Seguro que si piensas en Blade te entre cierto ritmo bailón a ritmo del Confusion de New Order. Si piensas en Morbius, bueno, lo más seguro es que entren sudores fríos. Pero la historia podría haber sido muy diferente, aunque gracias que nos perdimos la aparición cinematográfica original de El Vampiro Viviente, ganamos la estupenda Blade 2 de Guillermo del Toro. A veces perder algo a tiempo es la mejor forma de ganar una película mejor. Y es que Blade no solo fue el primer gran taquillazo moderno de Marvel antes de que nadie supiera qué demonios era el UCM. También estuvo a punto de adelantarse una década a la moda de las escenas postcréditos interconectadas… gracias a un villano nacido en las páginas de Spider-Man.
Es fácil atribuir el boom superheroico previo a Iron Man (2008) a X-Men (2000) o al Spider-Man de Sam Raimi (2002). Pero en 1998, cuando Marvel aún no era un imperio cinematográfico sino una editorial que trata de sobrevivir a una importante crisis de la industria del cómic licenciado a sus personajes más emblemáticos, llegó Blade. Wesley Snipes encarnaba a Eric Brooks, el Daywalker, mitad humano mitad vampiro, en una película violenta, con litros de sangriento carisma y adulta que nadie esperaba que funcionara… y funcionó. Antes de Tony Stark, antes de Nick Fury apareciendo en plena noche para hablar de la Iniciativa Vengadores, Blade ya demostró que un personaje relativamente desconocido podía arrasar en taquilla. Fue una apuesta arriesgada que abrió la puerta a todo lo que vendría después. Y, sin embargo, poca gente recuerda que aquella película estuvo a punto de cerrar con un movimiento digno del UCM.
Un plan eliminado para un vampiro viviente
El final que todos conocemos nos lleva a una azotea. Blade y la doctora Karen Jenson sobreviven a Deacon Frost. Ella le ofrece la cura definitiva contra su sed de sangre. Él la rechaza: todavía tiene trabajo que hacer. Corte a Moscú, techno y caza de vampiros rusos. Pero ese no era el plan original. En el montaje alternativo, rodado y disponible en Internet y en los extras del DVD, ni Blade ni los espectadores nos íbamos directamente a Rusia. Tras la conversación en la azotea, la atención se desvía hacia otro edificio cercano. Allí, una figura encapuchada, de abrigo oscuro y larga melena negra, observaba a Blade desde la distancia. Era Michael Morbius. El detalle más curioso: bajo el disfraz no había un actor contratado, sino el propio director Stephen Norrington. El personaje apenas se distinguía en la penumbra; bastaba con la silueta y el cabello para identificar al llamado "Vampiro Viviente". Aquello no era un simple cameo. Era una declaración de intenciones. Spoiler: salió mal.
Tienes que creerme: ese es Morbius en el final eliminado de Balde
Según explicó el guionista David S. Goyer en los comentarios del DVD, la idea era clara: Blade II enfrentaría al Daywalker con Morbius como villano central. No hablamos de una aparición anecdótica, sino del eje narrativo de la secuela. En los cómics, Morbius debutó en 1971 en las páginas de los cómics de Spider-Man. Michael Morbius era un brillante bioquímico que, intentando curar su rara enfermedad sanguínea, se transformaba en una criatura pseudo-vampírica con habilidades sobrehumanas y una insaciable necesidad de sangre. Un personaje trágico, más cercano al antihéroe que al monstruo clásico.
Su relación con Blade en las viñetas es compleja. Han sido enemigos, aliados e incluso compañeros dentro de los Midnight Sons. En una etapa concreta, fue Morbius quien mordió a Blade, reconfigurando su origen para alinearlo más con la versión cinematográfica. Dos figuras condenadas por la sangre, reflejos incómodos el uno del otro. La secuencia final de Blade pretendía ser, en esencia, un "stinger" antes de que el término se popularizara. Una promesa directa de que el universo podía ampliarse. Diez años antes de que Iron Man hiciera lo propio con Nick Fury. Vale, entonces, ¿qué ocurrió?
Morbius y Blade a lo suyo en los las páginas de Marvel en 1974
Aquí confluyen varios factores. Por un lado, los derechos. Morbius, aunque no tan mediático como Spider-Man, estaba vinculado a su mitología y Sony ya poseía los derechos cinematográficos del entorno arácnido, incluso antes de que la primera película de Raimi entrara en producción. Se rumoreó que Marvel no quería ceder el personaje a New Line para una secuela ajena a ese paraguas. Pero la explicación más sólida la dio el propio Goyer: cuando Stephen Norrington abandonó la secuela, su visión se fue con él. Guillermo del Toro tomó las riendas de Blade II y decidió hacer su propia película, para alegría de todos. En lugar de Morbius, desarrolló una nueva amenaza: los Reapers, una mutación vampírica más salvaje y grotesca, encabezada por Jared Nomak. al parecer todavía quedaban algunas ideas parecidas, pero cada cual que eche sus propias cuentas.
El resultado fue una secuela más oscura, más visceral y, para muchos, la mejor entrega de la trilogía. Del Toro imprimió su mitología, su imaginería y su sensibilidad monstruosa. La hipotética batalla entre Blade y Morbius nunca llegó ni siquiera a fase de guion definitivo. Y sinceramente, viendo el resultado, yo no lo lamento. Lo fascinante de esta historia no es solo el "qué pudo ser", sino el "cuándo". En 1998 nadie hablaba de universos cinematográficos compartidos. Marvel Studios ni siquiera existía como la conocemos hoy. Y, sin embargo, Blade ya coqueteaba con la idea de expandir su mundo con un personaje de otra esquina del catálogo editorial. De haberse mantenido ese final, Morbius habría debutado en el cine más de veinte años antes que su película en solitario protagonizada por Jared Leto en 2022. Y lo habría hecho dentro de una saga consolidada, no en el incierto universo arácnido de Sony. Es irónico pensar que el personaje que casi adelantó al UCM en su estrategia de conexiones acabó llegando tarde a la fiesta… y con bastante menos aplauso.
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