El éxito de Máquina de guerra, una de las películas más vistas de todos los tiempos en Netflix, ha vuelto a confirmar la capacidad de Alan Ritchson para atraer audiencias millonarias en los servicios de streaming a base de algún mamporro, carisma y un innegable gancho como héroe de acción. Muchos quieren ver en él al verdadero sucesor de Arnold Schwarzenegger, y lo cierto es que los paralelismos son evidentes. Es una auténtica mole de destrucción capaz de arrancar una sonrisa con solo aparecer en pantalla, algo que ha demostrado sobradamente en Reacher, donde ha ofrecido algunos de los momentos más espectaculares de su carrera. Pero también sabe dejarnos escenas dramáticas.
Y para hablar de esta faceta suya he querido viajar unos años atrás, hasta 2018, cuando se estrenó en exclusiva en DC Universe —una plataforma que funcionaba como un "Netflix" dedicado al multiverso de Batman, Superman y compañía— la serie Titans. Aquel live-action centrado en el grupo de sidekicks de DC Comics llamó rápidamente la atención por su enfoque más oscuro, su reinterpretación de personajes clásicos y su intento de actualizar a los Jóvenes Titanes para una audiencia adulta. Un objetivo que, sin embargo, quedó un poco en entredicho por una evidente falta de presupuesto en algunos partes y unos finales de temporada un tanto anticlimáticos. Aun así, a lo largo de sus cuatro temporadas nos topamos con algunos capítulos top. Uno me hizo ir a IMDb y darle una puntuación perfecta.
La unión a través del trauma compartido
Se trata de Hank and Dawn (1x09), una especie de historia de origen para dos personajes secundarios, pero esenciales en la serie: Halcón y Paloma. El primero, Hank Hall (Ritchson), era un jugador de fútbol americano cuya carrera quedó truncada y que terminó reconvirtiéndose en, bueno, una especie de Batman. ¿El resultado? Una historia cruda, íntima y bastante desgarradora que revela cómo la violencia que ejerce no nace del heroísmo, sino de un dolor que nunca ha sabido gestionar, del que resulta difícil profundizar sin caer en spoilers.
Intentaré ir muy de puntillas, pero si quieres dejar de leer a partir de aquí lo comprenderé. Básicamente, la serie presenta su relación con Dawn Granger (Minka Kelly), Paloma, como un vínculo nacido de un trauma compartido el mismo día en que se conocieron. A partir de ahí, ambos se muestran como las únicas personas capaces de entenderse y sostenerse mutuamente, ayudándose a no desmoronarse mientras intentan superar sus propios fantasmas, que son muchos. Estar unidos también significa convivir con la violencia: él representa la fuerza bruta y el caos, mientras que ella es más sutileza, el intento de poner orden. En otras palabras, aquí también veras a Ritchson machacando huesos.
Es un contraste que crea un equilibrio dinámico, habitual en las historias de superhéroes. Pero la serie toma este concepto —que en las versiones originales tenía un componente más místico— y lo reinterpreta en un contexto más moderno y realista, logrando una versión que funciona muy bien dentro de su tono, y que también nos lleva de vuelta hacia esos cómics de los Teen Titans de los años 80 que, como también pasaba en X-Men, tenían a sus protagonistas lidiando con inseguridades, crisis de identidad y responsabilidades adultas al fin y al cabo.
Fue aquí cuando me convencí que Titans podía ser una serie muy que podía elevar el nivel de las producciones de Warner Bros. & DC. No me entendáis mal. Yo el arrowverso, Smallville, siempre lo llevaré en el corazón por muchas razones, pero con Titans empecé a sentir algo como Daredevil que, muy a mi pesar, no supo terminar de redodenarse —en Doom Patrol, de la que os hablamos hace poco, sí que lo consiguieron—. Aún así, este intento de mostrar a los superhéroes como algo más que tipos en mallas puede gustaros ahora que The Boys ha acabado. Solo tenéis que ir a Netflix y buscar Titans. Ya me diréis si os ha gustado.
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