Aunque fue una situación que afectó a gran parte de España y el resto de Europa, no sería injusto decir que, en el caso de Cataluña, a principios del siglo XVII, la persecución de mujeres por brujería ya era una lacra lo suficientemente extendida para que los casos se amontonarse de una forma completamente descontrolada. Las condenas y ejecuciones eran algo alarmantemente habitual y, por el miedo a las represalias, las acusaciones eran tan fáciles de ejecutar como difíciles de frenar.
Todo eso cambió cuando, en 1619, el caso de una mujer de la Horta d’Artés, en lo que actualmente es Avinyó, en Barcelona, cambió por completo el paradigma. Acusada de haber robado parte del hígado de un niño por artes diabólicas, Catarina Freixa lo tenía todo en su contra para poder escapar de un destino fatal. Fue entonces cuando 14 héroes lo cambiaron todo, consiguiendo con ello dar el primer paso hacia el fin de la caza de brujas en España.
La bruja de Barcelona que lo cambió todo
En una zona en la que era particularmente común zanjar piques entre vecinos con acusaciones de brujería que nadie se atrevía a cuestionar, lo que actualmente son comarcas como Osona, Segarra y Vallès se convirtieron en el caldo de cultivo perfecto para el crecimiento de los juicios contra brujas. Es justo lo que le ocurrió a Caterina Freixa, de menos de 25 años y recientemente casada con un propietario del Vallès, cuando se enemistó por razones desconocidas con una de sus vecinas, Joana Pla.
La señora, conocida por los locales como Simoneta, quien acudió a la justicia para declarar que Caterina había extirpado parte del hígado de un niño de la localidad "mediante artes diabólicas y sin dejar cicatriz", y que como consecuencia de ello había dejado este mundo pocos días después. Por si eso fuera poco, también la acusó de dañar cosechas y ganado provocando granizadas.
Detenida el 8 de noviembre de 1619, Caterina Freixa fue torturada y obligada a reconocer su condición de bruja, una práctica habitual de la época que no hacía sino extender aún más la superstición entre la población y, de paso, reafirmar entre las masas que cualquier caso extraño al que se enfrentasen podía ser otro ejemplo de brujas haciendo de las suyas.
Con una declaración confesa, aunque fuese mediante profundamente cuestionables métodos de interrogación y tortura, poco más se podía hacer. Si se le acusaba de brujería y reconocía ser una bruja, sólo quedaba esperar a su ejecución. Sin embargo, en aquella ocasión ocurrió algo distinto a lo habitual. Frente al silencio cómplice habitual, 14 héroes decidieron erigirse como defensa de Freixa.
Los 14 héroes que acabaron con la brujería
Conscientes de la situación de Caterina Freixa, 14 juristas de gran peso en Barcelona, varios de ellos prestigiosos abogados que darían forma a la estructura jurídica de Cataluña en años posteriores por su relación con la Generalitat, decidieron tomar partido para defender a la acusada. Afirmaban que la acusación era inmoral, estaba basada en simples supersticiones, y eran fruto de gente ignorante. La acusación respondió con otros 14 testigos.
La jugada fue presentar a 14 mujeres que, torturadas hasta confesar que eran brujas y que Caterina Freixa también lo era, se convertían con ello en la prueba definitiva que zanjaría el caso. La respuesta de los abogados no se hizo esperar: "¿Dónde está el cuerpo del delito? ¿Dónde está el homicidio de niños? ¿Dónde están los rayos y la devastación de los campos? ¿Dónde está la muerte de ovejas y otros animales? ¿Dónde está el homenaje o el pacto total o parcial con el demonio?, ¿dónde está el culto y adoración del demonio?, ¿dónde se ha renegado de la fe y hay sospecha de herejía?".
Aludiendo a los desastres naturales que había apuntado Simoneta, los abogados entraron en cólera por el nivel de absurdo que había alcanzado la situación: "Si mujeres como ellas pudieran acondicionar los elementos naturales, los príncipes no necesitarían enviar más militares a la guerra; se limitarían a hacer devastar e incendiar las tierras y villas de sus rivales". Y con aquellas palabras, la defensa de Caterina Freixa se elevó a Barcelona y la acusación llegó a su fin.
Afortunadamente para ella, el derecho penal de la época permitía nombrar abogados en su defensa o apelar a tribunales superiores, demostrando que pese a su mala praxis y la fama que alcanzó, la Inquisición era en realidad un sistema judicial bastante más avanzado de lo que se vivía en otras zonas de Europa. Gran parte de quienes conseguían defenderse con abogados terminaban absueltos, pero el problema era que sólo las personas con recursos podían permitirse pagar una defensa y, en consecuencia, pocas mujeres tuvieron tanta suerte como Caterina. Afortunadamente para todas las que vinieron después, aquél caso sentó un precedente que, en 1622, inició una notable caída ante esa absurda represión.
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