Para buena parte de la población, mirar el teléfono justo después de levantarnos se ha convertido en un hábito irremediable. Mientras que el 80% de las personas lo hacen en los primeros 15 minutos tras despertarse, uno de cada cuatro adultos tarda cerca de un minuto en hacerlo tras abrir los ojos y, para Millenials y Generación Z, la respuesta es casi inmediata. Es lógico que, tras esa premisa, el discurso de la adicción salga a relucir, pero la psicología tiene algo más que añadir.
Frente a quienes buscan el teléfono antes incluso de levantarse de la cama, el discurso de la dependencia -apoyado en la falta de autocontrol frente a ese vicio- ha elevado la necesidad de un detox digital. Un plan de desintoxicación que frene ese hábito poco saludable al despertar por todo lo que, directa o indirectamente, conlleva seguirlo a rajatabla. Aunque sería absurdo descartar esa relación, la neurociencia lleva años planteando un escenario mucho más amplio que va más allá de la adicción.
La neurociencia del despertar
Para entender por qué acudimos al móvil nada más levantarnos, en primer lugar hay que conocer cómo funciona nuestro cerebro al despertar. La primera parada de esta breve lección nos lleva hasta el CAR, las siglas en inglés para la respuesta de cortisol al despertar. La hormona, conocida comúnmente como la hormona del estrés, está destinada a elevar entre un 38% y un 75% todo lo que el cuerpo necesita para activarnos en los minutos posteriores. Es una fuente de energía casi inmediata que también actúa sobre el cerebro.
Que vamos a necesitar glucosa para mover los músculos después de pasar 8 horas tumbados parece lógico, pero lo que estamos haciendo también es preparar el cuerpo para un posible peligro. Un sistema atado a la evolución que nos ha traído hasta aquí y que, hace miles de años, empezó a prepararnos para salir por patas si al abrir los ojos nos encontrábamos con una amenaza. Más allá de ese proceso totalmente comprensible, también es pura supervivencia evolutiva.
Sin embargo, la psicología dice que ese proceso no se limita a eso, que va acompañado de otro igual de importante. Para poder afrontar ese posible peligro, en primer lugar hay que reconocerlo. Es aquí donde entra en juego el reflejo de orientación, los mecanismos neuronales destinados a activarse tras un cambio repentino que nos empujan a evaluar nuestra situación, qué hay a nuestro alrededor, y discernir si realmente estamos ante un peligro o no.
Pasamos demasiados años en cuevas sin puertas como para que ese reflejo haya desaparecido, así que aunque ya no nos enfrentamos a los mismos peligros, nuestro cerebro rellena esos huecos con lo que considera más importante para nuestra supervivencia.
Ya no busca dientes de sable, sino responder a preguntas como dónde estoy, qué día es, o qué ha pasado mientras dormía y mis sentidos estaban desactivados. El sistema neurológico no ha cambiado, sólo se ha modificado el entorno en el que nos despertamos. Es justo aquí donde entra en juego esa mal entendida adicción al móvil.
Por qué miramos el móvil al despertarnos
Durante años hemos escuchado que si miramos el móvil nada más despertarnos es porque vamos en busca de esa dopamina que nos mantiene enganchados, y que la necesidad de un detox digital es clave para superar ese ciclo que sigue reforzando el hábito. El problema no es que no sea cierto, es que a menudo utilizamos lo que marca la psicología como una forma de reforzar nuestros argumentos sin tener todo lo demás en cuenta.
Esa dopamina mañanera no es sólo una cuestión de placer instantáneo, también es un neurotransmisor fundamental que, más allá de controlar nuestra felicidad, actúa sobre otros campos como la memoria o la atención. Sin dopamina no tendríamos reflejo de orientación, así que su relación con esa necesidad matutina de estar alerta a lo que nos rodea no es casualidad, es el mejor ejemplo de que nuestro sistema funciona tal y como evolucionó para funcionar.
Al enfrentarnos a esos picos de cortisol y dopamina enfocados a la orientación, al meter el móvil en el saco podemos hablar de adicción, claro, pero también deberíamos incluir la necesidad del cuerpo a prepararse frente a cualquier peligro. A no olvidar que, apoyada por la psicología, hay una lógica detrás de despertarnos con ganas de saber si hay algo urgente que atender, si ha llegado algún mensaje que plantee un problema, o qué ha pasado en el mundo mientras dormíamos.
Hablar de esos matices, importantes para entender cómo funciona realmente nuestro cerebro al enfrentarse a la tecnología, no pasan por defender el uso del móvil sin condiciones. No es menos cierto que el contenido que consumimos durante esos primeros minutos afecta directamente a nuestro estado de ánimo durante el resto del día, así que resulta necesario marcar una línea roja entre la orientación matutina evolutiva y el puro vicio.
Lo importante, lo que implica separar ambos conceptos frente a casos tan llamativos como el que veíamos al principio sobre la adicción al móvil de los Millenial y la Generación Z, es que el problema no es mirar el móvil nada más despertarte, sino qué encuentras en él cuando lo haces.
Imagen | Sinitta Leunen
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