She es pura caspa cinematográfica, pero hace 30 años ya adelantaba todo lo que me gusta de Fallout

She es pura caspa cinematográfica, pero hace 30 años ya adelantaba todo lo que me gusta de Fallout

Placer culpable ochentero: esta peli de estética posnuclear y el humor absurdo de Fallout supo recoger mientras explora tribus, mutantes y supervivencia improvisada

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Chema Mansilla

Editor - Cine y TV

Hoy os voy a recomendar una peli malísima. Pero malísima de verdad. De esas que estaban en las baldas de abajo de los videoclubs y cuya cinta la gente pasaba hasta de rebobinar. Y, aun así, me flipa. Me lo paso en grande cada vez que la veo. "Placer culpable", lo llaman. Pero de culpable, nada. Porque She (1984) es una de esas películas que disfruto sin ironía forzada, con una sonrisa permanente y la certeza de que estoy viendo algo profundamente roto… y profundamente honesto.

She es una desproporcionada película de Avi Nesher que engrosa la tropa de producciones de Serie B imposibles de clasificar de los años 80. Un cruce imposible entre Conan, Mad Max y una fiesta de disfraces después de un incendio. Hoy se puede ver en Filmin, y os prometo que es una experiencia.

Comida, mujeres y guerra

Para Conan, eso era lo mejor de la vida, aunque prefería aplastar a sus enemigos y escuchar el lamento de sus mujeres. Pero para los Norks, los villanos de She, eso es directamente su religión. ¿Y quiénes son los Norks? Nazis punkis posapocalípticos, claro. Y los villanos de esta película en la que comparten metraje con monjes con poderes mentales, mutantes, hombres lobo, mujeres atléticas semidesnudas empuñando espadas toledanas y cascos de fútbol americano. She es una película infame… y maravillosa. Y lo más curioso es que, viéndola hoy, cuesta no pensar que hace 30 años ya estaba adelantando muchas de las cosas que me encantan de Fallout.

She Sandahl Bergman Sandahl Bergman

She es una coproducción italo–estadounidense–israelí estrenada entre 1984 y 1985, porque parece que un solo país no puede hacerse responsable de este despropósito. Dirigida por Avi Nesher, cineasta israelí de cierta fama en su país antes de lanzarse al circuito internacional del cine de género. Está protagonizada por Sandahl Bergman, inolvidable Valeria en Conan el Bárbaro, aquí reconvertida en líder guerrera posnuclear, pero en su mismo y musculado registro. Os confieso de chaval tenía un inquietante cuelgue con ella que todavía no soy capaz de explicar demasiado bien…

She es un delirante desfile de tribus, sectas e indeseables para una road movie posnuclear, fantasía pulp y espada y brujería

La premisa es sencilla hasta el absurdo: 23 años después de una guerra nuclear llamada "La Cancelación" (como lo de las redes sociales, pero con más radiación), dos hermanos, Tom y Dick (sí, esos nombres), buscan a Hari, la hermana secuestrada por los Norks. En el camino se cruzan con She, reina de una comunidad matriarcal, y con un delirante desfile de tribus, sectas e indeseables que parecen improvisados sobre la marcha para una road movie posnuclear, fantasía pulp y espada y brujería metidas en una batidora sin tapa. Y de ahí nace todo.

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Una adaptación libre… muy libre, de H. Rider Haggard

Oficialmente, She se basa en la novela She: A History of Adventure (1887), de H. Rider Haggard, una novela de aventuras muy entretenida y recomendable, como todas las de este autor. En la práctica, como ironizaba Neil Gaiman en su crítica de 1984 para Imagine, la única similitud clara entre ambas obras es que "las dos She son mujeres".

Donde Haggard proponía una reina inmortal en una África exótica filtrada por el colonialismo victoriano, Avi Nesher traslada el mito a un mundo devastado por la guerra nuclear. La diosa eterna se convierte aquí en una líder guerrera que gobierna entre ruinas y profecías de saldo. Es una operación típica del cine de explotación ochentero: coger un material "respetable", pasarlo por el filtro del bajo presupuesto, añadir erotismo soft, violencia exagerada y un sentido del humor involuntario, y lanzarlo al mercado internacional del vídeo.

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Guerra Fría, género, poder, miedo nuclear y cine de videoclub

Su condición de coproducción internacional la sitúa en ese cine de género pensado para circular por videoclubs, pases de madrugada y festivales de cine atroz. Películas hechas deprisa, con rodajes en localizaciones baratas y unos diálogos en inglés de lo más funcionales que permitía exportarlas a medio mundo. No es casual que She acabara en el limbo de ser demasiado mala para tomársela en serio, pero justo lo bastante delirante para convertirse en un espectáculo entretenido y disfrutable.

Uno de los aspectos más interesantes de She es su relación contradictoria con el poder femenino. Sandahl Bergman interpreta a una protagonista fuerte, temida, físicamente dominante y líder absoluta de una comunidad de mujeres guerreras. En el paisaje brutal del posapocalipsis, su reino es uno de los pocos espacios organizados. Un poco la misma idea del genial personaje de Tina Turner en la Cúpula del Trueno de Mad Max 3.

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Ahora bien, la película no puede evitar caer en la sexualización constante: vestuario mínimo, cámara insistente en los ángulos más forzados y una puesta en escena pensada para el disfrute masculino. She no es feminista a ojos modernos, ni lo pretende, pero sí refleja un momento concreto del cine comercial de los 80 en el que empezaban a proliferar las guerreras… aunque aún atrapadas en la lógica del exploitation. Ese desequilibrio, visto hoy, la hace más interesante como síntoma cultural que como discurso coherente.

Ambos universos entienden que, tras el fin del mundo, la civilización no se reconstruye: se parchea

She es hija directa de la Guerra Fría. La idea de un mundo arrasado por el holocausto nuclear, fragmentado en tribus violentas y cultos delirantes, conecta con el imaginario que va de Mad Max a decenas de imitaciones de bajo presupuesto, y que a día de hoy casi podría considerarse un telediario. She parece rodada con los saldos de una tienda de disfraces en pleno cese: cascos romanos combinados con motosierras, mallas de ballet, cuero punk, pelucas palaciegas y lentejuelas. Pobladores de un fin del mundo que parecen haber salido de un mercadillo posnuclear. Ese caos visual no es solo torpeza: es una estética del "lo que queda". De coger lo que hay y convertirlo en identidad. Y aquí es donde la conexión con Fallout se vuelve inevitable.

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She es Fallout antes de Fallout

She y Fallout comparten un mismo ADN: el miedo nuclear de la Guerra Fría transformado en mundos donde la humanidad improvisa tras el colapso. Tribus absurdas, cultos extravagantes, líderes grotescos y comunidades que reinterpretan el pasado con los restos que encuentran. En Fallout, eso se traduce en saqueadores, supermutantes, necrófagos y sectas. En She, en hombres lobo con toga y profetas radioactivos. Ambos universos entienden que, tras el fin del mundo, la civilización no se reconstruye: se parchea.

En ambos universos, la identidad se construye con fragmentos

Aquí está el gran paralelismo, y tal vez el motivo por el que ahora soy tan fan de Fallout. En Fallout 4, recorres el Yermo recogiendo piezas sueltas: un casco oxidado, un peto de cuero, un brazo de servoarmadura, un pañuelo porque te queda bien. La equipación que mejor se adapten a tu estilo de juego. Claro, tu personaje llega al Pantano de Cranberry vestido hecho un cuadro. Pero ese cuadro cuenta tu historia.

En She, los personajes ya viven así. Cada tribu ha construido su estética con lo que pilló del vertedero del apocalipsis. No hay coherencia histórica pero sí una lógica interna: hay supervivencia convertida en estilo. Y eso es puro Fallout antes de Fallout. En el juego, puedes luchar contra un supermutante gigante con un tutú. En She ocurre un encuentro muy parecido. No me cabe duda de que Bethesda supo dónde mirar a la hora de dar forma a sus últimos RPG de la serie. El post apocalipsis no solo es tragedia: también es absurdo en el que hay que sobrevivir con lo que se tiene a mano. Y si cuando se acabe el mundo no va a quedar nadie que te diga que tienes que madrigal para ir a trabajar,tampoco va a quedar nadie que te diga que ese gorro de conductor de tanque sobieto combina fatal con esa armadura medieval que has robado del museo de historia. En ambos universos, la identidad se construye con fragmentos.

She es pura caspa cinematográfica. Una mala película. Pero también es un objeto cultural riquísimo, un espejo deformado de los años 80 y, sin saberlo, una semilla de muchas de las cosas que hoy nos fascinan del posapocalipsis lúdico actual. Ambos universos entienden el fin del mundo como bricolaje, como exceso, como humor negro y como una identidad de la humanidad hecha con los restos de nuestra civilización. A lo mejor es el momento de ir tomando nota y eligiendo qué te quieres poner para asistir al fin del mundo.

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