A principios de 2023 saltó a los titulares una compañía de software llamada IgniteTech de la que, muy probablemente, no habríamos escuchado hablar si no fuese por lo que ocurrió. En pleno auge de la IA y ChatGPT, su CEO Eric Vaughan anunciaba el despido del 80% de su plantilla para sustituirlos por un sistema de inteligencia artificial.
Asegurando que las métricas habían subido como un cohete desde la decisión, se convirtió en el primer caso sonado de despidos en favor de la IA y ahora, tres años después, ha vuelto a los medios para dar a conocer cómo ha funcionado el experimento y, sobre todo, matizar cuál fue la situación que llevó a esa decisión. Según cuenta ahora, los empleados no fueron despedidos por la llegada de la inteligencia artificial, sino por haberse negado a utilizarla.
Despidió al 80% de su plantilla
En declaraciones para Fortune, el nuevo discurso de Vaughan se suma a la tendencia que estamos viendo en buena parte de las Big Tech. La premisa de que la IA no ha llegado para llevarse por delante a buena parte de los puestos de trabajo, sino sólo a aquellos que no son capaces de adaptarse a los cambios que se están produciendo en el mercado laboral.
El CEO explica que, antes de que todo aquello ocurriera, contaba con un equipo compuesto de unas 26 personas que se encargaban de gestionar tickets, avisos de problemas o actualizaciones, de forma manual. Cuando la IA empezó a crecer, vio muy claro que no sólo era un camino con cierta proyección, era algo a lo que había que sumarse para sobrevivir.
Con la intención de transformar su empresa, convocó una reunión para todos sus empleados, incluidos los que trabajaban de forma remota alrededor del globo, para transmitirles un mensaje claro: "Vamos a daros un regalo a cada uno de vosotros. Y ese regalo es una tremenda inversión de tiempo, herramientas, educación, proyectos... para darte una nueva habilidad". Fue entonces cuando empezó lo que llamaron los lunes de IA.
"La idea era que ese día debía frenarse todo lo demás que ocurría en la empresa para centrarse en potenciar su uso. No podías recibir llamadas de clientes, no podías trabajar con presupuestos, sólo tenías que trabajar en proyectos de IA. Esa cultura necesitaba ser construida. Esa era la clave". Lejos de limitarse a puestos de ingeniería, trasladó esa premisa a todos los empleados de la empresa. Pero hubo un grupo que, según el CEO, se negó a hacerlo.
Una jugada que no vale para todas las empresas
Vaughan destaca que su mayor sorpresa fue comprobar que, pese a quienes se encargaban del marketing o las cuentas abrazaron la idea con entusiasmo, su grupo de programadores e ingenieros empezaron a boicotear el proceso de cambio. Con aquella transformación convertida en una inversión que suponía el 20% de las nóminas de la plantilla en formación y licencias de IA, el CEO vio clara la jugada.
"Ese no era nuestro objetivo. Fue extremadamente difícil, pero cambiar la mente resulta mucho más difícil que sumar habilidades". Cuenta que la negativa de aquellos empleados venía de destacar qué no podía hacer la IA en vez de centrarse en aquello que sí podía mejorar, así que empezaron a saltarse aquellas formaciones y torpedear el cambio manteniendo su forma de trabajar habitual. "En aquellos primeros días, sí tuvimos resistencia, una resistencia rotunda, "sí, no voy a hacer esto". Así que nos despedimos de esa gente".
Agarrándose a informes recientes que destacan que 1 de cada 3 trabajadores admite haber saboteado la implementación de la IA en sus empresas por miedo al reemplazo, Vaughn no duda en sacar pecho de su decisión asegurando que sus ingresos han subido un 75% mientras los tiempos se han recortado a entregas de apenas cuatro días.
Pese a que las cifras compartidas por Vaughn son ciertas, el giro de su compañía tiene truco. Lejos de ser una empresa que crea software y necesita esas mentes pensantes para dar forma a nuevos productos, su premisa se centra en comprar empresas de software con productos en decadencia para transformarlos y optimizarlos mientras los suma a un catálogo cada vez más creciente por los que luego cobra una suscripción. Sus ingenieros no tienen que inventar el próximo éxito y, desde esa perspectiva, el CEO de los despidos decidió cortar por lo sano en un movimiento que el resto de empresas no se puede permitir.
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