El otro día me vi por casualidad el episodio de La casa‑árbol del terror VI. No es ni de lejos el mejor de este tipo de capítulos especiales de Halloween que nos dejó Los Simpson en sus buenos tiempos, pero es justo admitir que sí tuvo un par de historias memorables de las que, varias décadas después, continúamos acordándonos. Por ejemplo, para su producción se usó por primera vez animación 3D, algo verdaderamente revolucionario para la época. Pero no es de eso de lo que quiero hablaros, sino de una broma macabra en sus créditos.
No sé si sabéis que, desde el primer episodio especial de Halloween, en la temporada 2 (1990), el equipo encargado de la serie decidió que estos créditos debían tener un toque tétrico y humorístico. Así nació la costumbre de cambiar los nombres reales del reparto y del equipo por versiones monstruosas, sangrientas o absurdas que dieran un carácter especial a estas historias hasta el último segundo de metraje. Así, por ejemplo, el creador Matt Groening se convirtió en "Matt 'funk lord of the USA' Groening" —suena bastante bien—, mientras que el productor James L. Brooks pasó a llamarse una vez "James Hell Brooks".
Una bromita tonta, diríamos, que seguramente tenía más gracia a nivel interno que externo, y en la que tampoco es que nos fijáramos demasiado. Pero hubo un capítulo en el que sí se fijaron en el rebautizo de dos escritores, provocando tal preocupación que alguien decidió descolgar el teléfono para asegurarse de que las personas en cuestión estaban bien. Es una historia real que ocurrió hace 30 años y medio, con la emisión original de La casa‑árbol del terror VI en EE. UU.
Por poco no organizan un funeral
Allí, después de que Homer diera el salto al mundo real en uno de los momentos más recordados de la serie, la cámara se centró en un escaparate donde salían los créditos. Entre ellos figuraban dos "nombres" que llamaron poderosamente la atención: "The Estate of Josh Weinstein" (La herencia de Josh Weinstein) y "The Late Bill Oakley" (El difunto Bill Oakley). Era una simple broma interna, pero alguien la tomó al pie de la letra. La oficina de exalumnos del instituto donde ambos habían estudiado lo vio, se alarmó y decidió llamar a la producción de Los Simpson para asegurarse de que los dos guionistas estaban vivos y a salvo.
Vamos, que parecía que ya estaban incluso preparándose para organizar su funeral. Weinstein contaría años después que la llamada ocurrió de verdad y que, aunque la broma les hizo gracia, jamás imaginaron que un chiste de créditos pudiera provocar una comprobación de bienestar en la vida real. Una anécdota tan absurda como entrañable que, tres décadas después, me sirve de excusa para invitarnos a ver este capítulo tan mítico donde Homer nos enseñó una valiosa lección: no mires tanto la publicidad (y no te escondas de tus cuñadas).
Vía | SlashFilm
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