Con la edad media del jugador situada en unos 36 años, es fácil asumir que para quienes crecieron con el boom del videojuego de los años 80 y 90 la paternidad les ha llegado agarrados al mando de una consola. Esa idea, que para nuestros padres y su obsesión por enfrentarse a las pantallas sería un sacrilegio, según la psicología arroja un escenario muy positivo que resulta difícil de ver en familias convencionales.
Aunque tendemos a creer que las pantallas suelen dividir a la familia haciendo que cada uno se pierda en la suya, lo desvelado por el estudio de la Universidad de Clemson nos plantea una situación que contradice esos estereotipos. Si lo valoramos desde la perspectiva de la psicología del desarrollo, los adultos que se criaron con videojuegos y ahora mantienen esa práctica con sus hijos están dando forma a familias democratizadas.
Los videojuegos como vínculo
Acostumbradas a otra forma de ver el mundo digital, las nuevas generaciones mantienen una perspectiva más participativa que restrictiva respecto a actividades como los videojuegos. Lo que antaño se traducía en limitaciones y prohibiciones, cada vez más ha virado a un punto más participativo.
Al tener mayor facilidad para encontrar un punto de unión con sus hijos, y quedar lejos de la brecha digital a la que se enfrentaban familias de generaciones anteriores, las entrevistas realizadas a adultos que compartían videojuegos con sus hijos demostraron que los roles de poder se difuminaban entre ellos.
Esto, que a priori podría parecer peligroso por la posibilidad de llegar a minar la autoridad parental, en realidad plantea un refuerzo en la confianza entre ambos. Hablamos de padres e hijos que, motivados por las idas y venidas de la partida, son capaces de intercambiar los roles de aprendiz y maestro constantemente.
Que ambos se enfrenten a una situación en la que las dos partes pueden demostrar su habilidad y sentirse valorados, pero también chocar con errores que les hagan sentirse humildes y les obliguen a rebajar su posición para reconocer que aún tienen algo que aprender, hace que la dinámica y comunicación entre unos y otros sea mucho más rica y positiva de la que se vivía años atrás donde las relaciones eran más estrictas.
Los padres Millenial entendieron su valor
Abriendo las puertas a un momento de conexión en el que ese liderazgo se desdibuja y los críos pueden sentirse más cercanos a sus padres se consigue que, sin perderse por el camino esa autoridad, sí crezca una confianza mutua que, de rebote, va alimentando aún más la experiencia. Al valorarse qué pueden aportar los videojuegos a la crianza desde una perspectiva positiva, por el camino se terminan dibujando nuevas ventajas.
Sumemos ahí, por ejemplo, cómo según la psicología esos momentos fomentan también la comunicación entre padres e hijos, permitiendo conversaciones que terminan extendiéndose más allá de lo que está ocurriendo en pantalla, y que aprovechan la experiencia como oportunidad para enseñar y debatir otros conceptos.
En cualquier caso, el estudio no pretende establecer una causalidad entre esa buena relación entre padres e hijos, y sus investigadores reconocen que tal vez en aquellas familias donde el juego es motivo de conflicto simplemente prefirieron no participar en la muestra. También que, frente a una sociedad en la que la falta de tiempo es cada vez mayor, puede que los padres simplemente se hayan agarrado a los videojuegos como una alternativa al juego tradicional.
Sin embargo, lo que sí resulta evidente pese a esas muestras de cautela, es que haber dejado de ver a los videojuegos y ese tiempo en pantalla como un enemigo, ha permitido a aquellas generaciones de los años 80 y 90 dar forma a un nuevo estilo de conexión con sus hijos. Uno que, bien trabajado, demuestra ser muy positivo para generar vínculo, motivar la confianza y dar pie a conversaciones que no se habrían motivado sin ese punto de unión.
Imagen | Matilda Wormwood
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