Hay una ley en Noruega que, leída en voz alta en una reunión de propietarios, podría sonar a esperpento o "perrogrullada comunista". Conocida popularmente como la allemannsretten, en esencia sostiene que cualquier persona -tú, un turista danés, un jubilado alemán, un universitario de intercambio japonés...- puede entrar en una finca privada, atravesar sus tierras, plantar la tienda durante dos noches, y recoger los frutos y alimentos que puedan crecer en ella. Sin pedir permiso, ni llamar, ni pagar. Y el propietario no puede hacer nada al respecto porque la ley le obliga a permitirlo.
Y si bien es una ley que todo ciudadano o institución noruega debe cumplir y respetar (y mucho más antigua de lo que parece), se enfrenta a algo que sus diseñadores no contemplaron: la masificación turística; algo que está poniendo la vigencia y viabilidad de esta norma en una encrucijada y que podría suponer su moderación, o en el peor de los casos su eliminación.
La ley que nace de un derecho centenario, el allemannsretten
El allemannsretten (conocida oficialmente en el código legal noruego como Ley de Actividades al Aire Libre, o Friluftsloven) no nace de ninguna anomalía o vacio legal. Su redacción y aprobación en 1957 se hizo para garantizar que los bosques, montañas, costas, ríos, o cualquier accidente geográfico fuesen, en la práctica, de todos.
Y con todos se refieren a todos en el sentido más amplio de la palabra, tanto ciudadanos noruegos como extranjeros, y no contempla si alguien figura como propietario de uno de esos terrenos o accidentes en un registro. Gracias a ella puedes acampar en terreno no cultivado sin tener que pedir permiso a nadie, o si tienes hambre y encuentras algo de fruta comestible (como moras) puedes recogerlas para saciarte. Da igual que estén en un terreno de propiedad reconocida de alguna persona jurídica o particular, aunque tiene limitaciones.
Debes mantener una distancia razonable con las viviendas que haya en la zona cuando pasas cerca de ellas, y si pretendes acampar, dejar como mínimo 150 metros entre tu tienda y la vivienda más cercana; asegurarte de que no dañas la zona y dejarla tan parecida como la encontraste (sin basura, obviamente); si pretendes acampar más de dos noches, debes pedir permiso a los propietarios; y sobre todo, debes ser respetuoso con los vecinos de la zona y no molestarles.
Y aquí viene el gran problema del allemannsretten: si ha funcionado todo este tiempo, es porque era una ley nacida de una costumbre centenaria, practicada tácitamente por la propia población del país. Pero si introducimos el factor turismo, su propósito puede conseguir justo lo contrario de lo que pretende.
La paradoja de la potenciación del turismo como causa del deterioro
Tras el fin de la Pandemia del COVID-19, la actividad de viajar recuperó su pulso normal aumentando a niveles superiores, azuzados por el efecto del confinamiento. En 2024, los ingresos por turismo en Noruega superaron los 7.800 millones de dólares, casi un 33% por encima de los niveles prepandemia. Esto se tradujo en que el allemannsretten se había convertido, paradójicamente, en uno de los argumentos turísticos más potentes del país: la gente venía precisamente porque esa libertad de acceso no existía en el suyo. Pero como os he dicho, se ideó como una norma para miles, no millones de habitantes de una zona en un momento dado.
No es que los turistas se comportaran mal, es que había tantos que, inevitablemente, no se cumplirían todas las directrices establecidas de la Friluftsloven. En agosto de 2024, se suspendió una campaña de promoción turística tras recibir advertencias de que el turismo masivo podía conducir a la destrucción del medio ambiente, y posteriormente se publicó una encuesta que reveló que el 77% de los habitantes de la población de Tromsø consideraban que había demasiados turistas.
El caso es que medio millón de turistas al año pisan los mismos senderos, acampan en los mismos fiordos y recogen las mismas moras. Aún cuando lo hacen con el máximo cuidado y respeto, el desgaste es inevitable. Y la pregunta que recorre el debate noruego ya no es si el derecho debe existir, sino si sus condiciones siguen siendo suficientes para proteger aquello que, en teoría, es de todos. Por primera vez en siglos, Noruega se pregunta si una ley diseñada para garantizar que el bosque sea de todo el mundo puede sobrevivir a un mundo en el que "todos" significa literalmente todos.
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