Reconozco que sin demasiadas expectativas, dispuesto a aceptar que simplemente era algo para pasar la tarde pero, ey, que tiene duelos con katanas y eso siempre viene bien para echar la tarde del sábado. Y pronto me encuentro con que el primer episodio termina y que estoy deseando que la cosa siga. Eso es exactamente lo que me ha pasado con La Canción del Samurái, la nueva apuesta japonesa de HBO Max que estrenó el 9 de mayo y que viene a confirmar algo que llevamos viendo en los últimos años y que tiene en Shogun su mejor ejemplo: el jidaigeki, ese género de drama de época japonés que parecía cosa de cinéfilos nostálgicos, está atravesando un renacimiento absolutamente glorioso. Y lo curioso es que esta vez no llega vestido con el tono solemne y operístico de la serie de FX, sino con su corazón latiendo a ritmo de manga shonen.
La serie adapta Chiruran: Shinsengumi Requiem, el manga de Shinya Umemura, el mismo guionista detrás de Record of Ragnarok, y traslada al lenguaje de la imagen real una de las historias más mitificadas de Japón: la del Shinsengumi, esa unidad de policía samurái que en los últimos años del shogunato Tokugawa intentó sostener un mundo que se desmoronaba a pedazos. La produce The Seven, el estudio responsable de Alice in Borderland y de la última adaptación de Yu Yu Hakusho, así que estamos hablando de gente que sabe muy bien lo que se trae entre manos cuando se mete a llevar manga al live-action. Pero lo verdaderamente sorprendente no es el pedigrí, sino la decisión creativa que han tomado para venderle todo este universo al espectador joven.
Una boyband con licencia para matar
Para lograr ese reclamo la serie ha mirado al material original y ha llegado a la conclusión de que la clave de su éxito está en replicar una fórmula que parece funcionar estupendamente entre la chavalada: crear su propia boyband. El protagonista es Yuki Yamada, al parecer una de las grandes estrellas en ascenso del cine y la televisión japonesa, conocido por Pending Train. nos pilla lejos, entiendo, lo mismo que resto del reparto con Kento Nakajima, una de las caras más reconocibles de Sexy Zone durante más de una década o Go Ayano, que da el contrapeso veterano y sereno como Kondo Isami, el maestro del dojo. No les conozco, pero una búsqueda rápido en Internet me da a entender de que son auténticas celebridades para el público nipón.
La clave de su éxito está en replicar una fórmula que parece funcionar estupendamente entre la chavalada: crear su propia boyband
La química entre todo el numero reparto funciona, y eso es lo realmente importante. La sensación es la de estar viendo a un grupo de amigos jugando a hacer la mejor serie de samuráis posible, y por algún motivo esa energía se contagia. Quien crea que mencionar lo de la boyband es una broma despectiva está cometiendo un error: Japón lleva décadas usando el aparato del idol como cantera para sus actores más versátiles, porque en ese sistema te enseñan a cantar, a bailar, a actuar, a soportar entrevistas eternas y a manejar tu cuerpo con una precisión que después se traduce maravillosamente bien en la coreografía marcial. El propio Nakajima conoce el oficio de actor desde adolescente. Cuando lo ves manejando una katana en el primer episodio, no estás viendo a un chaval guapo posando, sino a alguien que lleva diez años aprendiendo a controlar cada milímetro de su presencia escénica.
El director de acción que le ha robado las llaves del coche a Hollywood
Pero si estos actores funcionan en esta serie es gracias a un nombre que merece estar tatuado en el pecho de cualquier aficionado al cine de acción que se precie, ese es el de Sonomura Kensuke, el director de coreografía que se ha encargado de las peleas. Si has visto Bad City, Hydra o Baby Assassins, ya sabes por dónde van los tiros. Sonomura es uno de los grandes herederos contemporáneos del legado de Yuen Woo-ping y compañía, auténticos maestros en las escenas de acción del cine japonés acutal. En La Canción del Samurái, su trabajo brilla con una luz casi obscena: las cámaras siguen los movimientos en planos amplios y largos, los actores ejecutan secuencias técnicamente complicadísimas a velocidad de vértigo, y aun así se entiende perfectamente quién hace qué, dónde, y por qué. Hay mucho truco de cámara, y alguna trampa de edición, obvio, pero qué importa: el resultado es tremendo. Es lo opuesto al combate a base de planos de medio segundo y montaje epiléptico al que nos tiene acostumbrados gran parte del cine de acción occidental contemporáneo.
Una de las cosas más inteligentes que ha hecho esta producción es resistir la tentación de la cosplayitis
Lo más fascinante es cómo la serie consigue equilibrar dos tradiciones que hasta hace poco parecían incompatibles. Por un lado tienes el chambara clásico, ese estilo de combate histórico que es casi una danza ritual, lento, teatral, hierático, lleno de pausas dramáticas en las que dos espadachines se miden con la mirada antes de soltar un único tajo definitivo. Por otro tienes la influencia inevitable del cine de acción contemporáneo, y del anime, con su ritmo trepidante y su exigencia de espectacularidad continua. La Canción del Samurái elige no elegir y pasa de un registro al otro con una naturalidad pasmosa, homenajeando el chambara cuando la escena lo pide y desatando toda la furia del combate moderno cuando hace falta volar el techo. El duelo entre Soji Okita y Serisawa Kamo en el primer episodio es probablemente la mejor pelea de espadas que he visto en una serie de televisión desde la primera temporada de Ahsoka, y eso para mí es decir mucho, especialmente porque hay sables láser de por medio. Cremita.
El manga vive en los flequillos
Una de las cosas más inteligentes que ha hecho esta producción es resistir la tentación de la cosplayitis.Últimamente me parece que las adaptaciones de manga al live-action arrastran una larga y dolorosa historia de pelucas imposibles, maquillajes histriónicos y diseños de vestuario que parecen sacados directamente del salón del cómic. Mola par also fans, pero tal vez para una producción multimillonaria habría que andarse con algo más de ojo. The Seven ha optado por el camino contrario a Netflix, por ejemplo, y ha tomado como brújula estética el realismo de propuestas como Shogun, aunque sin acercarse ni de lejos a la ambición visual y cinematográfica de aquella. Los peinados locos que recuerdan al manga original están ahí, por ejemplo, pero todo está pasado por un filtro de sobriedad que evita el ridículo y le permite a la serie sostenerse como drama de época sin que el espectador tenga que hacer concesiones constantes. Es una decisión modesta pero acertada, y de las que más le ayudan a la hora de defenderse en la liga internacional del jidaigeki contemporáneo.
Los peinados locos que recuerdan al manga original están ahí, por ejemplo, pero todo está pasado por un filtro de sobriedad que evita el ridículo
La serie arrastra dos "peros" que también tengo que destacar, y el más evidente para mí es uno que me persigue habitualmente con el cine asiático y muy especialmente con este tipo de adaptaciones live-action: la sobreactuación constante de su reparto. Hay una tendencia muy marcada en estas producciones a caricaturizar a los personajes humanos para acercarlos lo máximo posible a sus contrapartidas dibujadas, como si los actores tuvieran la obligación moral de imitar las expresiones exageradas del anime original a riesgo de traicionar al fandom. Algunas escenas se resienten bastante de esa decisión, sobre todo cuando los protagonistas se cruzan en momentos de tensión emocional baja, y uno acaba echando de menos un puñado de matices que el guion sí ofrece pero la interpretación arrolla.
El segundo pero es más estructural y tiene que ver con un evidente diseño de producción pensado para el consumo en streaming antes que para la ambición cinematográfica, algo que se nota en ciertas elecciones de iluminación, de duración de plano y de planificación general que le habrían sentado muy bien a esta historia si se hubieran liberado del corsé del visionado fragmentado en el sofá. Aun así, ninguno de los dos lastres es lo bastante grave como para sabotear lo que la serie tiene de extraordinario, y que me ha sorprendido. Eso ya es decir mucho.
La Canción del Samurái es una de esas raras criaturas audiovisuales que quieren ser populares, a pesar de saber que se trata de un contenido de nicho en occidente
La Canción del Samurái es una de esas raras criaturas audiovisuales que quieren ser populares, a pesar de saber que se trata de un contenido de nicho en occidente, y exigentes al mismo tiempo a pesar de las limitaciones de su formato. el primer episodio funciona como puerta de entrada para cualquier espectador que se haya quedado con ganas de más después de Shogun, pero también satisface a los aficionados al manga que buscan una adaptación respetuosa, y a los amantes del cine de acción puro que llevan años hartos del montaje epiléptico hollywoodiense. Y todo ello sin renunciar a un marcado componente pop.
Es esa mezcla rara que creo que convertirá a esta serie en un buen estreno para HOB Max este año. Quizá la mejor manera de resumir lo que esta serie consigue sea decir que ha encontrado el equilibrio exacto entre dos mundos que la industria suele tratar como si fueran incompatibles: el del drama televisivo de prestigio y el del entretenimiento popular sin complejos. Aquí caben las largas secuencias de intriga política sobre el futuro del shogunato y los estallidos de pura adrenalina, los momentos íntimos de complicidad masculina y los duelos imposibles bajo los cerezos, las referencias a la historia real del Japón Meiji y los guiños descarados al manga original. Es un producto que no se avergüenza de ser entretenimiento ni de aspirar a la categoría de obra mayor, y es precisamente esa falta de complejos la que la hace, contra todo pronóstico, una de las cosas más interesantes que vas a ver este mes.
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En 3DJuegos | He empezado a ver este anime solo porque lo ha recomendado Kojima. Gracias Hideo, me encanta Nippon Sangoku
En 3DJuegos | Hace 64 años, un "fallo" técnico en un clásico de samuráis se convirtió en la mayor seña de identidad del manga y anime
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