La saga Pokémon fue protagonista en una investigación sobre el cerebro en la que trabajaron psicólogos de la universidad de Stanford. "Encontramos grandes diferencias entre las personas que habían jugado a la saga cuando eran pequeños y aquellos que no lo habían hecho", explicaba en un reportaje el neurocientífico Jesse Gomez. ¿Qué tipo de diferencias exactamente? Pues se trata de distinciones que tienen que ver con qué áreas del cerebro se activan al ver la imagen de un determinado pokémon. Una variable que es mucho más importante de lo que parece.
"Ha sido una pregunta abierta en este campo de investigación por qué existen ciertas zonas del cerebro que reaccionan a caras y palabras pero no, por ejemplo, a coches. También es un misterio por qué estas zonas del cerebro son las mismas en todas las personas", explicaba Jesse al periódico de la Universidad de Standford. Revisando la teoría, los autores se dieron cuenta de que algunos experimentos con monos habían llegado a la conclusión de que nuevas categorías de objetos podían aparecer —en esas mismas zonas que detectan personas y palabras— en caso de una exposición prematura a una cierta experiencia visual.
Fue entonces cuando al científico le vino a la mente Pokémon Rojo y Azul. "Lo jugaba sin parar cuando tenía seis o siete años y lo seguí jugando durante toda mi niñez con las nuevas versiones que iba sacando Nintendo". La conclusión de Jesse fue sencilla: si la exposición temprana es clave para el desarrollo de estas zonas del cerebro, quizá todos aquellos que llevan jugando a Pokémon desde niños respondan a estímulos relacionados con la franquicia de una forma especial, lo que abría varias posibilidades muy interesantes.
"Lo que hacía único a Pokémon es que hay cientos de criaturas, y tienes que conocerlas todas para poder jugar bien. El juego te recompensa por distinguir estos pequeños personajes que además se parecen mucho entre sí. Pensé que, si el cerebro no configuraba una región específica para Pokémon, entonces es algo que el cerebro simplemente no podía hacer", explicaban. Otra diferencia importante para los investigadores es que por la naturaleza del juego los pokémon siempre estaban en el centro de nuestra visión, como las caras, y no en la periferia, como los coches.
La sociedad si todos hubiésemos jugado a Pokémon de pequeños.
El experimento consistió en mostrar imágenes relacionadas con Pokémon a un grupo de 22 sujetos —la mitad jugadores y la otra mitad a modo de grupo de control— mientras estaban en un escáner de resonancia magnética en el que se podía observar qué zonas del cerebro respondían a ciertos estímulos.
Ciencia Pokémon
Los resultados del estudio fueron abrumadores. Los once individuos que habían jugado a Pokémon de pequeños respondieron de forma mucho más intensa al ver las criaturas, una respuesta que se dio tanto cuando se le mostraban las versiones pixeladas de la primera generación como cuando veían las versiones mucho más nítidas de los dibujos animados. Además, la respuesta se dio en todos los casos en la misma estructura anatómica: el sulcus occipitotemporal. Si no lo sabes —yo lo acabo de descubrir— eso está justo detrás de las orejas.
"Una de las lecciones de este estudio es que las áreas del cerebro activadas por nuestra visión central son particularmente maleables a través de la experiencia intensiva", decía un investigador. Desde la Universidad de Stanford, con un toque más literario, lo explicaban así…
"Como un habilidoso músico de Jazz que es capaz de inventar melodías frescas de forma espontánea mientras respeta la gramática musical, el cerebro improvisa con maestría nuevas activaciones dedicadas a Pokémon. Aún así debe seguir ciertas reglas, como favorecer los objetos en nuestra visión central, sobre cómo estas activaciones pueden tener lugar".
Los científicos no destacan ninguna consecuencia negativa. "El cortex visual está compuesto de millones de neuronas. Tenemos la capacidad de codificar muchísimos patrones en ese segmento", sentenciaban. Así, si jugaste a Pokémon de pequeño te llevas un pequeño extra en tu actividad cerebral que ha servido para que unos cuantos científicos demuestren cómo funciona el cerebro. ¿Gracias Game Freak?
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