En 1932, la feria llegaba a la ciudad de Waukegan, en Illinois. Entre acróbatas y hombres tatuados hasta las cejas había un espectáculo que brillaba por encima de todos los demás. Literalmente. Sentado en una silla eléctrica, el mago conocido como Mr. Eléctrico dejaba pasar 50.000 voltios por su cuerpo mientras su pelo se levantaba y empezaban a saltar chispas a su alrededor.
Tras su inquietante espectáculo, Mr. Eléctrico se levantaba con una espada cargada de electricidad y se paseaba por la primera fila. Quiso la suerte que, cuando Ray Bradbury tenía 12 años, el mago se parase ante él, le tocase la frente y le dijese: “Live forever”. Ese mismo día, el autor de Fahrenheit 451 sintió por primera vez el irrefrenable impulso de ponerse a escribir.
El misterio de Mr. Eléctrico
No dejó de hacerlo nunca, y tal y como recogía en sus crónicas, fue aquel curioso mago el que de alguna forma lo empujó a hacerlo. En ellas apuntaba también que volvió a verlo poco después, que acudió al circo para buscar a Mr. Eléctrico y que este le enseñó lo que ocurría detrás de las cortinas de aquel particular teatrillo ambulante.
Le presentó a los artistas, le mostró lo que hacían y, como el encuentro no era lo suficientemente rarete de por sí, antes de perderlo de vista para siempre le hizo una última confesión. El mago afirmaba que Bradbury era la reencarnación de un gran amigo suyo que murió en Francia durante la Primera Guerra Mundial. Por si para entonces no habías arqueado ya alguna ceja, ese es el último dato que termina de romper la historia de Bradbury.
Cuanto más tiras del hilo de aquella historia, más propia del escritor parece, y no sólo por su libro de La feria de las tinieblas. Al explicarla, Bradbury saltaba con sospechosa facilidad de aquellos 50.000 voltios a más de 10.000 millones y, aunque los registros sobre ferias ambulantes cuadran con las fechas, quienes han investigado sobre el supuesto mago no han encontrado absolutamente nada. Sea cierto o no, el caso es que el también autor de Crónicas Marcianas decidió tomarse aquellas dos palabras muy en serio y, a través de sus obras, consiguió vivir para siempre.
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