Tras todo lo que está ocurriendo en Irán, el miedo a una guerra nuclear ha vuelto a despertar uno de los mayores mitos de la historia de la informática. Durante las últimas semanas me ha asaltado en un par de ocasiones la relación entre el mito del nacimiento de la tecla Esc de nuestro teclado con la necesidad de detener desastres nucleares detrás de su creación.
La realidad es que, aunque sí hay cierta correlación entre ambos factores gracias al programador al que le debemos la famosa tecla Escape, en realidad no se hizo pensando en la necesidad de evitar un desastre. Lo que ha llegado hasta nuestros días es una historia de conflación, el fenómeno mediante el que dos elementos aislados terminan uniéndose por el mero hecho de tener algo en común.
El origen de la tecla Esc
No es una historia larga, pero tiene demasiadas idas y venidas como para querer empezar desde el principio. Viajamos a principios de los 60 para ponernos en la piel de Bob Bemer, un antiguo programador que se está topando con un problema que sólo tiene vistas a crecer. De la misma forma que distintos países tienen su propio lenguaje, los fabricantes de ordenadores de la época están actuando igual. Como cada uno tiene un sistema de código único, la informática se está convirtiendo en una Torre de Babel del siglo XX.
Bemer fue uno de los principales impulsores de un sistema estándar universal, lo que terminó dando forma al código ASCII, pero antes de que esa realidad se materializara con distintos alfabetos, el programador creó un código que le permitiese decir al ordenador que debía saltar de uno a otro de forma cómoda. A ese código de 7 bits, el 0011011, lo llamó secuencia de escape.
Sin embargo en ese punto aún seguimos en un código manual, no la tecla en sí. Para eso habría que esperar hasta 1974, cuando la tecla empezó a incluirse en las pantallas y, de ahí, terminó saltando a los teclados. Si Bemer creó el concepto y el código, conocido como ASCII 27, fue el mundo del hardware el que terminó abrazándolo y, para cuando los códigos se estandarizaron, la tecla Esc se transformó con ellos.
Lejos de servir para saltar entre un idioma y otro, a partir de ese punto pasaría a ser una forma de detener procesos. Manteniendo en cierto sentido el espíritu con el que fue creada, pulsamos Esc para decirle al ordenador que deje de hacer lo que está haciendo y salte a la siguiente tarea. Pero en 1971, tres años de ese salto al mundo del hardware que nos ha llevado hasta hoy, en la cabeza de Bemer empezó a crecer otra preocupación.
La catástrofe nuclear que salvó Bemer
Si viviste aquella época es muy probable que recuerdes el efecto 2000. Si no tuviste la suerte, lo que debes saber es que antes del cambio de milenio hubo una fiebre de histeria colectiva en la que se temía por una hecatombe del mundo motivada por un fallo informático. Un error que el propio Bob Bemer se había encargado de introducir en el debate público.
El problema era que se estaban utilizando los últimos dos dígitos del año para representarlos a nivel informático, así que cuando llegase el momento de saltar del 99 al 00 podía terminar bloqueando millones de ordenadores en todo el mundo, entre ellos los que servían para monitorizar centrales nucleares y sistemas de defensa.
Cuando el error de un técnico al modificar la fecha de un sistema provocó que los ordenadores de una central nuclear de Pensilvania se bloquearan, el efecto 2000 demostró ser mucho más peligroso de lo que se planteaban la mayoría de administraciones. No fue hasta noviembre de 1999 que, tras una inversión mastodóntica, la Comisión Reguladora Nuclear confirmó que las 103 centrales nucleares de Estados Unidos estaban finalmente preparadas para evitar el problema.
Como veis, el resultado son tres historias que, por la fama previa de Bemer con la creación del código Esc, su activismo para evitar el efecto 2000, y el miedo de la época a que ese fallo informático derivase en una catástrofe nuclear, se terminaron uniendo en una sola. Pese a que aquél programador le debemos mucho más de lo que probablemente creías al empezar a leer este texto, en realidad las cosas que le agradecemos no tienen relación directa entre sí.
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