Hace apenas unos días os hablaba en este mismo medio de cómo Alien, el Octavo Pasajero se ha convertido en una de las obras más influyentes del cine de ciencia ficción, y de cómo Ridley Scott supo manipular las expectativas del espectador a través de un terror que no necesitaba estridencias, solo el silencio del espacio y la sensación de vulnerabilidad absoluta. Era una obra maestra que arrasó en cines, y que como tal, tarde o temprano, iba a tener secuela. Pero, ¿cómo honrar un largometraje tan sobresaliente?
Tal día como hoy hace 40 años en Estados Unidos, el 18 de julio de 1986, James Cameron nos lo demostró. El cineasta canadiense, que venía de demostrar su talento con The Terminator, tomó las riendas de la franquicia para disgusto de Ridley Scott, y decidió que lo primero que debía hacerse con esta película para evitar el error de muchas continuaciones malogradas, era alejarse por completo de la fórmula que había llevado a la gloria el film original. En lugar del terror claustrofóbico de una nave espacial, el también director de la trilogía de Avatar apostó por la acción desatada en una colonia espacial minera, y el resultado fue una película que redefinió lo que podía ser una secuela dentro de nuestro género favorito.
Últimamente he empezado a escribir sobre parques de atracciones, y creo que fue alguien del equipo de James Cameron quien dijo que si Alien era una casa del terror, Aliens era una montaña rusa. Es decir, la secuela cambia el miedo silencioso por una energía trepidante, una experiencia que agarra al espectador y lo sacude sin descanso para que esta vez no salga del cine con el terror adherido al cuerpo, sino con la adrenalina todavía en la sangre, como después de un viaje vertiginoso. Y por eso, Aliens triunfó. Era algo nuevo que no se conformaba con simplemente expandir el lore de la saga, sino que quería sentirse refrescante, y vaya si lo consiguió. Tanto que 40 años aquí estamos hablando de ella.
Volviendo a ver a Ripley, esta vez con marines espaciales
Pero, por supuesto, también expandió la mitología del universo de la criatura más temida de la galaxia. Volvíamos a tener a Ripley al frente, aunque esta vez sin la posibilidad de jugar con las expectativas: el público ya sabía que ella era la campeona de la humanidad frente a la amenaza xenomorfo. Como tal, James Cameron entendió que debía dejar atrás la imagen de superviviente in extremis para abrazar la de una guerrera dispuesta a aferrarse a la vida con firmeza, con fuego. Y qué mejor manera de hacerlo que rodearla de un grupo de marines espaciales, que a partir de Aliens, el Regreso se convertirían en un elemento recurrente del cine de ciencia ficción. Otro ejemplo más de cómo este filme marcó el género y la industria, ampliando su alcance y redefiniendo para siempre la forma en que imaginamos el combate humano contra lo desconocido en un futuro lejano.
El resultado de todo esto son 137 minutos (hay ediciones extendidas) de tensión y mucha emoción, así como un desarrollo de personajes que nos permite conocer mucho mejor a la Ripley interpretada por Sigourney Weaver, quien definitivamente hizo suyo el papel y llegó incluso a ser candidata al Oscar a la Mejor actriz. La película recaudó más de 180 millones de dólares en todo el mundo con menos de 20 millones de inversión, y se convirtió en un fenómeno de crítica tan rotundo que terminó acumulando siete nominaciones de la Academia, cinco más que la original, de las cuales ganó dos Oscar. Lo mejor es que el largometraje ha envejecido como un buen whisky. Así que se me ocurre una cosa: ¿y si celebráis su 40 cumpleaños viéndola? Seguro que la tenéis en DVD… y, si no, Disney+.
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