Hemos estado midiendo mal la muerte. Según la ciencia, nuestra fecha de caducidad biológica depende más de la herencia que del estrés

  • Creíamos que la influencia genética en la longevidad era mínima

  • Un nuevo estudio destaca que su importancia llega al 55%

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Rubén Márquez

Editor - Trivia
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Rubén Márquez

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Durante los últimos años ha crecido la idea sobre cómo una vida sana era capaz de retrasar nuestra fecha de caducidad biológica y que, de la misma forma, los malos hábitos y estar constantemente asediados por el estrés podía acelerar la llegada del día en que estiremos la pata. No les faltaba razón, claro, pero el problema es que lo habíamos estado midiendo mal

Según recogía un estudio, la influencia genética en nuestra esperanza de vida se limitaba a apenas un 7%, así que el porcentaje restante quedaba relegado a factores externos: nuestro entorno, los hábitos de vida saludable que seguíamos, cuestiones de azar… Tal y como recoge ahora la revista Science, esa cifra es fruto de un error. Nuestro ADN es el principal responsable de nuestra muerte por longevidad con un 55% muy alejado de aquella cifra inicial. 

Hemos medido mal la muerte

El baile de cifras se basa en un error estadístico. Basándonos en estudios antiguos, si al comparar dos hermanos gemelos se mostraba que uno había vivido 100 años y el otro 35, por una cuestión de estadística se interpretaba que la influencia genética en la longevidad era mínima. El problema era que, si uno había muerto de viejo y el otro por un accidente de coche, las cifras quedaban manchadas por esa correlación. 

Lo que ha destacado el nuevo estudio es que, al hablar de un deterioro biológico como única causa de la muerte, al eliminar todos los fallecimientos provocados por causas externas, la cifra se disparaba hasta ese 55% que responde a una situación mucho más lógica si nos comparamos con otros mamíferos. La mala noticia es que, por el hecho de ser humanos, no somos especiales respecto a otras razas. La buena, que décadas de investigación en envejecimiento de ratones o primates pueden aplicarse a nuestra genética.

Si hace casi una década se descartaba la idea de la longevidad hereditaria, y sólo se ataba a ella el hecho de que si tus padres son ricos y viven mucho, tú también lo harás por tener acceso a sus mismas facilidades, este cambio de paradigma nos deja en una situación mucho más natural. Sin importar tu situación socioeconómica, tu reloj biológico es el que es gracias a la herencia celular, así que tu decadencia se equiparará a la de tus padres si no hay un factor externo que incida en ella. 

Esto resulta especialmente importante por dos razones. La primera es que los hábitos de vida saludables no desaparecen de la ecuación. Para aguantar tantos años como tu padre, tendrás que cuidarte lo máximo posible o no alcanzarás ese cénit independientemente de tus genes. La segunda es que, si el envejecimiento no responde únicamente al azar o al ambiente en el que te crías, encontrar una forma de alargar la vida apuntando a esa longevidad genética será mucho más fácil de lo que creíamos en primer lugar. 

Imagen | Szilvia Basso

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