El bueno de Steven Spielberg hizo esa interesante pregunta el pasado 7 de junio, cinco días antes del estreno de El día de la revelación (Disclosure Day), en una entrevista con Ben Mankiewicz para CBS News Sunday Morning. Explicaba que su peli adopta también el punto de vista de la Iglesia, y se preguntaba sobre la naturaleza de Dios de cualquier sistema con vida inteligente, proceda del rincón del universo que sea. No me cabe duda de que pocos profesionales del entretenimiento le han dado tantas vueltas como él a la vida fuera de la Tierra, y que sin duda es de los cineastas que más clara deja su identidad religiosa en su cine. Todo empezó cuando tenía cinco o seis años y su padre lo sacó de la cama para ver las Perseidas. Con 17 años rodó Firelight (1964), una aventurilla de ovnis que fue la semilla de Encuentros en la tercera fase (1977), y desde entonces no ha dejado de mirar al cielo.
E.T. no era Jesucristo
Imagino que todos nos hemos planteado este tipo de preguntas en alguna ocasión, ¿no? Lo curioso es que la duda es bastante más vieja que el cine: Hasdai Crescas, un filósofo judío nacido en Barcelona, ya le dio vueltas a principios del siglo XV en Or Adonai (La luz del Señor). Partía de un pasaje del Talmud según el cual Dios gobierna 18.000 mundos y, como explica esta enciclopedia de filosofía, se atrevió a plantear que podía haber muchos mundos además del nuestro, lo que suponía enmendarle la plana a Aristóteles, nada menos. Sobre si estarían habitados, concluyó que no había argumentos definitivos ni a favor ni en contra.
Si mañana aterriza un platillo, las grandes religiones no entrarían en pánico, pese a lo que nos vende Hollywood
Si mañana aterriza un platillo, las grandes religiones no entrarían en pánico, pese a lo que nos vende Hollywood. El cristianismo no tiene dogma al respecto: el astrónomo jesuita del Vaticano José Gabriel Funes defendió que la vida alienígena encaja con la fe. El islam se apoya en el Corán, que habla de criaturas repartidas por cielos y tierra. Hinduismo y budismo van más allá, con innumerables mundos habitados y ciclos cósmicos sin fin. Vamos, que el primer contacto se parecería más a Encuentros en la tercera fase que a La guerra de los mundos.
Cartel original de E.T.
Que la pregunta salga de Spielberg tiene su gracia, porque hace más de 40 años ya tuvo que esquivar una lectura religiosa de su cine. Con E.T., el extraterrestre (1982), Universal buscó al público cristiano con un póster que evocaba La creación de Adán, y llovieron las comparaciones entre aquel bichito de dedo luminoso y Jesucristo. Él lo zanjó con una broma que recogió la crítica Judith Crist en Take 22 (1984): a ver qué le decía a su madre si le contaba que había hecho una parábola cristiana, porque ella tenía un restaurante kosher en Los Ángeles. El restaurante se llamaba The Milky Way, por cierto, La Vía Láctea. Lo más parecido a un calvario que sufrió E.T. fue su videojuego de Atari.
El caso es que con El día de la revelación volvió a surgir el tema: en redes y en parte de la prensa religiosa estadounidense se entendió que cuestionaba la fe cristiana, y se montó cierto revuelo, aunque tras el estreno la cosa se desinfló: varios críticos cristianos vieron en la película más una reflexión sobre la naturaleza práctica de la verdad que un tema religioso, y hubo quien sostuvo que todo fue una polémica inflada por una cita sacada de contexto. No hubo cierre unánime, eso sí: el presentador conservador Steve Deace siguió calificándola de ataque directo al cristianismo.
Imagen de El día de la revelación
La empatía le ganó la partida a la fe
Ya antes del estreno me preguntaba cómo encajarían las religiones un anuncio así, y la peli toca ese asunto. Jane, el personaje de Eve Hewson, es una exnovicia que se refugia en su antiguo convento y teme que la gente deje de creer en Dios cuando se sepa la verdad sobre la existencia de los extraterrestres. Pero en realidad hay poco más sobre la cuestión que presentaba Spielberg. Aplaudo su llamamiento a la empatía, pero esa empatía acaba eclipsando la espiritualidad, la religión y el impacto social de una noticia semejante.
Para buena parte de las tradiciones espirituales, el universo es demasiado grande para un Dios con un solo código postal
Dejando de lado un enfoque puramente científico para la pregunta que se hacía Spielberg, si Dios es Dios, lo es de todo el universo, la filosofía lleva siglos dándole vueltas. Nicolás de Cusa y Giordano Bruno imaginaron mundos habitados porque un creador infinito no tendría por qué limitarse a un planeta, y Kant fue más allá y se lo tomó casi como una apuesta personal: en su Historia natural universal y teoría del cielo (1755) llegó a especular con que los habitantes de los planetas más lejanos del Sol serían más perfectos que nosotros. Además, su ética se dirige a cualquier ser racional, no solo a los humanos, así que un Dios moral, garante de que la virtud no quede sin recompensa, no tendría por qué limitarse a la Tierra. La verdadera grieta aparece en el cristianismo: ¿fue la Encarnación un evento único para la Tierra o cabrían otras? Ahí se enzarzaron desde Tomás de Aquino hasta C. S. Lewis, y para buena parte de las tradiciones espirituales, el universo es demasiado grande para un Dios con un solo código postal.
En Spielberg, el documental que le dedicó HBO en 2017, el director de cine contaba que cree en Dios, tal y como recogió el Jerusalem Post, y aseguró estar convencido de que los visitantes han estado aquí y siguen aquí. Eso sí, se quejaba medio en broma de que, siendo poco menos que su embajador en la Tierra, todavía no le han concedido ni un mísero avistamiento. Yo, que como Mulder quiero creer, entiendo el disgusto.
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