Reencontrarme con la dupla de Ben Affleck y Matt Damon siempre me viene bien. Son dos actores carismáticos que, con los años, se han convertido en coleguillas del otro lado de la pantalla; no sé, es una sensación rara. No les conozco de nada, no nos hemos ido de cañas ni nada parecido, pero los dos llevan tres décadas acompañándome en todo tipo de historias. El caso es que volver a coincidir con ellos en El Botín, el nuevo fenómeno cinematográfico de Netflix, me ha resultado de lo más entretenido.
Porque El Botín es una peli que está bastante bien, pero también reconozco que no comprendo sus más de 40 millones de visualizaciones en apenas tres días, tal y como recogen mis compañeros de Espinof. Es una cifra descomunal que habla más de dinámicas de consumo y de algoritmos que de estar ante un clásico instantáneo. La película funciona, engancha y se deja ver con agrado, pero también es tramposa y facilona, y está muy lejos de otras grandes películas del género como Heat, Sicario, Collateral, Ronin o The Town.
El fenómeno de El Botín y el regreso del thriller policial
En El Botín, Joe Carnahan vuelve al thriller policial con una historia de corrupción interna, lealtades quebradas y un botín imposible de manejar: 20 millones de dólares encontrados durante una redada en Miami. Affleck y Damon interpretan a dos policías veteranos atrapados en una espiral de sospechas donde nadie parece decir toda la verdad. La premisa es sólida y el reparto acompaña, pero el desarrollo juega constantemente a despistar al espectador… de una forma algo burda.
El Botín
Mi problema con El Botín es que enseguida uno se da cuenta de dónde le están haciendo la trampa. Reconozco que en este juego de trileros policiales en algunos momentos no sé decir dónde está la bolita, pero tengo muy claro dónde no está. Más que nada porque su director y guionista es malísimo disimulando cuándo y cómo sus personajes están engañando al espectador. Todo resulta demasiado subrayado, demasiado explicado, como si desconfiara de nuestra capacidad para atar cabos.
Joe Carnahan, de director irregular a cineasta de moda
Con todo, y como os decía al principio, El Botín es una peli bastante disfrutona con la que pasar el rato. Lo que no termino de entender es que esté convirtiendo a Carnahan en un director de moda. Su filmografía me resulta bastante regulera, llena de altibajos y proyectos que apuntaban alto pero se quedaban a medio camino. Si he de quedarme con uno de sus trabajos, ese es sin duda Ases Calientes (Smokin' Aces, 2006), otra peli resultona que, esta vez sí, creo que mereció un poco más de suerte y de cariño con el paso del tiempo.
Carnahan es malísimo disimulando cuándo y cómo sus personajes están engañando al espectador
Estrenada en 2006, Ases Calientes llegó en plena era del cine de acción maximalista de mediados de los 2000, cuando Hollywood se permitió durante unos años ser excesivo, chillón y un poco gamberro. Era la época de montajes nerviosos, colores saturados y violencia estilizada sin complejos. Carnahan se subió de lleno a ese tren, y me parece qu eno lo hizo nada mal, la verdad.
Ases Calientes: un circo criminal sin complejos
La premisa de Ases Calientes es tan simple como efectiva: Buddy "Aces" Israel (Jeremy Piven), un mago de Las Vegas metido a mafioso de tercera, decide convertirse en informante del FBI. El problema es que sobre su cabeza pesa una recompensa de un millón de dólares, lo que provoca que todo tipo de asesinos, cazarrecompensas y psicópatas confluyan en un mismo hotel del Lago Tahoe para intentar llevárselo por delante.
El reparto es una auténtica locura incluso visto desde hoy: Ben Affleck, Ryan Reynolds, Ray Liotta, Andy Garcia, Alicia Keys, Common, Chris Pine o Jason Bateman, muchos de ellos antes de convertirse en las estrellas que ahora reconocemos. Affleck, por ejemplo, se ríe de su propio estatus interpretando a un cazarrecompensas venido a menos, y Chris Pine aparece irreconocible como uno de los hermanos Tremor, un trío de neonazis pasados de rosca.
Imagen de Ases Calientes
Lo mejor y lo peor de la película
Ases Calientes hace gala de un curioso desparpajo visual con el que Carnahan apostó por una estética agresiva, heredera de Tony Scott, con colores sobresaturados, cámara inquieta y un montaje que no da tregua. Es cine excesivo, consciente de su propia tontería, y eso juega a su favor. También destaca su estructura coral, que convierte la película en una especie de cruce de caminos donde todas las subtramas acaban explotando a la vez.
Ases Calientes es cine excesivo, consciente de su propia tontería, y eso juega a su favor
En el lado negativo, la crítica fue bastante dura en su momento. Muchos señalaron un exceso de personajes, un guion caótico y una violencia que rozaba lo desagradable. No faltaron las comparaciones con Tarantino, para salir perdiendo, claro, y la sensación de que la película se regodeaba demasiado en su propio ruido. Aun así, fue un éxito comercial y con el tiempo ha ganado cierto estatus de cinta de culto imperfecta, pero me parece un título mucho más sincero que El Botín, que se enreda en sus propias pretensiones de rizar un rizo que en realidad no da tanto juego. Quizá por eso me resulta curioso que ahora, gracias a El Botín, Joe Carnahan esté viviendo una especie de reivindicación tardía.
Imagen de Ases Calientes
Si os pica la curiosidad, hoy podéis ver Ases Calientes en Prime Video y comprobar si el tiempo ha sido justo con ella. Y, por supuesto, El Botín está disponible en Netflix, convertida ya en uno de los grandes primeros éxitos cinematográficos de la plataforma en 2026. Dos caras muy distintas de un mismo director.
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