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La Generación Z consume más películas de miedo que los millennialls o boomers. La ciencia tiene un nombre para ese fenómeno

La inoculación del estrés consigue que consumir películas de miedo te prepare para el mundo real

Generacion Z Terror
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Abelardo González

Editor - Tech

Existe una paradoja que la Generación Z lleva años protagonizando sin que nadie la haya nombrado bien: es la generación con los niveles de ansiedad más altos de la historia reciente y, al mismo tiempo, la que más películas de terror consume. La explicación más fácil es que busca adrenalina, la más precisa es que el terror funciona a la perfección para ello, pero la psicología lleva años intentando responder a una pregunta más sencilla: "¿Por qué?".

El mecanismo tiene nombre: inoculación del estrés. Este consiste en exponerte de forma controlada a una versión del miedo para entrenar la respuesta emocional ante situaciones reales. Es el mismo principio que sostiene la terapia de exposición, una técnica clínica consolidada para tratar transtornos de ansiedad. Según National Geographic, investigaciones sobre el consumo voluntario de experiencias de miedo han encontrado que la euforia posterior ayuda a gestionar mejor los estresores que aparecen después. Así, reducirás la respuesta neuroquímica del cerebro ante estímulos amenazantes.

Ver películas de miedo no es escapismo, es entrenamiento

Mathias Clasen, director del Recreational Fear Lab de la Universidad de Aarhus, lo formula sin rodeos: las experiencias de miedo controlado pueden tener efectos positivos en el ajuste de estrategias de afrontamiento. El cerebro que ha procesado miedo ficticio en un entorno seguro responde mejor cuando el miedo real aparece, pero no porque se haya insensibilizado, sino porque ha practicado el ciclo completo: activación, gestión y alivio.

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La Generación Z llegó a ese mecanismo de forma intuitiva, pero los datos confirman que no fue casualidad. Según un análisis de tendencias recogido por Infobae a partir de datos de YouTube, más de la mitad de los jóvenes de esta generación describió el terror como "medicamento para la ansiedad y para el trauma" durante la pandemia. El consumo de contenido de horror registró un aumento dramático, pero lo significativo es que no desapareció cuando terminaron las restricciones. Como la preferencia se mantuvo, lo que sugiere es que la función que cumplía no era temporal.

Lo que parece contraintuitivo tiene una lógica interna sólida. Cuando alguien ve una película de terror, su sistema nervioso activa una respuesta de miedo real que genera, por ejemplo, aumento del ritmo cardíaco y atención focalizada, pero lo hace en un contexto en el que sabe que está a salvo. Ese contraste entre la activación fisiológica y la seguridad del entorno no es exactamente lo que la terapia de exposición replica en consulta, pero la diferencia es que la Gen Z lo hace con palomitas y en el sofá de su casa.

La lectura habitual sobre el consumo de terror en jóvenes oscila entre la preocupación y el juicio moral, pero la evidencia apunta en otra dirección: una generación que creció con incertidumbre, ansiedad climática y presión de rendimiento encontró en el cine de terror un espacio donde el miedo tiene principio, desarrollo y final. La amenaza es real para el cerebro, pero vacía para el cuerpo, así que apagar la pantalla ofrece la sensación de haber sobrevivido y estar más preparado para el mundo real.

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