeos que las vieron combatir las describieron sistemáticamente como mejores soldados que sus compañeros varones. Las Dora Milaje de Wakanda en las pelis y cómics de Pantera Negra están sacadas de ahí, y si os interesa el tema, os recomiendo La Mujer Rey.
Su final es de una dureza tremeda. En Adégon, el 6 de octubre de 1892, cayeron 417 Mino frente a seis bajas francesas, porque las bayonetas y los fusiles de repetición no entienden de leyendas, ni de actos de valor. El cuerpo fue disuelto en 1894 con el protectorado francés. Y hay un detalle del que no me quiero olvidar: una mujer llamada Nawi, entrevistada en 1978, aseguraba haber combatido en 1892, y murió en noviembre de 1979 con más de cien años. Súperinteresante.Dios Emperador de Dune se publicó en 1981. No hay ninguna prueba de que Herbert supiera nada de las Mino o las Dahomey, pero dado lo aficionado que era el autor a la hora de trasladar eventos reales a la mitología de Dune, lo veo de lo más probable.
Lo que Leto construyó para pacificar la galaxia terminó pariendo un horror cósmico
El epílogo es lo más Herbert de todo. Cuando Leto desaparece de la cronología de Dune (no os spoileo nada), y lo hace por obra de Nayla, una Habladora Pez fanáticamente leal. Su imperio se deshace y la humanidad se lanza a la Dispersión por el cosmos. Las Habladoras Pez pierden el sentido en cuanto pierden a su dios viviente: admiten hombres en sus filas, se alían con quien pueden y acaban con sus mandos sustituidos por Danzarines Rostro tleilaxu. Y de las guerreas que se marcharon con la Dispersión, mezcladas con hermanas Bene Gesserit, salieron según la propia saga las Honoradas Matres, que mil quinientos años después volverían al viejo imperio arrasando todo lo que encuentran. Anda que no mola la saga Dune.
O sea que el ejército diseñado para pacificar el universo terminó alumbrando a las incendiarias brujas que lo arrasaría miles de años después. Herbert escribió que los sistemas se independizan de quien los creó y esta es otras de las geniales ideas de su mitología que sirven como ejemplo. A mí me sigue pareciendo una de sus ideas más raras y fértiles de toda la saga, y me da rabia que se quede siempre en el cuarto libro, ese al que muchos lectores no llegan nunca. Herbert tenía una opinión muy siniestra y catastrofista de héroes, líderes y profetas. Sus Habladoras Pez son solo una idea más que sirve para consolidar sus argumentos y que demuestra el peligro potencial. en y para la sociedad, de las grandes figuras de la historia.
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En 3DJuegos | Hay como 2.664 años de diferencia entre La Odisea y Dune, y sin embargo, ambas historias están oficialmente conectadas
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