Cuando planteé hacer este artículo, me llevé una sorpresa: algunos de mis compañeros de equipo, y aficionados a la ciencia ficción, no se habían percatado de lo que, para mí, es una de las claves más importantes de Dune. No daré nombres, pero alguno no supo ver que Paul Atreides, el aguerrido protagonista de la saga, no es el héroe intachable que uno se espera al final de la historia. Por mucho que Muad'Dib se resista a abrazar su papel mesiánico, al final simplemente intercambia el imperio de Shaddam Corrino IV, el 81º Emperador Padishah del Universo Conocido, por el suyo propio, y el terror Harkonnen por el de su yihad. Normal que la buena de Chani se pire a lomos de un asado al final de la segunda peli de Villeneuve con un silencioso "ahí os quedáis" en la mirada, despecho matrimonial a parte.
Herbert nunca quiso narrar una historia de salvación épica: su objetivo era advertirnos sobre el poder absoluto
Frank Herbert construyó a Paul como un joven noble, inteligente, sensible y preparado para gobernar con justicia. A primera vista, parece el arquetipo del héroe clásico, el elegido que salva al mundo. Es cierto que como arquetipo, al final de su arco narrativo Paul sirve para restituir el orden en su narrativa, lo que pasa es que se trata de un orden condicionado por la opresión de un poder tiránico. La gran diferencia es que el poder de Paul Muad'Dib Atreides es más opresor y tiránico que el anterior. En realidad Herbert nunca quiso narrar una historia de salvación épica: su objetivo era advertirnos sobre los peligros de depositar el poder absoluto en manos de un solo individuo. Y en ese sentido, Paul Atreides se convierte en el gran villano moral de Dune, no por maldad, sino por la inevitabilidad de su destino.
El origen del problema es el mesianismo
Cuando Paul llega a Arrakis, ya existe un mito que lo precede: el Lisan al-Gaib, "la Voz del Mundo Exterior", sembrado por la Bene Gesserit como parte de su programa de manipulación cultural y genética. Es una profecía artificial pero, ¿acaso no lo son todas? Paul sabe que es una mentira, pero también comprende que puede usarla para sobrevivir. Ahí comienza su interesante dilema: acepta un papel mesiánico que sabe que es falso y permite que otros lo veneren porque le resulta útil. No crea el mito, pero lo explota, y una vez que lo hace, el control sobre él se escapa de sus manos.
En Dune (1965), lo vemos entrenar con su madre, Lady Jessica, en las artes de la Bene Gesserit y en técnicas de combate, mientras aprende a usar la política y la estrategia militar. Su supervivencia depende de convertirse en algo más que un noble heredero: debe transformarse en el mesías que los Fremen esperan. El problema es que, al aceptar el mito, empieza a encadenar al universo a un destino de violencia y sumisión.
Una de las tragedias más profundas de Paul es su presciencia. Puede ver el futuro y sabe que su ascenso provocará una yihad galáctica que matará a miles de millones de personas. En Mesías de Dune (la secuela de 1969), vemos las consecuencias de esta idea con la que termina el primer libro (y las dos primeras pelis de Villeneuve) y que es central para el personaje: Paul teme el poder, pero descubre que todas las alternativas llevan a un desastre aún mayor. La única línea temporal estable es aquella en la que él asume el poder absoluto.
Desde el inicio de la saga, Paul teme tres cosas: ser un tirano, convertirse en un mesías fanático y desencadenar un futuro de violencia sin fin
Esto convierte a Paul en un líder atrapado por su propio mito. Si intenta renunciar al poder o detener la guerra, el caos sería aún mayor, y sus seguidores interpretarían cualquier gesto de retirada como una prueba más de su divinidad. Así, la responsabilidad moral de la violencia recae inevitablemente sobre él. La versión cinematográfica de Villeneuve lo resume muy bien en una frase cuando Paul dice que teme hacerse con el poder precisamente porque lo desea y sabe lo que hará con él cuando lo tenga. Frank Herbert nos muestra con esto que el carisma y el poder absoluto pueden atrapar incluso a las mejores intenciones. Cuando Paul finalmente se convierte en emperador, ya no es solo un gobernante político. Es también un símbolo religioso, un objeto de devoción irracional. En la novela y en las adaptaciones cinematográficas, su figura alcanza una dimensión tan descomunal que cualquier acción suya desencadena movimientos masivos. Los Fremen lo veneran como Muad'Dib, el profeta que los guiará a la prosperidad, y esa devoción se transforma en fanatismo. Ya sabéis: ¡Lisan al-Gaib!
El peligro, como muestra Herbert, no está solo en la ambición personal: incluso alguien con buenas intenciones se ve corrompido por la acumulación de poder. El imperio que hereda de Shaddam IV no desaparece: Paul sustituye un sistema por otro, intercambiando a un tirano por otro. La tragedia no es moral en el sentido tradicional, sino estructural: el poder absoluto inevitablemente destruye la libertad.
En los últimos compases de Dune el universo conoce la guerra santa en nombre de Paul. Es una trama que se desarrolla entre el primer y segundo libro y de las que como lectores (y espectadores) solo asistimos a su prólogo y a sus consecuencias: Miles de millones mueren, y aunque Paul no dirige personalmente cada batalla, tampoco detiene la violencia, si no que se vale de ella para imponer sus propios valores. Esta complicidad pasiva es lo que finalmente lo convierte en villano. Paul no actúa por maldad, pero su inacción frente al fanatismo fremen que le beneficia lo transforma en responsable del genocidio.
El héroe que se convierte en aquello que temía
Frank Herbert subraya que un líder que cree que solo él puede salvar al mundo ya ha dado el primer paso hacia el autoritarismo. Paul encarna esa advertencia: brillante, noble y carismático, pero peligroso. Su caída demuestra que la fascinación por el mesías puede ser letal, incluso si ese mesías no lo desea. Desde el inicio de la saga, Paul teme tres cosas: ser un tirano, convertirse en un mesías fanático y desencadenar un futuro de violencia sin fin. Y ya sabéis como acaba la historia; en el momento en el que accede al trono imperial Paul termina cumpliendo las tres profecías a la vez. Su tragedia no es personal: es civilizatoria. Quiere salvar a la humanidad, pero al hacerlo, la encadena a su propio destino de violencia.
Su historia refleja la advertencia central de Herbert: desconfía del héroe carismático. Paul demuestra que la nobleza de intención no basta cuando el poder se concentra sin límites, y que incluso los más justos pueden convertirse en instrumentos de destrucción cuando la estructura del poder los empuja a ello. La caída de Paul no es única. Su arco se inscribe en una tradición narrativa donde el héroe, frente a un poder desmesurado, termina encarnando aquello que combatía. Compararlo con el Coronel Kurtz de Apocalypse Now o Anakin Skywalker en Star Wars ayuda a comprender su tragedia. Kurtz se aísla y deshumaniza por el poder; Paul se convierte en el sistema mismo. Anakin cae por sus emociones, Paul por estructura y destino histórico.
Paul Atreides nos recuerda que incluso los héroes más brillantes pueden ser los villanos más peligrosos cuando el camino de la justicia les lleva demasiado lejos
Hay más comparaciones útiles: Ozymandias sacrifica millones por un ideal en Watchmen, Macbeth es arrastrado por la profecía, Edipo, Arthas Menethil, Griffin... Todos comparten patrones con Paul: un héroe excepcional, enfrentado a una misión imposible, marcado por la profecía aislado por el poder, que justifica el mal y se transforma en símbolo. Paul sintetiza estos arquetipos y los lleva a su expresión más civilizatoria. Creo que Hebert juega muy bien con esta idea presentándola con la dualidad de la identidad fremen de Paul: Usul y Muad'Dib. El personaje íntimo y la identidad pública. No es un villano por maldad, sino por destino. Es víctima y verdugo, héroe y tirano, salvador y destructor. Su poder absoluto y la devoción que genera lo convierten en el epicentro de una tragedia galáctica que Herbert quería narrar como advertencia. La verdadera amenaza no es Paul, sino la idea de un mesías y emperador, como ejemplo del poder total (político, económico, social y religioso), la promesa de un futuro perfecto y que absorbe el poder de todos Al final, Dune no es solo una historia de aventuras en un desierto alienígena: es un estudio sobre la fragilidad de la humanidad y el precio del poder. Paul Atreides nos recuerda que incluso los héroes más brillantes pueden ser los villanos más peligrosos cuando el camino de la justicia les lleva demasiado lejos.
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