El golfo de Vizcaya tiene un submarino nuclear que nadie quiere rescatar. Lleva 56 años ahí y lo mejor es no hacer nada

La historia del K-8 refleja qué hacen los gobiernos cuando no pueden resolver un desastre

Submarino Vizcaya
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Abelardo González

Editor - Tech

La noche del 8 de abril de 1970, el submarino soviético K-8 navegaba a 120 metros de profundidad en el Atlántico Norte (a 750 kilómetros de las costas de España). Participaba en el Oceáno-70, la maniobra naval más grande que la URSS había organizado nunca: doscientos buques, cuatro flotas y, en resumidas cuentas, una demostración de fuerza global. A borde del K-8, como era habitual por aquel entonces, viajaban cuatro torpedos con cabezas nucleares. 

A las 22:30, un incendio simultáneo en dos compartimentos lo cambió todo. Los dos reactores se apagaron de emergencia, el humo llenó la sala de control y ocho tripulantes murieron atrapados entre el fuego. El capitán Vsevold Bessonov ordenó el abandono del submarino, pero cuando llegó un buque de remolque soviético tomó una decisión que le costaría la vida: hacer que 52 hombres (incluido él) volvieran a bordo para intentar salvar el barco.

Tres días para salvar lo que no tenía salvación

Durante 72 horas, el estado del mar de Vizcaya y un K-8 a flote sin energía provocaron que el submarino se hundiera de forma lenta, pero inevitable. La tripulación luchó por mantener el submarino en superficie, pero no hubo forma de transferir los torpedos nucleares al buque de rescate. El 12 de abril, el K-8 perdió estabilidad, se hundió y, por desgracia, Bessonov y otros 51 hombres murieron con él.

Hoy, más de 50 años después, el submarino descansa a 4.680 metros de profundidad en el golfo de Vizcaya con sus cuatro torpedos nucleares intactos a menos de 500 kilómetros de la costa española. Nadie ha ido a buscarlo y, de hecho, los detalles del hundimiento no se conocieron de forma pública hasta 1991, momento en el que la URSS desclasificó los archivos. De esta forma, un reactor nuclear y cuatro armas atómicas reposaron en el fondo del Atlántico durante más de veinte años sin que el mundo supiera dónde ni por qué.

La profundidad hace técnicamente inviable cualquier operación de recuperación con garantías, pero lo más perturbador no es la imposibilidad técnica, sino la lógica que se aplica: el riesgo de intentar recuperarlos supera al de dejarlos quietos. A esas profundidades, mover estructuras corroídas puede liberar más contaminación que mantenerlas selladas en el fondo, así que es una decisión racional que demuestra cómo los estados gestionan los desastres que no pueden resolver.

El K-8 no es el único: nueve submarinos nucleares permanecen hundidos en el hemisferio norte. Hay cinco en el Océano Atlántico, uno en el golfo de Vizcaya y otros tres en el Ártico. Así, dos de ellos son estadounidenses y algunos llevan armas nucleares, pero todos tienen un punto en común: ninguno tiene un plan de recuperación activo. De esta forma, la estrategia es la misma en todos los casos: clasificar, esperar y confiar en que el océano es lo suficientemente grande. De momento, lo es, pero el plan puede cambiar en cualquier momento.

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