Según la psicología, el adulto que nació entre los años 80 y 90 que vuelve a los juegos de aquella época no busca diversión

Según la psicología, el adulto que nació entre los años 80 y 90 que vuelve a los juegos de aquella época no busca diversión

  • El juego no cambió, pero la persona que vuelve a jugarlo sí

  • Nuestro cerebro nos juega malas pasadas cuando la nostalgia entra en la ecuación

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Rubén Márquez

Editor - Trivia
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Rubén Márquez

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Da igual si lo haces de la mano de grandes remasterizaciones, aquellos juegos con los que creciste en tu infancia ya no se sienten igual cuando los recuperas ahora. La incómoda situación que supone acercarse a aquellos videojuegos con los que creciste en los años 80 y 90, y que en tu cabeza seguían siendo espectaculares, tiene una explicación según la psicología. Hay varias ramas capaz de darle sentido.

El problema no está en el juego, en realidad, sino en que tú ya no eres el mismo. Hay una cuestión cultural, pero también neurológica y emocional, no sólo en por qué la sensación se vuelve más agria de lo que desearías, sino también en por qué te obsesionas con volver a ello una vez tras otra aunque ya no encuentres aquella diversión de antaño en el proceso. 

Tu cerebro convirtió esa etapa en algo irrepetible

Lo primero que entra en juego es el factor nostalgia. Tal y como lo definía Svetlana Boym, teórica cultural de la Universidad de Harvard, lo que perseguimos con ese chute nostálgico es un pasado que ya no existe o que, incluso en ciertos aspectos, ni siquiera existió realmente. Es nuestra mente la que se ha encargado de reconstruirlo de la mejor forma posible y de atarlo a ciertas sensaciones que, una vez recuperado de forma vívida, volviendo hoy a aquellos juegos, consigue que algo se rompa. 

La culpa no es del juego y, afortunadamente para nosotros, tampoco nuestra. Puestos a encontrar un culpable en cómo esos recuerdos se resquebrajan mientras reconoces que "ya no es lo mismo", debemos buscarlo en la neurociencia. Según Endel Tulving, la psicología separa nuestros recuerdos entre memoria semántica y memoria episódica.

Los primeros son los hechos que conocemos y que no admiten vuelta de hoja. Sabemos que los pájaros vuelan y que los peces nadan, y ese recuerdo se mantiene intachable en nuestro cerebro. Por contra, la memoria episódica es como una esponja que va absorbiendo y moldeando matices sin control cada vez que accedemos a ella rememorando el pasado. 

Digamos que lo que nos viene a la cabeza al pensar en un juego de los 80 o los 90 no es una grabación lo más fiel posible de lo vivido, sino algo que ha ido sumando otras experiencias y recuerdos durante décadas. Es literalmente imposible que algo que tu cabeza ha ido adornando cada vez más con el paso de los años se mantenga a la altura de las expectativas. No porque ahora ese juego sea peor, sino porque en tu cabeza ha terminado siendo mejor de lo que nunca fue. 

No estás recordando, estás intentando volver

Llegados a este punto empieza a resultar inevitable ponerse a pensar en por qué nos hacemos eso. Por qué nos torturamos volviendo a ese pasado que nunca existió si cada vez que volvemos a él nos cargamos parte de la magia de esos recuerdos. Una vez más, la psicología tiene la respuesta de la mano de la nostalgia como función adaptativa. Según Constantine Sedikides, de la Universidad de Southampton, en ello hay un factor de supervivencia. 

Cuenta que, frente a momentos con picos de ansiedad en los que nos sentimos especialmente solos o aburridos, la nostalgia actúa como puente con nuestro yo del pasado para preservar nuestra identidad y empujarnos a volver al camino. De una forma tan pedante como certera, nos susurra al oído: "mira todo lo que has vivido, imagina lo que está por llegar", con la intención de que volvamos a levantarnos para seguir adelante. 

El problema llega cuando nos aferramos a ello en exceso, cuando caemos en aquello del "todo tiempo pasado fue mejor" y nos lanzamos de cabeza a revivirlo tirándonos a una piscina que tal vez no tenga agua. A ese sentimiento reconfortante que te produce asomarte al pasado de la mano de aquellos juegos de tu infancia, le sigue comprobar de primera mano que lo mejor de aquella experiencia era una ilusión creada en tu cabeza. 

El reto ya no es el mismo, y lo que rodeaba a ese momento tampoco te acompaña, así que al aburrimiento no tarda en llegarle también una frustración igual de potente y demoledora. De forma inconsciente, lo que estabas buscando en esos juegos de tu infancia no era su diversión, sino escapar de lo que te rodea en el presente para volver a lo que, de forma acertada o inventada, creías que rodeaba a aquél juego en el pasado.

Imagen | Ron Lach

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