Tal y como ocurre con el fútbol, pensábamos que en la pugna por hacerse con el control de los centros de datos la batalla sería entre Barcelona y Madrid, pero según el último informe de SpainDC esa pelea sólo estaba en nuestra cabeza. Mientras Madrid se lleva el 35,9% de la construcción y desarrollo de centros de datos, Cataluña apenas mueve un 8,7%. El gran ganador, en cualquier caso, está en el 26,7% que mueve Aragón y que promete no quedarse ahí.
Frente a la necesidad de buscar alternativas al turismo para sacar el país adelante, que Aragón anuncie inversiones por valor de 47.000 millones de euros hasta 2035 supone a todas luces un logro. Sin embargo, igual que ocurre con los turistas que optan por comer en los precocinados de Mercadona, los centros de datos también van acompañados de una cifra incómoda.
Zaragoza frente a la diferencia entre inversión y riqueza
Pese a que Aragón ha podido adelantar a Cataluña y mantenerse a la zaga de Madrid para captar esa inversión en centros de datos -un salto apoyado en cómo tiene terrenos, energía y agua lo suficientemente atractivos para motivar ese efecto llamada-, las cifras obligan a mirar más allá. La realidad que pocas veces tenemos en cuenta al pararnos ante esos miles de millones es que generar inversión y generar riqueza no necesariamente es lo mismo.
El informe sobre el impacto socioeconómico de los centros de datos encargado por la Cámara de Comercio de Zaragoza y presentado a finales de 2025 ya adelantaba que, en ese crecimiento, la región se postulaba como el tercer mercado europeo sólo por detrás de Londres y Frankfurt. También que, de esos 47.000 millones de inversión, el valor añadido se quedaría entre 7.900 y 10.800 millones de euros.
Hablamos de entre un 17% y un 23% de esa inversión convertida en riqueza y retención para la economía aragonesa. Lo que termina salpicando a las empresas de aquí, a sus trabajadores, supone menos de un cuarto del total de esas llamativas y jugosas inversiones. ¿Y el resto? Todo eso vuela. Porque los servidores se fabrican en otro sitio, los chips también, el software no es de aquí y el hardware tampoco.
El impacto, más allá de la obra y la volatilidad de esos puestos de trabajo, está en unos empleos especializados que la propia IA que generan esos centros de datos también quiere ventilar. Eso y, por descontado, un consumo energético y de agua que lleva siendo tema de debate casi desde el principio y que no parece tener ninguna intención de resolverse con una varita mágica.
El desafío, por lo tanto, no está en atraer esas inversiones, sino en tener la capacidad para transformarlas. Pese a que lo llamativo siempre será ver a Zaragoza ser capaz de plantar cara a Barcelona y Madrid, la pregunta no es si tiene equipo para vencerles. La clave está en si lo que gana fichando a galácticos de la talla de Amazon o Microsoft terminará dando forma a una cantera, un tejido empresarial sólido, que recoja el testigo para evitar que el dinero se lo lleve otro.
Imagen | Leonardo Rizzi
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