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Hoy lo vemos como uno de los mejores ballets del mundo, pero durante la Guerra Fría era una de las mejores armas de la URSS

La trayectoria diplomática del Ballet Bolshoi es tan tortuosa como precioso al ser representado

Hoy Lo Vemos Como Uno De Los Mejores Ballets Del Mundo Pero Durante La Guerra Fria Era Una De Las Mejores Armas De La Urss
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Alberto Moral

Editor - Guías
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Alberto Moral

Editor - Guías

El ballet basado en grandes piezas o composiciones musicales es un entretenimiento que combina diversas disciplinas. No llega a los niveles de una ópera, pero confluyen en el disciplinas como la danza, la puesta en escena, la dirección, la iluminación, el vestuario... es en sí un evento cultural que puede disfrutarse sin necesidad de ser un experto por todo lo que transmite. Pero como tal, también es una poderosa "arma" cultural, y más si hablamos del que está considerado unánimemente como uno de los mejores del mundo, el Bolshoi.

Las giras y representaciones que los artistas que integran este exigente y selecto espectáculo actuaban de forma no oficial como "embajadores" de la cultura rusa. Tanto, que no debería sorprendernos cómo la URSS durante buena parte de la Guerra Fría, los usara para tantear al rival geopolítico durante giras con algunos incidentes diplomáticos de por medio.

La mejor arma diplomática de la URSS

Desde los años cincuenta la URSS desplegó al Bolshói y al Ballet Moiseyev en giras mundiales como parte de su proyección ideológica, aplicando algo que Joseph Nye - experto en geopolítica y uno de los postulantes del neoliberalismo de las relaciones internacionales- teorizaría después como "poder blando". Las primera giras del Bolshói tuvieron lugar por Europa, desde los años 50 del S.XX, y ante la tensión existente entre el bloque capitalista y el comunista del momento, el estreno del ballet ruso en Londres demostró cómo hasta el detalle organizativo más mundano adquiría rango diplomático en plena Guerra Fría, con Jruschov aumentando el envió de compañías culturales al extranjero y de dignatarios para aumentar la influencia soviética a través del estreno de su "producto estrella" del momento como podríamos llamarlo, y no era uno neutro, sino siempre con ciertas connotaciones.

Ballet Bolshoi

Casi 30 años más tarde, en agosto de 1979, tras una función de Spartacus en el Metropolitan Opera House de Nueva York, el primer bailarín del Bolshói Alexander Godunov no volvió al hotel con la compañía, sino que pidió asilo político. La gira siguió su curso por Chicago y Los Ángeles, pero lo que vino después convirtió un pas de deux en un incidente de Estado: su esposa, Lyudmila Vlasova, también bailarina del Bolshói, intentó regresar a la URSS y las autoridades estadounidenses retuvieron el avión en tierra durante tres días, sin saber si la obligaban a partir. Había sospechas de espías entre parte del equipo del ballet, hasta tal punto que solo se resolvió cuando el Departamento de Estado se convenció de que Vlasova viajaba por voluntad propia y se descartó que nadie de su séquito era sospechoso de espionaje.

A esos incidentes hay que añadir, que cuando el Bolshói giraba por Estados Unidos, representaba Spartacus, un ballet sobre una revuelta de esclavos que aludía en paralelo a la desigualdad racial estadounidense y promovía la revolución proletaria, núcleo de la ideología marxista. La elección de obra no era casual: cada gira era, en sí misma, un argumentario.

Y hasta la disolución de la URSS, no fueron pocos los casos de artistas que desertaban a las potencias occidentales algo que la KGB trataba de anticipar, pero no siempre detenía. Cuando ocurrían casos como el de Godunov, el gobierno soviético sabía aprovechar esas derrotas para convertirlas en victorias. En 1985 se estrenó Flight 222, un film que retraba la deserción del primer bailarín para presentar la huida a Occidente como un señuelo trágico que conducía al aislamiento y al arrepentimiento. 

El arte servía para exportar prestigio, pero también para gestionar el daño cuando el prestigio se fugaba. Y el punto es que la "marca Bolshói" funcionaba a veces como sello genérico de prestigio soviético, incluso cuando el elenco o parte del mismo no comulgaba con las ideas, lo que no impedía hacer propaganda del comunismo tanto cuando no había deserciones como cuando sí.

Imagen de portada: Alexei Yakolev (vía Wikimedia Commons CC BY-SA 4.0)

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