De todas las fantasías en las que ha caído nuestro folclore, la de los seres pequeñitos es una de las más fascinantes. Da igual si son gnomos, elfos o los liliputienses de Gulliver, de alguna forma los humanos en miniatura se han conseguido colar en buena parte del folclore de nuestra civilización, incluso entre pueblos separados por siglos de tiempo y océanos de distancia.
La clave para entenderlo es ya una vieja conocida de la ciencia. Pero una que no requiere de costosos laboratorios ni décadas de estudio. De hecho, basta con pasarse por uno de los muchos restaurantes que hay desperdigados por China en los que, tras sentarte a la mesa, puede que escuches algo similar a esto: "este temporizador sonará dentro de 15 minutos, no se coman las setas hasta que suene la alarma o empezarán a ver personas diminutas".
Las setas que te han ver elfos
Aunque la pasión de los asiáticos por los hongos les ha hecho descubrir cómo cocinar a altas temperaturas a menudo elimina las toxinas que derivan en alucinaciones, hay un compuesto capaz de resistir hasta los 200 grados que evita que ese efecto se anule. Descubierta en 1958 por un químico suizo, la psilocibina tiene la particularidad de generar unas alucinaciones muy concretas: ver personas en miniatura.
Desde entonces, la ciencia ha estudiado la psilocibina para intentar entender por qué falsea nuestro cerebro para dar forma a una alucinación tan específica, cómo ese compuesto ha ido saltando de una familia de setas a otra sin importar el lugar con idénticos resultados y, sobre todo, en qué momento empezó a cruzarse con nosotros.
Lo descubierto recientemente es que, en realidad, ocurrió justo lo contrario. Fuimos nosotros los que nos cruzamos con ella. Según un estudio de la Universidad de Utah y su Museo de Historia Natural, la psilocibina lleva en la Tierra desde hace 67 millones de años y se calcula que empezó a desarrollarse tras la extinción de los dinosaurios y el auge de los mamíferos.
La hipótesis formula que estos hongos empezaron a utilizar ese efecto psicoactivo como una forma de manipular a los animales para asegurar la dispersión de sus esporas, pero la ciencia sigue sin comprender cómo la psilocibina ha ido saltando de una familia de setas a otra durante millones de años hasta mantenerse hoy en día.
Pese a que estudiarla para desvelar todos esos misterios es ya de por sí un gran atractivo, la obsesión con la psilocibina es otra bien distinta. Entender el árbol genealógico de este tipo de hongos resulta clave para aprovechar este tipo de toxinas como fármaco, un uso cada vez más común en pacientes con depresión severa, ansiedad y estrés postraumático. Si consiguen entender qué hacen exactamente esas moléculas y cómo modificarlas para eliminar ciertos efectos secundarios, estaríamos ante medicinas mucho más útiles que las actuales en casos extremos.
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