Vivir en una comunidad de vecinos con mayores de 70 ya era un dolor de cabeza, pero la Generación Z lo ha convertido en una olla a presión digital

Vivir en una comunidad de vecinos con mayores de 70 ya era un dolor de cabeza, pero la Generación Z lo ha convertido en una olla a presión digital

  • Las comunidades de vecinos se han digitalizado para agilizar mensajes

  • Los jóvenes lo han aprovechado para convertirse en la vieja del visillo 2.0

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Comunidad De Vecinos
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Rubén Márquez

Editor - Trivia
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Rubén Márquez

Editor - Trivia

La primera razón por la que decidí mudarme al campo tras la pandemia fue la falta de espacio para los críos en una gran ciudad. La segunda, seguida muy de cerca, fueron nuestras ganas de huir de todo lo relacionado con tener vecinos. Y es que pese a lo mucho que nos vanagloriamos de las bondades de vivir en sociedad, la falta de civismo y empatía hace que vivir en una comunidad de vecinos sea cada vez más estresante y agotador. 

Tendemos a pensar, además, que la gente mayor y su exceso de tiempo libre hacen de ello un problema aún mayor. No es casualidad que se popularizase el término la vieja del visillo precisamente por eso, pero lo que ha demostrado la Generación Z y el salto a las comunidades de vecinos digitales es que, tal vez, la culpa de esas situaciones no se limitaba a los jubilados y mayores de 70. 

La comunidad de vecinos 2.0

Si te ves obligado a lidiar con un grupo de Whatsapp de la comunidad de vecinos es probable que ya sepas por dónde van los tiros. La idea, nacida de una forma de agilizar decisiones en la escalera y poder alertar a nuestros vecinos cuando hay un problema, por ejemplo si se han dejado las llaves en la puerta de casa o les hemos recogido un paquete mientras no estaban, no ha tardado en convertirse en una olla a presión. 

Lo que antes eran notas en el ascensor o el corcho a la entrada del rellano, ahora son mensajes pasivo agresivos que, más allá de solucionar un problema entre vecinos sin recurrir a la justicia, busquen que toda la escalera se entere de lo que este o ese otro están haciendo mal para verse apoyados en su crítica. Una herramienta digital que, lejos de favorecer la convivencia, traslada a la comunidad de vecinos la misma premisa que también vemos en redes sociales a diario: un sesgo de negatividad en el que se prioriza el quejarse frente a las críticas constructivas. 

No es una percepción personal, ojo, aunque en España hemos acudido a WhatsApp para dar forma a esas juntas de vecinos digitales, la Generación Z abrazó con la misma fuerza la aplicación Nextdoor, una suerte de red social para comunidades de vecinos destinada a crear comunidad y que las nuevas generaciones se ayudasen entre ellas. Una necesidad cada vez más notable en una sociedad cada vez más marcada por los hogares unipersonales y los trabajos que nos restan tiempo en casa. 

El invento prometía ser una forma ágil de pedir sal entre vecinos, pero lo que demuestra su uso es que el 70% de los mensajes que se envían se centran en alertas de seguridad infundadas y quejas por ruido o suciedad acompañadas de un dedo acusatorio. Comportamientos que antes se ignoraban o se hablaban cara a cara en busca de una solución empática, ahora incluyen fotos y vídeos que suman un problema adicional a esa controvertida situación. 

Entre la paranoia y los delitos que vulneran la privacidad

El problema no es que en busca de una vigilancia y seguridad 24/7 terminemos tirándonos al cuello de nuestros vecinos y su forma laxa de dejar pasar a ciertas personas, lo que demostraba un estudio de la Universidad de Houston es que este tipo de aplicaciones y comunidades digitales generan paranoia que nos hacen preocuparnos más de lo que deberíamos. 

El estudio, que buscaba analizar cómo el uso de este tipo de apps y grupos de mensajería impactaban sobre las comunidades de vecinos, demostró que aquellos participantes que utilizaban esas herramientas digitales percibían una inseguridad y peligro tan alto como aquellos que no utilizaban las aplicaciones para comunicarse. El problema es que lo hacían independientemente de que los segundos tuviesen un índice de criminalidad mucho más alto que ellos. 

Cuentas como Líos de Vecinos son la muestra perfecta de cómo la Gen Z acostumbrada a compartir su día a día en redes ha motivado que las quejas privadas en comunidades de vecinos lleven los problemas hasta las cotas más altas posibles, compartiendo a modo de mofa vídeos sobre conflictos en comunidades de vecinos y carteles que se cuelgan en la escalera. 

No es casualidad que, en busca de frenar ese auge de justicieros digitales, la Agencia Española de Protección de Datos haya visto un repunte en las demandas y sanciones por cosas como incluir a vecinos en grupos sin su consentimiento difundir material privado en chats tras ser grabados con mirillas digitales y cámaras de seguridad que apuntan al rellano. 

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