Si hablamos de animación, es fácil pensar en Hayao Miyazaki, uno de los directores de films de anime más prestigiosos a nivel mundial y autor de las mejores obras que ha producido Ghibli Studios. Pero esta relación no siempre fue fluida, tuvo sus baches, y de hecho Miyazaki estuvo a punto de dejar su arte muy al inicio de su carrera.
Si esa realidad no se materializó, es en buena parte gracias a un estudio de animación del este que también fue el creador de obras como Cheburashka, Winnie Pujj (versión soviética de Winnie the Pooh) o de la obra que fue el catalizador para que el animador nipón no dejara el lápiz para animar, el Erizo en la Niebla. Ese estudio tiene un nombre: Soyuzmultfilm. Y su historia es digna de repaso.
Un estudio fundado por Moscú en 1936
El estudio de animación que nos ocupa se fundó en la capital rusa en 1936, y a lo largo de nueve décadas de existencia ha producido algunas de las obras más aclamadas de animación que han salido de los territorios de la antigua Unión Soviética. Además de los ejemplos citados, está también Nu, Pogodi!; la versión rusa de Tom y Jerry, que curiosamente recuerda a "Proletario y Parásito" con aquella broma del episodio final de la cuarta temporada de Los Simpsons: Krusty es Kancelado.
Pese a que algunas obras eran "paráfrasis" de materiales que ya existían, como Winnie Pujj, los creadores de los originales -como Wolfgang "Woolie" Reitherman, responsable de los cortos originales de Pooh y ganador de un Oscar en 1968- confesó que prefería la versión soviética a la suya. El truco de este estudio es que los animadores cobraban un sueldo fijo, desvinculado de si su película funcionaba en taquilla o no. Eso les daba una libertad creativa que ningún estudio occidental, atado siempre a la recaudación, podía permitirse. El Erizo en la Niebla fue fruto directo de esa libertad: una pieza lenta y casi experimental que en Occidente habría sido impensable por pura cuenta de resultados.
La conexión con Miyazaki
Precisamente esa obra de animación firmada por Yuri Norstein fue la que inspiró a Miyazaki a no dejar de ser animador de dibujos. En una encuesta del Festival de Animación de Laputa en Tokio, en 2003, 140 animadores de todo el mundo la votaron como la mejor película de animación de la historia, por delante de cualquier título de Disney o del propio Miyazaki. Y pese a ser un corto de animado, su trama y la imagen que la narra (desorientación, miedo, asombro y reencuentro con un ser querido del erizo protagonista) es una parábola sobre la incertidumbre y la búsqueda de uno mismo contada con el ritmo de un cuento infantil, algo que varios críticos han comparado con el viaje iniciático de Stalker, de Tarkovski.
Además la concepción 100% artesanal del film con técnicas realmente originales -láminas de cristal superpuestas para dar profundidad a los personajes y los escenarios- sumaba mucho a su valor artístico de innovador, y lo más importante, destacaba que para que algo tenga impacto, no hay que apresurarlo. Esto casaba con la concepción de Miyazaki de cómo debía plantearse un film: haciéndolo con cuidado y mimando cada detalle; haciendo que la forma de trabajar, lenta y manual, sea la mejor garantía de que el corto o el largometraje resultante calará en la audiencia y generará emociones... algo que sobresale de forma excelsa en todos los films de Miyazaki.
Lo llamativo es que esta pieza salió de Soyuzmultfilm, es que sin esa libertad, es difícil imaginar que un estudio hubiera aceptado financiar años de trabajo artesanal para una historia sin conflicto aparente, protagonizada por un erizo que se pierde en la niebla. Al final, la historia es más sencilla de lo que parece: un estudio sin presión de taquilla dejó que un animador tardara lo que hiciera falta en construir, a mano, un poema visual sobre el miedo y el asombro. Y ese poema acabó, décadas después, recordándole a Miyazaki por qué merecía la pena seguir haciendo lo mismo.
Imagen de portada: Mos.ru (vía Wikimedia Commons CC BY-SA 4.0)
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