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Mientras Japón creó Mario, Zelda y PlayStation, Corea del Sur construyó una forma completamente distinta de entender los videojuegos

Dos países con una obsesión, pero una forma diferente de vivirla

Mientras Japón creó Mario, Zelda y PlayStation, Corea del Sur construyó una forma completamente distinta de entender los videojuegos
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Abelardo González

Editor - Tech

Durante años, Japón y Corea del Sur fueron dos de los grandes focos del videojuego, aunque sus jugadores crecieron delante de pantallas muy diferentes. En Japón, Nintendo, Sega y Sony convirtieron las consolas en parte de la vida cotidiana. Al otro lado del mar, muchos surcoreanos pasaban las tardes en locales repletos de ordenadores compitiendo en StarCraft o explorando los mundos de Lineage. Aquella separación no nació únicamente de los gustos del público, ya que la compleja relación entre ambos países ayudó a que sus respectivas culturas del videojuego avanzaran por caminos distintos.

Corea había permanecido bajo dominio japonés desde 1910 hasta el final de la Segunda Guerra Mundial. Las heridas dejadas por aquella ocupación provocaron que Corea del Sur restringiera durante décadas la entrada de numerosos productos culturales japoneses. Las videoconsolas también quedaron atrapadas en ese rechazo y, como recuerda Wired en un reportaje publicado en 2002, PlayStation, Nintendo y Sega estuvieron fuera del mercado oficial surcoreano durante mucho tiempo. Así, las máquinas llegaban, pero lo hacían a través de importaciones o distribuidores locales como Hyundai.

Mientras Japón jugaba en consola, Corea se conectaba a internet

Esa ausencia dejó un espacio enorme para el ordenador. La situación terminó de cambiar después de la crisis económica asiática de 1997, fecha en la que numerosos trabajadores desempleados comenzaron a abrir pequeños negocios en los que cualquier persona podía alquilar un ordenador conectado a internet por horas. Corea del Sur también estaba desplegando una red de banda ancha rápida y barata que, además, estaba favorecida por la concentración de buena parte de su población en grandes ciudades. En pocos años, estos locales aparecieron en calles, centros comerciales y edificios de oficinas por todo el país.

Estos locales ofrecían algo que una consola doméstica difícilmente podía igualar: un punto de encuentro. Los jóvenes acudían con sus amigos, jugaban juntos y compartían estrategias con las personas sentadas a su alrededor. Cuando StarCraft llegó en 1998, los propietarios comenzaron a organizar torneos para atraer clientes. El juego de Blizzard encontró un terreno perfecto para crecer y terminó convirtiéndose en un fenómeno que hasta se seguía por televisión. Mientras tanto, Japón exportaba personajes como Mario, Sonic o Cloud, pero Corea estaba levantando las bases de los juegos en línea y de las competiciones profesionales.

Las consolas japonesas comenzaron a recuperar terreno cuando las restricciones se relajaron. Game Developer recuerda que, en 2001, el mercado surcoreano de consolas era todavía muy pequeño. El lanzamiento oficial de PlayStation 2 en diciembre de aquel año supuso un punto de inflexión, aunque Sony tuvo que avanzar despacio en un país donde el ordenador ya dominaba el entretenimiento electrónico. Xbox y GameCube llegaron después, pero ninguna consiguió desplazar de inmediato unos hábitos construidos durante años alrededor de los locales con PC.

Corea del Sur, a su vez, terminó desarrollando una identidad gaming reconocible en todo el mundo a través de partidas conectadas, cibercafés abiertos a cualquier hora y jugadores profesionales tratados como estrellas. Japón, por su parte, siguió reinando en las consolas, pero su vecino se adelantaba en otra dirección. Las restricciones contra los productos japoneses no explican por sí solas todo lo que ocurrió, pero sí ayudaron a inclinar el tablero. Así, una frontera levantada por razones históricas acabó dejando una consecuencia inesperada: dos países separados por unos cientos de kilómetros aprendieron a jugar de maneras completamente distintas.

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