No sólo estoy entre quienes nunca llegaron a probar la saga Tomodachi Life pese a ver que tras cada lanzamiento medio Internet se paralizaba con el juego de Nintendo, también entre quienes nunca terminó de entender a qué venía el fenómeno. Tras pasar una semana con Tomodachi Life: Una vida de ensueño, ahora mi perspectiva sobre el juego de Switch ha cambiado por completo.
Alejado de todas esas experiencias sociales que llevan años intentando trasladar al mundo del videojuego lo que durante años lleva triunfando en televisión en forma de realities y programas sobre salseo, la idea de un juego que aprovechaba los Miis para acercarse al formato estaba lejos de resultarme lo más atractivo del mundo. El tiempo que he pasado con Tomodachi Life: Una vida de ensueño me ha demostrado lo equivocado que estaba.
Tomodachi Life es otro estilo de juego
Durante años me habréis visto defender que hay pocos juegos de humor en el mercado y, a su vez, reconocer que me parece uno de los desafíos más difíciles a nivel de diseño. Podéis imaginar mi sorpresa al verme ya no sólo sonriendo, sino directamente riéndome, con algunas de las situaciones provocadas por las idas y venidas de mis personajes en el juego.
Pero empecemos por el principio, porque doy por hecho que muchos de vosotros partís de una situación similar a la mía. La idea detrás de Tomodachi Life: Una vida de ensueño es llegar a una isla en la que crear un Mii que haga de primer invitado.
Tienes opciones para aburrir a la hora de crear su cara (muchas más que en los editores clásicos de la época de Wii y DS), debes dar forma a su personalidad tirando de barras deslizadoras, y hasta puedes modular cómo sonará su voz o se pronunciará su nombre para hacer de su doblaje algo lo más perfecto posible. Tras asignarle un género e interés romántico, lo sueltas en la isla construyendo su casa.
A partir de aquí llega el momento de interactuar con él acercándote a hablar cuando le preocupa algo, darle de comer cuando tiene hambre, ofreciéndole regalos en forma de ropa u objetos, o llevándolo de aquí para allá como si fueses una deidad de su universo para que reaccione a otros elementos de decoración o actividades que hayas podido poner en la isla.
Mediante esas interacciones el Mii sube de nivel para permitirte personalizarlo aún más, ya sea entregándole objetos que sirvan de afición y marquen aún más su carácter, o directamente aportarle muletillas o gestos que terminen acercándolo más al personaje y la personalidad que tenías en mente al crearlo. Aunque lo común parece ser agarrarse a amigos cercanos, yo tiré por una ristra de personajes que iban desde Juan Roig de Mercadona al presidente Pedro Sánchez.
El Tomodachi más casposo
Conforme los personajes van subiendo de nivel también lo hace la isla, lo que te abre las puertas a nuevos edificios como tiendas de objetos o ropa, pero también a que rellenes cada vez más la isla de personajes. Cuanto más variopintos son, más raras terminan siendo sus interacciones.
Que el juego te dé total libertad para que un Mii de Santiago Segura termine llamando a todos "amiguete", o que Isabel Díaz Ayuso se pasee por la isla hablando de lo mucho que le gusta la fruta, es donde Tomodachi Life demuestra lo mucho que puede llegar a brillar.
Digamos que, aunque el juego te pone en bandeja sus propios chistes, ya sea en forma de minijuegos o de situaciones que se van sucediendo de forma aleatoria con un guión mucho más fino de lo que de primeras podría haber llegado a pensar, parte de la gracia es que tú te rías de los tuyos propios. De la sátira que supone ver cómo Juan Roig termina enamorado de Santiago Segura mientras hablan de tortillas precocinadas y plátanos de Canarias.
Aunque aún me queda mucho por jugar y descubrir, en apenas unas horas Tomodachi Life ya me había dado una valiosa lección. La de cómo deberíamos huir de los prejuicios frente a este tipo de juegos porque, de lo contrario, nos estaríamos perdiendo una premisa de lo más divertida a la que ni siquiera nos planteábamos acercar.
Con un ritmo que me ha sorprendido por ser más juguetón de lo que esperaba, está lejos de ser el juego en el que voy a quemar horas hasta que llegue el momento de ponerme serio con su análisis, pero sí está resultando ser un pasatiempo de lo más entretenido al dedicarle unos minutos al día en vez de querer perderme en él durante horas.
No pensaba que eso fuera posible hace una semana, pero ahora debo reconocer que, al menos en cierto sentido, Tomodachi Life: Una vida de ensueño me ha conquistado a base de humor. Por cierto, un último apunte, si os habéis quedado con las ganas de ver a mis Mii, nos vemos en el análisis dentro de unos días.
Ver 0 comentarios