En 1995, David Fincher se la jugaba mucho con el estreno de Seven. El oscuro thriller sobre detectives siguiendo la pista de un cruento y enigmático asesino en serie era su siguiente película tras Alien 3, secuela que puso su carrera profesional en entredicho y le hizo ser muy cauto a la hora de trabajar con estudios. Cuando leyó el guion de Andrew Kevin Walker la propuesta le pareció irresistible, y se aseguró de hacerle justificia a aquella historia nihilista.
El problema era que desde New Line Cinema no se lo iban a poner fácil. En las primeras proyecciones de prueba las opiniones no eran tan positivas como al estudio le gustaba, y un principal punto de conflicto parecía ser ese oscuro final. "Las puntuaciones solo estaban en el 70%. Me preocupaba que fuera un desastre", decía el productor Arnold Kopelson en una entrevista para Entertainment Weekly. Había nerviosismo por parte de unos ejecutivos que temían que el público rechazara la propuesta por completo, y que según Fincher, "pensaban que había que frustrar los planes de Doe de alguna manera".
La victoria del mal
La idea de tener un thriller detectivesco en el que el asesino "ganara" y lo hiciera de forma además tan cruel era impensable para New Line, que encendió la señal de alarma internamente e intentó hacer que Fincher entrara en razón. Una de las propuestas de final alternativo era que fuera la cabeza de un perro Mills (Brad Pitt) lo que estaba dentro de la caja, haciendo el final menos agresivo para la audiencia. Otra versión alternativa, que llegó a considerarse hasta el punto de llegar a la fase de storyboard, era que fuese el Somerset (Morgan Freeman) el que disparase al asesino. Una intervención heróica que habría librado al joven y prometedor detective de perder su carrera, y además habría chafado los planes del villano de que Mills se convirtiera en su encarnación de la ira al matarlo.
Pero a Fincher no le valía ningún otro final. La primera versión del guion que había leído sería la que acabaría llegando a la pantalla. Walker, debido a un error quizás más o menos intencionado, le mandó primero la versión original de su historia, y no las versiones más suavizadas que el estudio le había propuesto hacer, enamorando a Fincher en el proceso. El director tenía incluso un final más agresivo en mente, en el que la película daba paso a los créditos inmediatamente después del disparo de Mills a John Doe.
Le ayudó bastante que los actores hicieron piña para apoyarlo. La presencia de Freeman ayudó a legitimizar el proyecto desde el principio, y Pitt llegó a amenazar contractualmente al estudio de que no trabajaría en la película si no se rodaba ese final.
Fincher solo hizo una concesión de todas las peticiones que le hicieron. La cita de Hemingway que concluye la historia es una forma de acabar la película de manera igualmente triste, pero ofreciendo al espectador una esperanza de redención en el mundo, aunque a veces no parezca que la merezca. Lo cierto es que cuando llegó el momento del estreno el estudio descubrió que a pesar de todo no tenía nada de qué preocuparse. Si bien algunas críticas eran muy negativas, al público le encantó, recaudando 329 millones de dólares en taquilla partiendo de un presupuesto de solo 30 millones.
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